«Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”

Reflexión del Evangelio

Bautismo del Señor

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 4, 12-23

Domingo 26 de enero, 2020

Después de su retiro en el desierto y el arresto del Bautista, Jesús vuelve a Galilea y se fija en Cafarnaúm. Jesús no escoge la ciudad del templo, sino la periferia. Cafarnaúm, encrucijada de pueblos, fuera de la ortodoxia de Judea y del control del Templo, zona de confín, llena de paganos (gentiles).

Más que otros, los habitantes de Galilea necesitaban una luz, por eso Jesús vino en medio de ellos, como luz del mundo (Jn 8, 12).

Galilea, región donde el pueblo “vivía en tinieblas y en sombras de muerte”. Eso era verdadero en el tiempo del profeta Isaías, cuando con la devastadora dominación asiria los judíos se volvieron a la idolatría, y en el tiempo de Jesús cuando la dominación romana y la presencia de muchos paganos debilitaban la fe de los judíos, y eran mirados con sospecha y desprecio por el hebraísmo oficial. El pueblo “vivía en tinieblas y en sombras de muerte”: era la obscuridad del mal, de la violencia, de la corrupción, del egoísmo.

Más que otros, los habitantes de Galilea necesitaban una luz, por eso Jesús vino en medio de ellos, como luz del mundo (Jn 8, 12), ofrecida a todos los que la desean. Luz, símbolo del bien y de la vida, en contraposición a las tinieblas, símbolo del mal y de la muerte

En ese contexto Jesús empieza a predicar, diciendo a todos que el día de Dios ha llegado y que la única condición para entrar en ese día es de convertirse, de abrir los ojos, de volverse hacia la luz. Conversión, “metanoia” en griego, es un cambio del modo de pensar, de la mente y del corazón, de los ojos y de la vida. Digamos al Señor: “conviérteme y quedaré convertido” (Jr. 31,18).

El Reino, que antes era sólo esperado, ahora está presente en Jesús; es el Reino del Padre, en el cual vivimos como hijos y como hermanos. La palabra “reino” abarca todo deseo del hombre.

Por lo general nosotros vivimos en los recuerdos del pasado o en la esperanza del futuro. Jesús nos llama a vivir “ahora” el tiempo entre el ya y el todavía no; el “ahora” es el único momento que está presente, el único en el cual encontramos al Señor. En efecto lo que deseamos está aquí, no en otra parte. Basta que nos convirtamos, cambiando dirección a nuestros ojos y a nuestros pies.

Mateo está preparándonos al capítulo siguiente, el “discurso de la montaña”, que será la verdadera novedad del mensaje evangélico. Jesús no escoge el templo, sino la calle, busca a los impuros, entra en el cotidiano del hombre, encuentra a los pescadores en su lugar de trabajo, fija su mirada en su rostro, y los llama por su nombre, dos a dos. Los llama a construir relaciones; no quiere islas sino comunidad.

Mientras los rabinos eran escogidos por sus discípulos, aquí es Jesús que escoge, y de pescadores de peces se volverán en pescadores de hombres. Es como decirnos que no se trata de vivir una vida diferente, sino de vivir de una manera diferente en este mundo la novedad del Reino. Los discípulos de Jesús serán siempre discípulos. Cuando Pedro querrá impedirle de ir a morir a Jerusalén, Jesús le dirá: atrás de mí Pedro, quédate discípulo; yo quedo delante, los otros que me sigan.

Desde el gentío indistinto del puerto de Cafarnaúm, la mirada atenta de Jesús se fija sobre dos hermanos, Simón y Andrés, y pues sobre otros dos, Santiago y Juan. Es como decir que es necesario construir una nueva fraternidad, que evoca la de la sangre y que la supera; una fraternidad que se construye entorno a un proyecto, a un don, a un camino, a un estilo de vida. Es la fraternidad que nace del Evangelio.

El ojo va adonde lleva el corazón y trae al corazón aquel hacia el cual su mirada va. Yo soy visto y amado por Dios. Jesús dice de cada uno de nosotros al Padre: “Los has amados a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,23). Ver como El me ve, conocer como yo soy conocido por El, es una felicidad sin fin (1Cor 13,12; 1Jn 3,2). Soy valioso para El, porque me ama (Is 43) con un amor eterno (Jr. 31,3). Él llega hasta decirme: “Me robaste el corazón con una mirada tuya” (Ct 6,5; 4,9).

Jesús les dijo: “Venid conmigo”. La llamada acontece en lo cotidiano, aunque parezca profana (pescar) o extraña (contar dinero cf. 9,9) o incluso adversa a Jesús (Hech 9,1 ss. la llamada de Pablo). La voz de Dios revela nuestra verdad más profunda y libera nuestra libertad de toda inautenticidad. “Y os haré pescadores de hombre”: pescar un pez es matarlo; pescar a un hombre es quitarlo del abismo, hacerlo vivir.

“Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Se subraya lo inmediato de la respuesta. Ese instante de la decisión conocerá demoras, infidelidades y contradicciones. Sin embargo la historia personal de cada uno confirmará que ese instante ha sido decisivo. Y lo hacen con la alegría de quien ha encontrado un tesoro (13,44).  Las dos parejas de hermanos “siguieron” a Jesús. Uno sigue a la persona a la que ama y se transforma en ella. “No vivo yo, sino que es Cristo que vive en mi… El que se entregó a si mismo por mí” (Gal 2,20).

Y Jesús “recorría toda la Galilea enseñando… proclamando el evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. Comienza el aprendizaje de la nueva pesca, en Galilea para después expandirse por todos los caminos del mundo (28,19 ss.). Jesús es el hombre que no se pertenece, que quiere sanar la vida; y con El, cada uno de nosotros es Simón y Andrés, Santiago y Juan, cada uno está llamado a sanar vidas. Quizás ningún dolor físico será sanado por obra nuestra pero todo dolor puede ser aliviado por las manos delicadas del corazón.

Cuanto sufrimiento del alma y del cuerpo hay también en las calles de nuestras ciudades, de nuestro barrio. Cada calle del mundo es Galilea y entonces hoy, con Cristo, cada uno de nosotros está llamado a cuidar de la vida de los hombres y cuidar también de los sueños de Dios. “Nunca en ninguna parte se construirá la vida como la quiere Dios, si no es liberando a los últimos de su humillación y sufrimiento. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión, si no busca justicia para ellos” (Pagola 2020).

Pidamos al Señor para que los jóvenes particularmente sepan escuchar su llamado a dejarlo todo para estar con Él, y con El recorrer los caminos del mundo anunciando la alegría y el gozo del Reino de Dios, sanando y fortificando la confianza en la vida. El discípulo es alguien que lo deviene cada día aceptando la voluntad del Señor que lo ha llamado.

Amén.

Padre Franco Noventa

 

 

 

 

 

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