El Buen Pastor

Reflexión del Evangelio

IV Domingo de Pascua

Ciclo A, evangelio según san Juan 10, 1-10

Domingo 3 de mayo, 2020

El evangelio de hoy es el evangelio del Buen Pastor. La relación pastor-oveja nos habla de una relación no regida por el dominio, sino por el conocimiento, por el amor, por la confianza, por el son de una voz, nostalgia de un encuentro, como en el jardín de la resurrección cuando la Magdalena reconoce a Jesús por su voz. La relación pastor-oveja tiene también una dimensión de amor político, de cuidado y de responsabilidad. Todo el A.T. habla de Dios como el Buen Pastor que cuida de su pueblo, busca la oveja descarriada y cura a la herida.

Pasar a través de Cristo es como cambiar rumbo, es dirigir la proa del corazón hacia las cosas que él amaba: amor, libertad, coraje, olvidarse, perdonar, darlo todo hasta el fin, de todo corazón.

No es fácil hoy reconocer la voz del Señor, la voz del buen pastor que llama a sus ovejas y las guía por caminos seguros hacia la verdad y la vida. “Escuchar su voz en toda su frescura y originalidad. No confundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia; tantas otras voces que nos ilusionan y empujan hacia falsas y efímeras felicidades.

Es importante sentirnos llamados por Jesús por nuestro nombre. Dejarnos atraer por él. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades últimas. Entonces, siguiendo a Jesús, viviremos confiando en su persona, nos inspiraremos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad” (Pagola).

Hay una pequeña e inmensa palabra que sintetiza lo que opone Jesús, el verdadero pastor, a todos los otros falsos pastores: “vida”. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Corazón del Evangelio. Palabra inolvidable. Vocación de Dios y vocación del hombre. Porque la vida va hacia un desemboque luminoso, en el tiempo y en la eternidad.

“Yo soy la puerta”, dice Jesús. ¿Qué significa pasar por esa puerta? Significa mirar con sus ojos, conquistar su manera de pensar tan diferente de la nuestra: dichoso el pobre, no el rico; dichoso quien dona y no quien acumula; dichoso quien llora y no quien ríe, el no violento y no el más fuerte. Pasar a través de Cristo es como cambiar rumbo, es dirigir la proa del corazón hacia las cosas que él amaba: amor, libertad, coraje, olvidarse, perdonar, darlo todo hasta el fin, de todo corazón.

“Yo soy la puerta”. Cada uno puede entrar y salir. Hay en esa expresión el signo de una libertad de quedarse en el redil, de entrar y de salir, que recuerda una manera más adulta de ser iglesia, una manera que ampara por cada uno su propia libertad de pensamiento, de consciencia, que sabe custodiar a cada uno con su propia historia.

El verdadero pastor sabe conducir fuera del redil las ovejas, hacia espacios de libertad. Como hizo San Juan XXIII que empujó la Iglesia hacia afuera, hacia el mundo, sin escuchar – como dijo a la inauguración del Concilio – a los “profetas de desventuras”.  Y el Buen Pastor camina delante de las ovejas, es decir sabe asumir su propia responsabilidad, sabe arriesgarse en primera persona por aquellos que le han sido confiados.

Y todos somos pastores, los unos de los otros, y vivimos en la reciprocidad del amor: los padres por sus hijos, los maestros por sus estudiantes un médico por sus enfermos, un obrero por sus compañeros, un alcalde por su ciudad, un sacerdote por su comunidad. Y eso, tejiendo relaciones hechas de escucha, de conocimiento profundo, de amor que sabe cuidar de los demás. La Iglesia también, en sus pastores, está llamada a manifestar el cuidar de sus ovejas.

Una iglesia que lleve sobre sus espaldas la oveja herida, que busque a la descarriada, que no piense a engordar quitando el pan a su rebaño. La iglesia de los privilegios, la religión que busca el consentimiento de los poderosos, no es la iglesia de Jesús.

Un santo sacerdote, Lorenzo Milani, convertido desde el judaísmo, que cuidó de tantos niños pobres en el pueblecito de Barbiana, cerca de Florencia, olvidado y criticado por las autoridades civiles y religiosas, dijo en su testamento a los niños: “Os he amado más a vosotros que a Dios”. Sabía de no ofender a Dios, pues sabía que era quizás el único modo de amar a Dios verdaderamente.

Hay otra palabra en el Evangelio de hoy que llega al corazón: Jesús no dice que ha venido para que tengamos simplemente vida, sino “vida abundante”. No sólo lo indispensable, sin el cual la vida no es vida, sino la vida exuberante, magnifica, excesiva, vida que rompe los diques y desborda. Cuando sientes vacías las ánforas de tu existencia, llévalas a los pies de la Palabra, a los pies de la oración, y Él vendrá trayendo su vida, su luz, su fuerza, la paz, el gozo, la seguridad, donándose a sí mismo. Dios no puede donar nada menos de sí mismo, es decir nos dona todo, vida en abundancia.

Hoy con la Iglesia celebramos la Jornada mundial de oración por las vocaciones especiales: sacerdotales, religiosas, misioneras. Pidamos a Dios que suscite pastores que se parezcan cada día más a Jesús, el Pastor Bello, que dona su vida para que los hombres tengan vida abundante. Pidamos al Señor que muchos jóvenes escuchen su llamado a ser pastores según su corazón, compadeciéndose con él de las muchedumbres que “están decaídas y desanimadas como ovejas sin pastor…” (Mt 9, 36-37) y comprometiéndose con él.

Seamos como una fuente que da a beber a todos sin pedir nada; hace del bien a todos, sin esperar ninguna recompensa.

Así era Jesús, así sean los pastores que quieren parecerse a él, libres de todo, y esclavos sólo del amor para dar vida en abundancia a los hermanos. Y todos, en fuerza de nuestro bautismo, somos en Jesús “pastores” con la misión de llevar a él a nuestros hermanos, para que en él tengan vida y “nunca más pasen hambre, nunca más sufran sed” (Jn 6,35).

“El discípulo ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esa experiencia solo para sí: la alegría del evangelio es una alegría misionera… está en el corazón mismo de la fe. La relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor” (Papa Francisco, Mensaje por las vocaciones 2017). Puedan surgir también en nuestra comunidad parroquial tantas vocaciones misioneras, jóvenes dispuestos a dejarlo todo, a poner en juego su vida para ir en el mundo entero a anunciar el amor de Jesús y del Padre, suyo y nuestro.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

 

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