Santísima Trinidad

Reflexión del Evangelio

Santísima Trinidad

Ciclo A, evangelio según san Juan 3, 16-18

Domingo 6 de junio, 2020

Hoy celebramos un misterio del cual ha brotado toda la historia de la salvación, misterio que hace el cristianismo diferente de todas las otras religiones. El pueblo hebraico adoraba a un solo Dios, a Yahvé. Los pueblos paganos adoraban a tantos dioses: conocían la distinción, no la unidad. La fe cristiana conoce la unidad en la distinción; un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La fiesta de la Trinidad entró en el calendario litúrgico solamente hacia el año 1350.

La fiesta de la Trinidad entró en el calendario litúrgico solamente hacia el año 1350. Nuestra inteligencia no logrará nunca penetrar ese misterio. Solamente el Espíritu de Dios puede revelarnos “las profundidades del misterio de Dios” (1Cor 2,10-11). “He comprendido – decía san Gregorio de Nissa – que los conceptos crean ídolos y que solamente el estupor hace comprender algo”.

Es Jesús que nos ha revelado quien es Dios, una pluralidad de personas que en la comunión hacen una unidad perfecta. Jesús no ha hecho una exposición filosófico-teológica de la Trinidad, sino simplemente nos ha hablado del Padre y del Espíritu Santo con los cuales vive en perfecta comunión y unión; y que quieren vivir en aquel que cree.

El rostro de Dios que aparece en la Revelación y también en los tres textos de la liturgia de hoy, es un ser vivo y apasionado. Dios es “misericordioso y clemente, tardo a la cólera, y rico en amor y en fidelidad” (Ex 34,6). “Dios es Amor” dice san Juan (1Jn 4,8.16). Y los dos polos del amor son acoger y donar. Eso supone que haya un yo y un tú, sino ¿donar y acoger a quién? Decir que Dios es Amor y que es Trinidad, es la misma cosa.

Un Dios autoritario y solo no nos interesa.  “Adorando a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo, de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor… Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos” (J.A. Pagola).

Es la condescendencia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que bajan juntos hacia el hombre para vivir con él. Los griegos decían: “Ningún dios puede mezclarse con el hombre” (Platón). Nuestro Dios, al contrario, se ha mezclado con el hombre, ha enlazado su vida con aquella del hombre para prepararlo a la comunión eterna con él.

Eso ya desde el principio: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1,26)). Es la Trinidad. El hombre no es creado a imagen de Dios, sino a imagen de la Trinidad, de un Padre que es fuente de vida, de un Hijo que me enamora, de un Espíritu que enciende de comunión todas nuestras soledades. Ese es el fundamento de la dignidad y de la igualdad de todas las criaturas humanas.

El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo han venido en nosotros el día de nuestro Bautismo, “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2Cor 13,13). La Trinidad vive en nosotros, haciendo hasta de nuestros cuerpos un “templo vivo del Espíritu Santo” (1Cor 6,19). “Vosotros sois hijos de Dios. Él ha enviado en vuestros corazones el Espíritu del Hijo suyo que grita Abba, Padre” (Gal 4,6). Ese descubrimiento no puede que darnos gozo.

En el nombre de las tres personas de la Trinidad, y en dialogo con ellas se desarrolla toda nuestra vida de fe, desde la cuna hasta la tumba, cuando nos despedirán de ese mundo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Persignándonos con el signo de la cruz, declaramos cada vez nuestra voluntad de pertenecer a la Trinidad. Santa Isabel de la Trinidad que llamaba a la Trinidad “mis Tres”, escribe: “Yo he encontrado el cielo sobre la tierra, porque el cielo es la Trinidad y la Trinidad está dentro de mí”.

La Trinidad ha bajado hasta nosotros para convertirnos a Ella, para levantarnos hasta sí. Estamos en el camino del regreso al Padre, en compañía del Hijo suyo Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo. Con ellos será nuestra vida eterna cuando veremos su rostro. Y el evangelio de hoy nos invita a abrir de par en par el corazón a la confianza: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (v. 16). ¡Grandeza del amor del Padre para los hombres!

La imagen de Dios que ama al hombre ha tenido mucha dificultad a imponerse en Israel. Hizo falta esperar al profeta Osea ((8° siglo a.C.) para encontrarla una primera vez. Frente a ese amor de Dios se pide al hombre una cosa sola: que se fíe, que se abandone entre sus brazos, que se entregue a él, inmenso amor, en la certeza de encontrar la vida. Y Jesús queda para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros. que nos ayuda a salir del desierto del pecado y nos hace bajar en el océano de la paz y de la luz de Dios.

Viviendo en la gracia de Dios advertimos existencialmente la verdad de la Trinidad: nos sentimos “hijos” en Jesús, en los brazos del Padre, en el fuego del Amor. “Si alguien me ama, observará mi palabra y el Padre lo amará y nosotros vendremos a él y tomaremos morada en él” (Jn 14,23). La Trinidad está pues en los caminos del hombre, en su casa, en su corazón.

El amor de la Trinidad se expande, nos alcanza, nos abraza, nos inunda. Vinculo de vida. Dentro de poco el sacerdote, en el momento más santo de la Eucaristía, invocará: “Haz que nos volvamos en la tierra en un solo cuerpo, en un solo espíritu, en un solo corazón, a imagen de la Trinidad”.

Pues, creer en la Trinidad significa también tratar de construir relaciones verdaderas y profundas con nuestros hermanos, no excluir a nadie, hacer de nuestras comunidades unos lugares de acogida y de dialogo, volviéndonos en el otro aun quedándonos nosotros mismos.

En una vieja película de Kieslowsky, un niño preguntaba a su madre: “¿Mamá, ¿cómo es Dios?”. Ella lo mira un instante en silencio, pues lo toma en sus brazos, lo besa, lo acaricia, lo aprieta fuerte a sí misma y le dice: “¿Cómo te sientes?”. “Bien”, contesta el niño. “Así es Dios” le dice la madre. Dios como un abrazo.

El domingo 4 de junio 2017 en Manchester, Ariana Grande cantaba: “El amor es la medicina que necesita el mundo”.

Amén.

Pbro. Franco Noventa, mccj

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