Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Reflexión del Evangelio

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Ciclo A, evangelio según san Juan 6, 51-58

Domingo 14 de junio, 2020

Todo el Evangelio de hoy está en dos palabras que se recorren, “pan” y “vida”, comer y vivir. Vida, canto supremo de todo ser; vivir, grito ultimo de cada oración, de cada Salmo; vivir para siempre, vértigo de nuestra esperanza. Preguntémonos: ¿Qué significa “vivir”? Yo vivo de personas. Me hacen vivir las personas, desde el amor que me ha concebido, a los encuentros de cada día, a las miradas que abren a la confianza, o simplemente cuando me doy cuenta de que a alguien le importa algo de mí y de mi vida.

De la boca de Dios viene el beso de amor con el cual inicia y termina cada vida.

¿Qué más me hace vivir? Las calidades, los deseos, las pasiones, la vocación, todos aquellos germines de vida que el Creador ha puesto dentro de mí y que deben florecer en plenitud. Vivo sobretodo de mis fuentes, como un río que vive si viven perennes sus fuentes; como un árbol apretado a sus raíces.

En la primera lectura Moisés dice: “El hombre no vive de sólo pan, sino de cuanto sale de la boca de Dios”. Esa es la fuente. De la boca de Dios salen palabras que crean luz, agua, tierra, viento (Gen 1,3). De la boca de Dios viene el cosmos, viene el hálito de vida que hace de un grumo de tierra una persona viva. De la boca de Dios vienen mis hermanos, que son palabra de Dios, anuncio de Dios, respiro de Dios. De la boca de Dios viene el beso de amor con el cual inicia y termina cada vida.

Es fundamental saber “recordar”, como nos decía la I lectura, mis fuentes, de adonde he iniciado. “Recuerda todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer”, porque tú vives de Dios. ¡Recuerda! Porque olvidar es la raíz de todos los males, de todos los pecados. Recuérdate del florecer de tu vida y de cuando en el desierto no encontrabas que arena y piedras y pensabas que ya no podías más y Dios te ha salvado del naufragio y del extravío entre las dunas. Recuérdate del maná, bajado al improvisto, cuando ya no lo esperabas más.

Si recordamos, veremos que en la vida no hay sólo alacranes y serpientes. Cuando éramos tristes o desesperados, desde el cielo ha llegado una fuerza, un amor, un canto, un amigo. Improvisamente se abrieron pasos a recordarnos que no vivimos solos, cerrados en el cerco trágico de nuestros problemas, sino que hay un Amor que crea sorpresas. Toda la liturgia es hacer memoria de eventos que de pasados se vuelven presentes: no conmemoraciones vacías, sino dialogo con mis fuentes, con mi vida profunda, con el Amor que es garantía de un futuro bello.

Y la Eucaristía es hacer memoria de la fuente, del amor de Cristo que no ha guardado por sí mismo ni tampoco su cuerpo: “Tomad y comed”; ni tampoco su sangre: “Tomad y bebed”; ni tampoco su vida: “Yo estoy contigo todos los días, hasta el consumirse del tiempo”. Entonces yo recuerdo que si he sobrevivido – si no me he convertido yo mismo en un desierto árido e inhospitalario – lo debo a Otro: yo vivo de Dios.

Recordar es entonces dialogar con mi historia, tenerme en contacto con mi fuente. A cada Misa, con aquel pequeño pan en mi mano me pregunto cómo Israel en el desierto (Ex 16,15): “¿Man hu?  ¿Qué es?”.  Es Jesucristo que enciende hambre de otra cosa para quien está saciado de sólo pan. “¿Qué es?”. Es Jesús que vive donándose, a mí que no puedo vivir que de dones. Y vamos a la comunión, a cada Misa, caminamos a veces distraídos hacia el altar, y sin embargo Cristo no se niega. Aun cuando no se puede contar conmigo, Dios no se niega. Tiendo la mano en el signo del mendigo, en el signo del hambriento. Tiende la mano quien sabe no poder nada solo, quien necesita el medicamento y el sol, quien no puede vivir sin lo que viene desde afuera y desde lo alto. Y Cristo no se niega.

La hostia no tiene ningún sabor, y, sin embargo, por un instante por lo menos, me asomo a la enormidad de lo que me está ocurriendo: estoy lleno de Dios. Después de comulgar, me doy cuenta de que no tengo dones ni grandes cosas a ofrecer. Soy sólo un hombre con su historia accidentada, pero adentro algo se abre para que se deposite la huella leve de Dios, leve como la hostia. Y me quedo en silencio, adorando al Señor Jesús que nunca me abandona y quiere poco a poco asimilarme a sí mismo, “habitar en mí y yo en él”, fortaleciendo en mí la certeza de vencer con él también a la muerte, “porque el que come este pan vivirá para siempre… tiene vida eterna”.

El amor de Cristo recibido en la comunión, tiende además a hacernos don y signo de amor para nuestros hermanos, pues “el pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo” (1Cor 10,17). Ese es un llamado fuerte a superar el ritualismo religioso tradicional para ver en nuestros hermanos la presencia divina, sobre todo en los más pobres. Escuchemos algunos pasajes de una homilía de san Juan Crisóstomo que ve en los necesitados una “presencia real” de Cristo como en la Eucaristía.

“¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: esto es mi cuerpo… afirmó también: tuve hambre y no me diste de comer… El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos… Así tú debes tributar al Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres…  ¿De qué te serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo… Tu hermano afligido es un templo más precioso que el otro… Os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo… El pobre es el verdadero altar. ¡Venéralo!… Ese altar podrás contemplarlo en cualquier lugar, en las calles y en las plazas; y a cada hora podrás en ello celebrar tu liturgia”. ¡Palabras duras, de un extremo radicalismo, que le valieron el exilio!

Decía el santo obispo Helder Camara, el día del Corpus Domini de 1965: “Me siento mal en salir a la calle llevando el Pan de la Eucaristía depositado en una custodia dorada, sabiendo que en el mismo tiempo el Cuerpo de Cristo es ignorado y maltratado en las personas pobres que yacen en las aceras, en los niños de calle…”.

Cada vez que nos encontramos para celebrar la Eucaristía, entremos en el templo como mendigos de la Palabra y del Pan, y podamos salir como donadores de vida y de esperanza. “La Palabra de Dios, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana” Papa Francisco EG 174).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

P.S. Una curiosidad: la fiesta del Corpus Domini fue prescribida a toda la Iglesia por el Papa Urbano IV en el año 1264.

 

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