La vida eterna es un lugar en las manos de Dios

Reflexión Dominical

IV Domingo de Pascua

Ciclo C, Evangelio según san Juan 10, 27-30

Domingo 12 de mayo, 2019

Después del Concilio Vaticano II, contrariamente a sus deseos de suscitar como una primavera, una nueva Pentecostés, una renovación en la Iglesia, han empezado preocupantes crujidos en su interior, que no han cesado de crecer, dejando en muchos fieles el sentimiento amargo de un posible hundimiento. Sin contar con nuestros problemas personales: incertidumbres sobre nuestro futuro, soledad, depresiones. Nos parece, a veces, acercarse el desplomo de todo. Gracias a Dios que nos envió al Papa Francisco que está reconstruyendo a la Iglesia de Jesús.

“Mis ovejas escuchan mi voz”.

Es bueno entonces levantar nuestros ojos y nuestro corazón al “Cordero, sentado en el trono… pastor que nos guiará a las fuentes del agua de la vida, a Dios que secará toda lagrima de nuestros ojos” (Ap. 7,17). Ese pastor nos dará la vida eterna. Allí está el motivo de nuestra seguridad, allí se funda la esperanza del discípulo y de la Iglesia, también en la tempestad.

Hace falta “escuchar”. “Mis ovejas escuchan mi voz”. Dios habla, los cielos no están vacíos.  “Escucha Israel…”, era el mandamiento más importante que Dios había dejado al pueblo de Israel. Escuchar, que es lo mismo que obedecer, es el primer paso a dar por el discípulo de Jesús. “Solo si le escuchamos a y le seguimos, establecemos con Jesús esa relación que lleva a la vida eterna” (Pagola 2019. De la escucha nace el conocimiento del otro, conocimiento que en la Biblia es más que un simple nivel intelectual, es afecto, amor, imitación, seguimiento.

“Yo conozco mis ovejas y ellas me siguen”. Si he escuchado con el corazón, después sigo la voz, sigo a aquel que habla. Y su palabra, la más grande, fue su vida. Seguir a Cristo significa pro-seguir su vida. Escuchar la voz, significa seguir las indicaciones de vida de aquella voz, significa obedecer. Eso es lo que estamos llamados a hacer. Y lo que hace Jesús: “Yo les doy la vida eterna”, vida para siempre, vida autentica, vida de Dios.

Jesús nos conoce uno por uno, con nuestro nombre y nuestra historia personal. Si escuchamos a Jesús, si entramos en comunión con él, si lo seguimos, él nos da la vida eterna, nos hace entrar en su vida, que es vida Trinitaria. Vida para siempre, sin condiciones, vida en abundancia, antes de cualquier respuesta mía. Vida de Dios que es donada, vertida adentro, como una semilla que empieza a crecer si me acerco al Señor, aunque fuera un poco solamente.

Y como dice el Papa Francisco en “Amoris laetitia”: “El camino de la Iglesia no es lo de condenar eternamente a nadie… más bien lo de infundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero”. Como decía Juan XXIII: “La Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca”, el agua fresca de Jesús.

“Nadie podrá arrastrar mis ovejas de mis manos”, dice Jesús, nadie podrá arrastrarlas de las manos del Padre, de Dios. La vida eterna es un lugar en las manos de Dios. Allí está el fundamento de nuestra esperanza. “Hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor” (Pagola).

“Como pájaros tenemos nuestro nido en las manos de Dios, como niños nos agarramos con fuerza a aquella mano que no nos dejará caer. Como enamorados buscamos a aquella mano que calienta la soledad. Como crucificados repetimos: en tus manos entrego mi vida. Las manos de Dios. Manos de pastor contra los lobos, manos que protegen mi débil llama. Manos, las de Jesús, que escriben en el polvo y no lanzan piedras a nadie, manos que levantan a la mujer adúltera; manos clavadas en un abrazo y ofrecidas para que yo descanse en ellas y retome el soplo del coraje” (E. Ronchi).

Señor, yo no sé si verdaderamente te escucho. Si no te escucho, habla más fuerte. Si encuentras cerrada la puerta de mi corazón, no te vayas Señor. Si tardo a abrir, no te vayas Señor. Yo sé que en la inmensa multitud que Juan vio entorno de tu trono, hay un lugar también por mí. Y creo que nunca seré separado de tus manos, nunca podré ser arrebatado de tus manos.

Jesús busca a discípulos como Pablo y Bernabé que “lleven la salvación hasta las extremidades de la tierra” (He 13,47), a esa “multitud inmensa… de toda nación, tribu, pueblo y lengua”, que un día estará “delante del trono y del Cordero” (Apoc. 7,9) alabando al Señor. Cada discípulo tiene la misión de dar vida, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarse a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarse a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó. La Iglesia y el mundo necesitan sobretodo de personas que hagan de esa misión el único fin de su existencia.

Nuestra humanidad se manifiesta en su plenitud cuando sabe cuidar de otros.

Por eso hoy celebramos el Día Mundial de Oración para las Vocaciones de especial consagración (sacerdotales, religiosas, misioneras). 

Hay necesidad de pastores buenos que continúen la misión de Jesús entregándole toda su existencia, dispuestos a enfrentar incluso la incomprensión, el rechazo, la persecución. Pastores que guarden un fuego ardiente en el corazón (Jr. 20,9), dando testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los marginados, a los pobres. Se harán así instrumentos de la llamada divina para suscitar nuevas vocaciones a servicio del pueblo de Dios y del mundo, mostrando con su vida la belleza y alegría de su vocación. El testimonio de los que ya fueron llamados y respondieron con generosidad, animará a los jóvenes a tomar decisiones comprometidas que determinen su futuro.

En América Latina viven el 40% de los católicos del mundo: pero ¿dónde están los misioneros que vayan anunciar a Jesús fuera de su patria y de su continente? ¿Dónde están los sacerdotes y religiosos/as que cada Iglesia local necesita? No lo olvidemos: la vitalidad de una comunidad y de una iglesia se manifiesta particularmente en el florecer de las vocaciones de especial consagración (Pablo VI 11.04.1964). Hay una “urgencia de la respuesta a la llamada divina” (Ben XVI 6.10.2012)

“También hoy Jesús repite: Ven y sígueme (Mc 10,21)… Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús…  Jóvenes, no tengáis miedo… del compromiso generoso” (Ben XVI 6.10.12).

María, Madre de la Iglesia, obtenga a muchos jóvenes, ese amor al Señor y a los hombres que sólo permite abrirse a la vocación y a la capacidad de hacerse responsables de otros hermanos.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

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