Ascensión del Señor

Reflexión Dominical

Ascensión del Señor

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 24, 46-53

Domingo 2 de junio, 2019

Todos querríamos, si eso fuera posible, ver a Cristo con nuestros ojos; todos, como Tomas, querríamos poder tocar sus heridas con nuestras manos para apoyarnos a la seguridad de su presencia; querríamos a un Dios a nuestra disposición. Al contrario, hoy, los apóstoles verán por última vez a Jesús que les dice “Id hasta los confines del mundo…” (He 1,8).

Jesús entra en el misterio insondable de Dios, y sobre el mundo desciende su bendición.

Con la Ascensión de Jesús nace la misión de la Iglesia, la fatiga y la responsabilidad de nuestro compromiso. Cierto, los apóstoles recibirán la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús, pero siempre ellos tendrán que dar su testimonio personal con la vida antes que con la palabra, viviendo como el Maestro. Decía el santo y gran obispo brasileño Helder Cámara: “Eres cristiano no tanto por lo que dices, sino por lo que vives”. Eso es el primer testimonio a dar a los que no conocen a Jesús o que se han alejado de él.

“Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y de la misericordia de Dios… Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin… Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra ‘testigos’… que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano” (Pagola 2019).

Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios, y sobre el mundo desciende su bendición. Aquella bendición es su última palabra, y alcanza a cada uno de nosotros. Bendición sobre nuestro mal de vivir, que baja sobre las enfermedades y decepciones, sobre los fracasos de cada uno, sobre el hombre caído y sobre cada víctima, para asegurarnos que cada vida es importante.

Bendición de Jesús que suscita y hace crecer la vida: un flujo que nunca se agota y del cual siempre podemos sacar agua viva. La bendición es una fuerza que entra en aquel que la recibe y opera la salvación. Y es para siempre: basta que yo la acoja. Una bendición, no un juicio, ni una condena. Una palabra bella sobre el mundo, de estima, de esperanza, de confianza en el mucho bien que hay en la tierra y en cada hombre. Este mundo que a veces parece un ‘infierno maldito’ no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.

Salido Jesús al cielo, los discípulos volvieron a Jerusalén “con gran gozo”: cuando amas verdaderamente a una persona, la sientes dentro de ti aunque esté ausente. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que saber.

Cuando dentro de unos días los apóstoles recibirán el Espíritu Santo, por su fuerza, podrán hacer perceptible la presencia de Jesús con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. Ahora se sienten responsables del anuncio del evangelio a todos los hombres, para que todos sean felices, conjugando la Palabra con la vida. Contagiar el amor en cada ángulo de la tierra.

Al igual que ellos, no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvador de la muerte y resurrección de Cristo. Anunciad, dice Jesús “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”. Testigos de qué sí, siguiendo a Jesús, la vida es más bella. Y testigos del perdón, que hace zarpar la vida como un barco que antes estaba encallado.

Así seremos testigos, anunciando la misericordia del Señor, tendiendo puentes, para que nadie se sienta perdido, nadie viva sin esperanza porque Dios ama a todos sus hijos e hijas, siempre. Testigos que sepan ir a las periferias del mundo compartiendo con todos su experiencia de un Dios bueno y misericordioso.

Nos acompañan y consuelan las mismas palabras de Jesús, con las que concluye el evangelio según san Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Desde aquel momento en adelante la presencia de Jesús habría acompañado por siempre y en cualquier lugar a los discípulos. Este es el motivo del gran gozo.

Con la mirada hacia el cielo el discípulo aprende a evaluar ese mundo, y en el amor a Jesús Resucitado se compromete a construirlo según su proyecto de vida nueva. Así seremos, como nos quería Jesús, sal y luz de la tierra. Historia y eternidad, desde cuando Cristo se ha encarnado, están inseparables una de otra.

El card. Bergoglio, poco antes de marcharse a Roma para el Cónclave, escribía a los catequistas de Buenos Aires:

“La catequesis se vería seriamente comprometida si la experiencia de fe nos dejara encerrados y anclados en nuestro mundo intimista o en las estructuras y espacios que con los años hemos venido creando. Creer en el Señor es atravesar siempre la puerta de la fe que nos hace salir, ponernos en camino, desinstalarnos… No hay nada más opuesto al Espíritu que instalarse, encerrarse… Cuando el Crisma de la fe se reseca y se pone rancio, el evangelizador ya no contagia, sino que ha perdido su fragancia, constituyéndose muchas veces en causa de escándalo y de alejamiento para muchos…

La misión – dice el futuro Francisco – es relación y por eso se despliega a través de la cercanía, de la creación de vínculos personales sostenidos en el tiempo. El amigo de Jesús se hace cercano a todos, sale al encuentro generando relaciones interpersonales que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad… La Presencia del Señor se hace camino con nosotros, para transformar nuestros miedos en ardor, nuestra tristeza en alegría, nuestros encierros en nuevas visitaciones…”.

“Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que paso’ su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios bueno y salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer” (Pagola 2019).  Anuncio de un mundo nuevo que en Cristo creemos y anticipamos. Un pedacito de cielo, ya aquí, sobre nuestra tierra.

“Señor, si tú me iluminas, yo podré iluminar. Haz de nosotros la luz del mundo” (card. Martini).

María, Madre de Jesús y nuestra, nos acompañe en nuestro compromiso misionero, de anunciar a su hijo Jesús con la palabra y con la vida, para que otros puedan acercarse al Señor y en El encontrar vida, salvación, gozo.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *