Solemnidad de la Santísima Trinidad

Reflexión Dominical

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Ciclo C, Evangelio según san Juan 16, 12-15

Domingo 16 de junio, 2019

Todos hemos experimentado cuanto sea difícil hablar de Dios. Kieslowski, en su película de los años ’80, “Decálogo” tiene una escena que es como una parábola bellísima para poder decir algo de Dios. Pavel, un niño de ocho años está jugando con su computadora. En el salón está también una tía del niño. De improvisto el niño interrumpe su juego, se gira y pregunta a la tía: “¿Cómo es Dios?”. Su padre, ateo, nunca le había hablado de Dios; su madre había muerto. La tía lo mira en silencio, se le acerca, lo abraza y, guardándolo apretado contra sí misma, acariciándolo con una mano, le susurra: “¿Cómo te sientes, ahora?”. Pavel no quiere liberarse de aquel abrazo, levanta sus ojos y contesta: “Bien, me siento bien”. Y la tía: “Ves Pavel, Dios es así”.

La Trinidad es la primera victoria sobre la soledad.

Dios como un abrazo. Desde niños hemos aprendido a hacernos el signo de la cruz: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Hagámoslo con fe, y sintámoslo como el abrazo de Dios., Dios en sí mismo no es soledad sino que vibra en la Trinidad un infinito movimiento de amor, en la reciprocidad de las tres personas divinas. Entonces el hombre, creado no solo a imagen de Dios, sino más bien a imagen y semejanza de la Trinidad, es movimiento de amor.

Hoy, la fiesta de la Santísima Trinidad, me revela que mi naturaleza más profunda es la comunión, que mi misión es tramar comunión. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2,18), y eso es verdad también en lo alto del cielo, pues ni Dios puede estar solo.

La Trinidad es la primera victoria sobre la soledad. Esa es la dirección que tiene que tomar nuestra historia, todos llamados no a mendigar socorros sino a romper soledades. “Puedes tener todo lo que quieres, pero si te falta el amor, lo que tienes no te sirve para nada” (San Agustín). Con la palabra de Dios abandonamos la lógica racional. Necesitamos: poesía, corazón lleno, búsqueda.

La poesía, del libro de los Proverbios, habla de Dios a través del milagro de las cosas y de su origen; a través de las emociones de la Sabiduría que goza en el crear, goza en el contemplar la belleza de las cosas, goza de la compañía de los hombres. No es el Dios aburrido de tantos tratados y discursos, sino el Dios gozoso que multiplica vida, crea belleza, produce armonía y compañía.

Entonces, cuando yo también siento el gozo de vivir, el gozo por la belleza, el gozo por la compañía de los hombres y de las cosas, cuando el amor y la amistad engendran relámpagos de felicidad, puedo cantar con el salmista: “Como resplandece, Señor Dios nuestro, tu nombre sobre toda la tierra” (Sal 8).

En la carta a los Romanos encontramos el “corazón lleno” de pasión y de esperanza. Las palabras de Pablo parecen llevarnos en una dirección opuesta a la de los Proverbios. Hay como una excavación hacia una capa siempre más profunda: “La tribulación produce constancia, la constancia virtud probada, la virtud probada esperanza” y en fin “la esperanza no defrauda”.

Pablo nos habla de un Dios que llena el corazón: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Dios es esperanza que no delude. Por eso estamos gozosos.

Por eso San Daniel Comboni decía al final de su vida: “Soy feliz en la cruz, que, llevada de buena gana por amor de Dios, genera el triunfo y la vida eterna”.

En fin Jesús, en su discurso de despedida, adopta el lenguaje de la revelación y de la búsqueda que se entrelazan una con otra. Revelación, pero no completa: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora”. Jesús no quiere definir todo; se va, sin haberlo dicho todo. Jesús promete una guía por un largo camino: “El Espíritu… os guiará hasta la verdad plena”: y nosotros la buscamos, buscadores libres y nunca rendidos.

Los verbos que Jesús utiliza están todos al futuro. Así, de la boca de Jesús, sabemos que la verdad no es un deposito definido, que no está encerrada en nuestras formulas, sino que es búsqueda, profundización, progreso. En el Evangelio descubres nuevos tesoros cuanto más lo abres, cuanto más lo excavas.

“La verdad plena” no está en nuevas definiciones teológicas. La verdad es traducir hoy también el evangelio de Cristo en fuerte, armoniosa y cordial sabiduría del vivir. El Espíritu nos introducirá a esta sabiduría del vivir, sabiduría guardada en la vida de Jesús, sabiduría sobre el nacimiento, sobre la vida, sobre la muerte, sobre el amor.

Si Dios se realiza solamente en la comunión, igual el hombre encontrará su plenitud solo en la comunión. El hombre existe entonces en ese gran intercambio de vida, que hace existir a cada uno por medio de los demás, cada uno junto a los demás, cada uno por gracia de los demás: todos juntos encaminados hacia un Padre que es fuente gozosa de la vida, hacia un Hijo que me enamora, hacia un Espíritu que enciende de comunión todas nuestras soledades.

En el Bautismo, la Trinidad entera vino a morar en nosotros. Cuando, contemplando ese misterio, nos sintamos desamparados por su grandeza imposible a escrutar, hagamos nuestra esa bella oración de san Anselmo, del siglo XIII, maestro de san Tomás de Aquino:

“Nunca te vi, Señor mi Dios, ni conozco tu rostro… Me has hecho para verte y todavía no he realizado lo por lo cual he sido hecho… Concédeme de ver tu luz por lo menos desde lejos, desde lo hondo de mi miseria…  Pueda yo encontrarte amándote”.

Y Santa Catalina de Siena: “Oh Trinidad eterna!… El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre esta’ deseosa de ver la luz en tu luz”. Que podamos sentir la alegría de ser hijos amados por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

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