El amor cambia la vida

Reflexión del Evangelio

VI Domingo de Pascua

Ciclo A, evangelio según san Juan 14, 15-21

Domingo 17 de mayo, 2020

Jesús dice: si me amas, tú vivirás como yo.

“Si me amáis…”. Con ese verbo, el más importante de nuestro vocabulario, que circundamos de tanto pudor y de las esperas más altas, Jesús entra en nuestros sentimientos más íntimos, y quiere habitar en ellos.

Por primera vez Jesús pide a los discípulos de ser amado. Antes siempre había pedido de amar al Padre, a los pobres, a los pequeños, a los enemigos y que se amaran entre ellos. Ahora, poco antes de morir, pide que le amen a él. Lo que pide no es un gesto o unas palabras, sino de estar allá donde todo se decide, en el corazón de los suyos. Pues la fe no es un simple hecho racional, sino espacio también de corazón, espacio de relación.

“Si me amáis”. Jesús quiere entrar en nuestro íntimo, pero lo hace con extrema delicadeza, porque todo se tiene a la primera palabra, “si”. Una pregunta frágil, libre, paciente, llena de confianza. Si me amas, entonces observarás mis mandamientos. Jesús no manda, no obliga. Simplemente dice que si lo amamos, tendremos como fruto natural la observancia de sus mandamientos, los que cambian la historia, porque el amor cambia la historia. El amor por los enemigos vuelca la historia. El amor a los pobres critica la historia.

Jesús dice: si me amas, tú vivirás como yo. El amor cambia la vida. Lo que Jesús pide no es un vago sentimiento, hecho de fascinación y de intimismo, sino un hacer: si me amas, no podrás herir, traicionar, robar, violar, escarnecer, humillar, quedarte indiferente. Si amas, no podrás que socorrer, acoger, bendecir, hacer nacer vida, como hacia Jesús. “Porque yo vivo y vosotros viviréis”. Pequeña frase, que da razón de mi esperanza.

Es lo que nos decía san Pedro en la II lectura. Dar razón de nuestra esperanza, no de leyes o de prohibiciones. Es decir, dar razón de lo que esperas por ese mundo, por cada hombre, de tu compromiso para construir un mundo diferente, un hombre diferente. La esperanza no es algo vinculado al incierto éxito de las cosas; no es una incierta alegría que dice: ¡espero que me vaya bien! La carne de la esperanza es la fe.

Nunca encontramos en los cuatro Evangelios la palabra esperanza. Porque los Apóstoles no esperan, viven de la presencia ardiente de Cristo. La esperanza inicia con la Ascensión de Cristo, con su cuerpo ausente. Esperanza es la espera que la ausencia se vuelva en presencia. Dar razón de nuestra esperanza significa entonces dar razón de Cristo, de su carne y de sus sueños. Cristo no se demuestra, se muestra con la vida: una vida que sea como la suya, una vida buena, bella y feliz.

Y eso, continúa Pedro, sea hecho “con mansedumbre y respeto”. Dos actitudes que deberían dar forma a todas nuestras relaciones, a todas, siempre. Encierran la novedad del nuevo estar juntos, donde no interesa vencer sino dar testimonio, en el interés atento por la persona, por toda persona. “Con mansedumbre y respeto”, son las palabras del amor que inicia, del amor puro.

Jesús está consciente que a pesar del deseo universal de amar y de ser amado, saber amar a su ejemplo es tan difícil. Cuantas personas han sido marginadas, hasta alejarse de la comunidad porque no se han sentido acogidas, comprendidas y amadas por quien se definía cristiano. Por eso Jesús promete de enviar su Espíritu, para ayudarnos a que nuestro amor se vuelva maduro y purificado de todos esos límites que lo hacen parcial, egocéntrico, estéril e infiel. Espíritu que continúa la presencia de Jesús y toma casa, mora en el corazón del hombre.

“No os dejaré huérfanos”. Jesús tiene delante de sí pocas y frágiles personas. Él está por “partir”. Teme que se dispersen, que renuncien a continuar su misión en toda parte de la tierra y en todo tiempo. Se preocupa en el entregar la herencia del Evangelio a aquellas pobres manos. Por eso les dice: “No os dejaré huérfanos”. Quedar huérfano es experimentar la ausencia de una atención, de un abrazo, de una mirada, de un amor sobre el cual podíamos contar. Ahora que él se va, el Espíritu sera para siempre su ayuda permanente, fuente de alegría que brota de adentro, que nos libera del miedo y de la pereza, y transforma el corazón y la vida de los discípulos.

“Hemos de estar muy atentos para no confundir la alegría que viene de afuera con la que nace de adentro, incluso en la propia Iglesia: la que viene de afuera se alimenta de emociones pasajeras y éxitos superficiales, haciéndonos sentir protagonistas, con el deseo de ser vistos, reconocidos, aplaudidos, llegando a creernos más que otros; pero la que nace de adentro nos hace vivir el don de la Presencia de Dios y el conocimiento de nosotros mismos como seres débiles y limitados en los que actúa la fuerza del Espíritu” (p. Batalla op).

“Huérfano” es también palabra en relación a la experiencia de la muerte. Pero Jesús es vida, es pasión de unirse al hombre, a cada uno de nosotros, deseo ardiente de “estar en” nosotros, no sólo cerca de nosotros. Pasión de intimidad, de comunión para hacernos vivir. Porque quien ama siente la necesidad gozosa de dar vida, de hacer vivir: “Yo vivo y vosotros viviréis”. Esa es la razón de nuestra esperanza, que explica también toda la aventura de Cristo: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

Yo sé que pertenezco a un Dios vivo, y esas palabras me tienen una dulce y fuerte compañía. Para siempre. El Espíritu de Jesús, energía que renueva el mundo, sea la fuerza interior que nos sostenga en el camino de la vida y nos haga crecer a imagen del Señor Jesús. “La oración es el respiro de la fe… como un grito que sale del corazón del que tiene fe y que se abandona a Dios… El hombre es mendigo de Dios” (Papa Francisco, 6.05.2020 Audiencia).

El Espíritu quiere una Iglesia madura que sepa asumir el riesgo del Evangelio. Iglesia donde vivir según el Espíritu no signifique renegar lo que hay de más humano, de más auténtico en el corazón del hombre. Espíritu que nos libera de la dependencia psicológica, afectiva, social, cultural. El Espíritu nos haga responsables de nuestra vida y de la vida de los demás, con una conciencia libre que sepa asumir la responsabilidad de sus elecciones, decisiones y objeciones.

Que pueda pues habitar en cada uno ese Espíritu de gracia y de ternura, de inteligencia y de compasión.  Espíritu que mora en nosotros como viento ligero y a veces nos embiste con fuerza y sopla sobre de nosotros toda la belleza de Dios.

Que el Espíritu Santo haga también salir a cada cristiano de sus recintos, para difundir, por palabras y signos, el Evangelio, para llevar con gozo a todos el buen anuncio de Cristo Resucitado, esperanza del mundo.

 Amén

Padre Franco Noventa, mccj

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