La cruz sin amor es ciega

Reflexión del Evangelio

XIII Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Mateo 10, 37-42

Domingo 28 de junio, 2020

En la primera parte del evangelio de hoy (vv. 37-39) son presentadas en toda su dureza las exigencias del seguir a Cristo, y si alguien no logra respetarlas Jesús le dice: “no eres digno de mí”. Ningún rabino nunca exigió tanto de los que lo seguían, y quizás por eso un día los judíos dijeron a Jesús: “y tú, quien pretendes ser?” (Jn 8,35). Del discípulo, Jesús lo exige todo. La separación de los afectos más íntimos y naturales, como el amor por sus propios padres e hijos. La aceptación de ser repudiado del pueblo elegido con todas las consecuencias sociales y económicas.

La imagen de la cruz se refiere a las consecuencias inevitables que va a encontrar quien quiere vivir según el evangelio, la cruz y la hostilidad del mundo.

Jesús exige del discípulo el valor de quedarse sin apoyos, sin protección y sin seguridades materiales por amor a su evangelio. Pues continua con otra exigencia aún más dramática: la disponibilidad no solamente a perder todo, sino también a renunciar a su propia vida. La imagen de la cruz se refiere a las consecuencias inevitables que va a encontrar quien quiere vivir según el evangelio, la cruz y la hostilidad del mundo. Aunque la vida no te sea quitada con el martirio, tendrás que donarla en un constante y generoso sacrificio de ti mismo. Es imposible estar con los crucificados y no verse un día crucificado.

“Todos conocían la imagen terrible del condenado que, desnudo e indefenso, era obligado a llevar sobre sus espaldas el madero horizontal de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde esperaba el madero vertical fijado en la tierra… Su objetivo era que el condenado apareciera ante la sociedad como culpable… indigno de seguir viviendo entre los suyos” (Pagola 2020).

La cruz sin amor es ciega y absurda pena; el amor sin cruz es vacío y estéril sentimiento. Si amo verdaderamente entonces “doy cumplimiento a lo que falta a la pasión de Cristo en mi carne en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,25). ¿Qué falta a los sufrimientos de Cristo que dijo en la cruz “todo está cumplido”? Falto yo, falta cada uno de nosotros: el Señor nos hace el honor de participar a su acción redentora y así, también mi cruz llevada detrás de él y gracias a él, se vuelve salvífica. Porque no es la cruz que hace grande a Jesús; es Jesús a volver fecunda la cruz: la suya, la mía, la nuestra, la cruz de todos, por la vida del mundo.

Si pienso a como Cristo me ama y ha dado a si mismo por mí (Gal 2,20) entonces crece mi deseo de amarlo y de correr para que ese amor crezca cada día, para amar a mi Señor más que todo, con todo mi corazón. Te amo, Señor, mi vida.

Encontrar un amor sobre la tierra es destino ordinario, con toda la belleza y la caducidad que eso comporta; pero destino extraordinario del ser humano es encontrar seductores no humanos, es encontrar la seducción de Dios, pues nuestro corazón es inquieto hasta que no descanse en Dios. El secreto de mi vida está más allá de mí.

“Quien pierde su vida por causa mía la encontrará”. Una vida se pierde como se pierde un tesoro, donándola. Poseemos verdaderamente solo lo que hemos donado a otros. Como la mujer de Sunen, de la primera lectura, que dona al profeta Eliseo pequeñas porciones de vida, pequeñas cosas: una cama, una silla, una mesa, una lámpara, y recibirá en cambio una vida entera, un hijo.

“Quien habrá dado su vida por causa mía la encontrará”. Jesús habla de una causa por la cual vivir y por la cual morir, algo que valga más de mi propia vida. Quien ama verdaderamente experimenta que el amado vale más de su misma vida. Puede decirlo cada madre, lo dice Dios mismo que ha amado el mundo hasta dar a su Hijo (Jn 3,16). Dios nos ama más de su misma vida.

San Daniel Comboni decía a sus fieles en Jartum: “Yo hago causa común con cada uno de vosotros, y el más feliz de mis días será aquel en que podré dar mi vida por vosotros” (E. 3159). Llevar la cruz no es busca de cruces, sino aceptar la crucifixión que nos llegará si seguimos los pasos de Jesús. Así de claro.

En la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 40-42) hay una promesa extraordinaria a los que acogen a los predicadores del evangelio. “Quien acoge a vosotros, me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge a aquel que me ha enviado”. No todos han recibido de Dios los mismos dones. Sin embargo, de manera diferente y con la misma generosidad, cada verdadero creyente dona su contribución y su apoyo a quien se dedica directamente al anuncio de la Palabra de Dios. Antes de una ayuda material, estas personas necesitan sentir que sus esfuerzos son apreciados por sus hermanos de fe y que su mensaje viene asimilado.

Esa acogida tiene que manifestarse sobre todo a los que han renunciado a hacerse una casa, una familia, no para huir del mundo sino para pertenecer a toda familia, para ser completamente disponibles a Cristo y a los hermanos.

La familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia… esa gran familia que hemos de construir…colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre.

Jesús dijo: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. Los misioneros han preferido a Jesús más que a sus padres y madres. Lo han dejado todo: patria, idioma, seguridad, para ir a anunciar el Reino de Dios en el mundo entero. Los padres y las madres de esos misioneros han igualmente aceptado ese sacrificio afectivo. Su recompensa será el gozo eterno en el cielo.

En fin, a nosotros, quizás espantados por las exigencias de Cristo, espantados por el compromiso de dar la vida, de tener una causa que valga más que nosotros mismos, Jesús añade una frase dulcísima: “Quien habrá dado, aunque solo un vaso de agua fresca, no perderá el premio”. La cruz y un vaso de agua, dar la vida y dar casi nada. Son los dos extremos de un mismo movimiento: dar algo, un poco, todo. Dar, porque en el evangelio el verbo “amar” se traduce con el verbo “dar”.

“Un vaso de agua fresca” dice Jesús. Nada es demasiado pequeño por el evangelio, no hay nada de auténticamente humano que no encuentre un eco en el cielo. Porque el hombre mira a las apariencias, Dios mira al corazón (1Sam 16,7).

Y si hay corazón, todo el evangelio puede ser incluido en un vaso de agua fresca. Porque el hombre vale cuánto vale su corazón. Mi vida vale cuánto vale mi amor.

Amén

Padre Franco Noventa, mccj

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