Tus dudas. Santidad en el sufrimiento


MESÉN L., Pilar – San José.

“Monseñor, el 23 del mes pasado (septiembre) la Iglesia Católica ha celebrado la fiesta de San Padre Pío de Pietrelchina. Durante estos últimos años estaba constatando un crecimiento muy notable de la devoción a este santo. ¡Y bendito sea Dios!

Sin embargo, Monseñor, es todo tan extraordinario en su vida y todo tan marcado por dones sobrenaturales, que me brota preguntarme: ¿de qué me sirve conocerle cuando se trata de un santo más admirable que imitable? Me animan más los santos “normales” con una vida en que no hay nada extraordinario excepto el amor con que la vivieron, como S. Gianna Beretta Molla, la doctora que enferma de cáncer, prefiere morir ella que abortar y matar a su criatura y así salvarse.

No me estoy quejando, Monseñor, sólo me brotó expresarle lo que siento en mi corazón”.

Estimada Pilar, encuentro muy sincero y apropiado su desahogo. No creo que sea Usted la única persona que experimenta su reacción que considero normal. Cuando nuestro Papa Francisco habla de los “santos de la puerta de al lado”, creo que se refiere a los santos y santas a quienes Usted admira y que le animan. Se trata, como en el ejemplo que Usted nos recuerda, el de Santa Gianna Beretta Molla, de cristianos y cristianas que teniendo una existencia en que pareciera que nada tenga brillo particular, se deciden a amar a Dios y al prójimo con un grado heroico. Ellos son los santos ejemplares a quienes sentimos cercanos y, por eso, imitables. Al respecto, es muy bello y lleno de enseñanza el testimonio que dejó escrito el esposo de Santa Gianna Beretta Molla: “yo vivía con una santa y no lo sabía; necesité tiempo para darme cuenta”, y eso porque la vida de su esposa era la de una doctora dedicada calladamente al servicio abnegado de sus enfermos y sostenida por la oración y la vida sacramental.

Sin embargo, estimada Pilar, si nos acercamos a la vida del Padre Pío, constatamos que su santidad no era la de los dones extraordinarios que Dios le había concedido (estigmas, bilocación, leer conciencias, milagros…), sino, la santidad de un fraile capuchino que dedicaba horas y horas al ministerio de las confesiones y que se comprometía en la lucha diaria para no dejarse vencer, por ejemplo, por sus impulsos de enojo o de excesiva ternura, como él lo ha dejado manifiesto en varias de sus cartas a sus directores espirituales.

Él lo repetía: para hacerse santo es necesario perseverar en la lucha, saber sufrir, soportando padecimientos, enfermedades, calumnias (y las hubo y muy graves en su vida), frente al miedo de las penitencias de los peligros, de las críticas y de los disgustos que pueden causarnos inclusive los mismos amigos.

Sin embargo, al mismo tiempo se mostraba bien consciente y lo insistía con todos que decidirse y perseverar en ese “combate”, es posible solo con la gracia de Dios y con la fuerza de su Espíritu Santo, auténtico “poder de lo Alto”. Y es por eso, que insistía con sus dirigidos y dirigidas que se acercaran a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, y que dedicaran tiempo a la oración y a la contemplación de la Pasión, y que acudieran a la intercesión y protección de la Virgen María (él en ningún momento, durante el día, dejaba caer el rosario de sus manos). He aquí un ejemplo. Le escribía a Erminia Gargani, dirigida suya: “la confesión tiene que ser cada ocho días, para que no te prives de obtener la gracia y las ayudas necesarias”.

Ahora esto último, nos resultaría imposible, pero he transcrito estas letras para poner de relieve cómo el Padre Pío “lanzaba” a cuantos se confiaban a su dirección, a una auténtica y a la vez “normal” santidad. No les exigía ningún don extraordinario más que el amor a Dios y al prójimo, en la vida cotidiana, según la vocación propia.

Animémonos, pues, estimada Pilar, a imitar al Padre Pío en lo que él mismo quisiera que imitáramos, a saber, una vida de santidad hecha de constante combate en contra de toda forma de pecado y de egoísmo, de una intensa vida sacramental y de oración, y sobre todo de un “exagerado” amor a Dios y a nuestro prójimo, en que no quepa excluir a nadie.

 

+ P. Vittorino Girardi.

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