Jesús pasó haciendo el bien

 

Por el P. Damián Bruyel
Misionero comboniano

 

 

Introducción

 

Cuando san Pedro se encontraba en casa del centurión romano Cornelio, y antes de bautizarle a él y a toda su familia, tomó la palabra y, entre otras cosas, dijo esta
frase que resume toda una vida misionera de Jesús desde que salió de Nazaret: «Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
Jesús de Nazaret pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el Diablo; porque Dios estaba con Él» (Hechos 10, 37-38). Pasar haciendo el bien; esa era la misión del nazareno Jesús, el Misionero del Padre. En el prefacio del buen samaritano oramos con este bello texto: «Porque Jesús, en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».

Jesús, pues, es ese rabino andariego que va recorriendo todo el territorio de Israel, especialmente Galilea y Judea, incluso aquellas regiones al otro lado de sus propias fronteras, predicando el Evangelio (es decir, la buena noticia de la salvación) en las sinagogas, en las aldeas, las montañas, las riberas del lago…, en todo lugar. Al ir pasando por los pueblos, su presencia no solía dejar indiferentes a gran parte de la gente, tampoco a muchas personas en particular.

Pasando por la orilla del lago de Galilea vio a unos pescadores, clavó sus ojos en ellos y los invitó a seguirlo; entonces ellos, dejándolo todo, se fueron tras Él. Jesús es siempre el que toma la iniciativa: Él pasa primero, pero solo se queda con aquellos que le abren sus puertas, es decir, su corazón. Su paso por las vidas de Juan Bautista, Mateo, la samaritana, Zaqueo, la adúltera, la Magdalena, y por las vidas de tantos otros personajes oprimidos por el mal a quienes sanó o liberó de sus cadenas, provocó en todos ellos una reacción de paz interior y, al mismo tiempo, de compromiso. La mirada de Jesús los hizo cambiar de vida por completo, los descolocó, como se suele decir ahora.

Algo así sucedió un día con nosotros y con tantos otros discípulos del Señor a lo largo de la historia. Cuando Jesús pasó por mi vida, se acercó, me miró a los ojos, y me dijo: «Vente conmigo». Nunca sabremos por qué se fijó precisa­mente en nosotros, y no en otros, mejores que nosotros, pero el caso es que nos fuimos con Él. Hay que estar muy atentos, porque cuando Jesús pasa delante de mí es para ofrecerme algo. San Agustín decía en el sermón 88: «Tengo miedo de que el Señor pase y no le reconozca». Y el papa Francisco, comentando esta frase de san Agustín, dice: «La respuesta, desgraciadamente, está en nuestros comportamientos: porque a menudo estamos distraídos, indiferentes, y cuando el Señor pasa cerca de nosotros perdemos la ocasión del encuentro con Él» (12 -10 – 2016).

Podemos ir concluyendo esta larga presentación diciendo que, cuando Jesús pasa por nuestra vida, Él provoca en cada uno algunas reacciones, es decir, está esperando respuestas que, como vamos a ver, no son siempre iguales en unos que en otros. Voy a resaltar siete verbos que implican acción: ver, seguir, acercarse, postrarse, tocar, creer y, por último, sanar. Son como una escalera de siete peldaños.

 

Ver a Jesús

Para llegar al último peldaño de esta escalera, que es la sanación que nos viene del Maestro y que todos contamos con ella, debemos comenzar por ver a Jesús que pasa y fijar nuestros ojos en Él. Muchos fueron los que vieron pasar a Jesús por sus aldeas, incluso por delante mismo de sus casas, pero no les causó mayor impresión: ¿Un profeta más en Israel? Tal vez un nuevo visionario e impostor que embauca a la gente sin cultura e ignorante… Jesús aquel día pasó de largo por sus vidas y no se enteraron de que se trataba del Mesías. Pura indiferencia. Pero a otros les fascinó la mirada penetrante de aquel joven rabino de Nazaret, se le quedaron mirando, fascinados, y optaron por seguirlo. Y se fueron con Él.

 

Seguirlo

Algunos de aquellos que siguieron a Jesús dejaron todo de forma radical, abandonándose totalmente en Él, y perseveraron hasta el final, incluso acabaron su vida derramando su sangre. Otros, también fascinados por Él, ante la oposición y perse­cución que las autoridades religiosas habían emprendido contra Jesús, con el tiempo dejaron de seguirlo, y hasta consi­deraron también ellos un impostor a aquel profeta predicador, al que en un principio consideraban Mesías. Ya su vida dejó de fascinarles y regresaron a su vida anterior. Y no fueron pocos también aquellos que siguieron a Jesús más por intereses personales que por convencimiento; en realidad, no dejaron nada atrás por seguir al Maestro, más bien seguían cargando con tantos apegos y afectos a sus espaldas, ya que sus vidas continuaban todavía ligadas al pasado. Ante la menor dificultad que encontraron, tiraron la toalla y se fueron.

En nuestras vidas de discipulado en el seguimiento de Cristo, ya sea dentro de un Instituto misionero consagrado de por vida, o ya sea en una comunidad laical misionera, sucede con no poca frecuencia que muchos hermanos o hermanas nuestros están llevando en sus propias comunidades una doble vida. Participan en la vida comunitaria y en sus encuentros, como no, y hasta han sido nombrados servidores, responsables o coordinadores de una comunidad, pero sus vidas están muy lejos de un auténtico y sincero seguimiento de Cristo, ya que están viviendo permanentemente en pecado y, por ello mismo, engañando no solo a Dios, al que un día habían decidido seguirle hasta el final, sino engañando también a los hermanos de comunidad. Aparentan ser «buena gente», pero su vida es otra. A eso se le llama llevar una doble vida: con una vela se le rinde culto a Dios, y con otra vela se le rinde al Mentiroso y Embaucador, el Diablo.

 

Acercársele

Acabamos de ver cómo no es suficiente seguir a Jesús, ya que unos lo siguen por interés, otros lo abandonan ante cualquier tropiezo, y otros, aunque continúan siguiéndole, sus vidas sin embargo están mintiendo; a veces son manifiestas sus mentiras y otras no. El auténtico seguimiento de Cristo implica acercamiento, proximidad, porque solo así sabe uno lo que dice Jesús y lo que espera de cada uno de nosotros.

Después de haber visto a Jesús y de haberse decidido a seguirle hasta el final, ahora es el momento de acercársele a Él. Es lo que hicieron tantos enfermos con Jesús, como por ejemplo estos tres del Evangelio de Mateo: Un leproso se le acerca a Jesús y se postra ante Él (8, 2); Jairo, el jefe de la sinagoga, también se aproxima a Jesús y se postra ante Él, mientras la gente solo escucha (9, 18), pero no se acerca; mientras Jairo platica, una mujer enferma se le acerca a Jesús por detrás y lo toca (9, 20). Acercarse a Él significa contem­plarlo en profunda y mística oración. Saber que Él me mira y que yo le miro. Tal vez no me diga nada ni yo tampoco le diga nada, pero yo sé que Él está conmigo y yo estoy con Él.

 

Postrarse a sus pies

Cuando estos personajes bíblicos se encuentran con Jesús y se le acercan, su sentimiento espontáneo es postrase ante Él. Esto significa que ellos reconocieron su miseria, su pobreza. Fueron humildes. Como necesitaban ser escuchados, se postran humildemente a los pies de Jesús, esperando la sanación de sus enfermedades y miserias. Lamentablemente, hoy son muchos los discípulos misioneros de Jesús que se acercan a Él con exigencias, queriendo que Dios realice, sí o sí, todo lo que le piden. La verdad es que nos falta mucha humildad a la hora de dirigirnos a Dios y reconocer nuestras necesidades. Ponerme de rodillas delante de Él, reconociendo mis pecados, hace cambiar muchas cosas en mi vida.

 

Tocarle

A mí me conmueve mucho el testimonio de la mujer que padecía flujos de sangre desde hacía 12 años y se le acercó a Jesús por detrás para tocarle el manto y así quedar sanada: «Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó (a Jesús) por detrás y le tocó la orilla de su manto, pues pensaba: “Con solo tocar su manto, me curaré”» (Mateo 9, 20-21). Mucha gente que seguía al Maestro lo tocaba, no podía ser de otro modo, pues andaban apretujados unos con otros, pero no lo tocaban con la intención de ser sanados. Hay formas diferentes de tocar y tocar. De hecho, cuando Jesús pregunta quién le ha tocado, «sus discípulos le contestaron: “Ves que la multitud te apretuja, ¿y dices quién te ha tocado?”» (Marcos 5, 31). Tocar a Jesús es llegar hasta lo más profundo de su Corazón. Tocarlo y meter los dedos dentro de su llaga, como hizo santo Tomás cuando se le apareció Jesús resucitado; fue entonces cuando el apóstol hizo aquella gran profesión de fe en la divinidad de Jesús: «Señor mío y Dios mío» (Juan 20, 28).

Termino este numeral con este bello texto de san Buena­ventura en sus Obras, sobre el Corazón de Jesús, que dice así: «Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque esta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!».

 

Creer en Él

Ya dije antes que hay diversas maneras de «tocar», palpar o acariciar a una persona. La mujer hemorroísa tocó a Jesús porque creyó firmemente que Él la curaría. Muchos tocan a Jesús porque dudan que sea Él, de aquí que Jesús cuando resucitó tuviera que decir a los discípulos: «”¿Por qué están asustados?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tienen ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos» (Lucas 24, 38-43). Los discípulos creyeron en Jesús después de haberlo tocado y comido con Él.

Con la letra de un canto de Carmelo Erdozain concluyo: «Creo en Jesús: Él es mi amigo, es mi alegría, Él es mi amor. Creo en Jesús, Él es mi Salvador. Él llamó a mi puerta, me invitó a compartir su heredad. Seguiré a su lado, llevaré su mensaje de paz. Día y noche creo en Jesús. Él está a mi lado, sigo sus palabras, doy por Él la vida: Es mi Salvador».

 

Sanar

Quien, acercándose a Jesús con verdadera fe, se rinde a sus pies con humildad, y toca su Corazón, al final termina sanando. Es verdad que en los Evangelios y en el libro de los Hechos de los Apóstoles se encuentran muchas sanaciones físicas. Pero ya sabemos que existen otras muchas heridas en nosotros que necesitan ser sanadas. En esto la Renovación Carismática Católica tiene mucha experiencia y nos enseña bastante, pero todas estas sanaciones físicas y espirituales se encuentran en la biblia, especialmente en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, como ya hemos mencionado.

En las enfermedades o en las recuperaciones de heridas físicas la ayuda de los médicos es innegable, pero mucho más lo es aún la ayuda del Señor, a quien hay que buscar siempre para pedir su auxilio. A veces Él sanará esas heridas y otras no; Él sabe por qué. Pero las enfermedades o heridas de otra índole, como las psicológicas y las espirituales, el Señor las sana siempre, porque Él nos quiere ver a todos felices y en calma; porque nuestro Dios es un Dios de paz y alegría, no de guerra y angustia, que de esto ya se encarga el Diablo. La sanación de estas heridas espirituales no depende de nuestra buena voluntad, tampoco de la ayuda de psicólogos, médicos, psiquiatras, educadores, papás, amigos…; ni siquiera de los sacerdotes. Depende más que nada de la gracia de Dios, es decir, de lo que Él quiera hacer en mí y en ti.

Aquí sí que es muy importante pensar y creer que el único capaz de romper mis cadenas, sacándome de las tinieblas de la cárcel, y me libera de la esclavitud es Jesús, mi Salvador. No existe otro Salvador como Él. A todos nosotros, laicos y consagrados al Señor nos acechan por doquier y a todas horas los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. El principal adversario es el Demonio; el mundo y la carne son solo sus dos fieles aliados. Con muy buena voluntad un día emprendimos el seguimiento de Cristo, dejándolo todo por estar con Él, para luego ser enviados a predicar el Evangelio y a expulsar los demonios de tantos corazones atrapados.

Pero el tiempo fue pasando, lentamente., pero pasando, y esos tres enemigos del alma han venido invadiendo, también lentamente., pero invadiendo nuestras vidas antes tan felices, tan llenas de ilusión, y han hecho morada en nosotros. Los diablos del mundo y de la carne, como son el apego a las cosas materiales, la pasión incontrolada por las mujeres, el alcoholismo, la pornografía, la búsqueda de bienestar, tal vez también la homosexualidad, y un largo etcétera, fueron adue­ñándose en algunos. Tal vez —seguro que sí— han querido salir de ese infierno, pero de este infierno solo se sale con la ayuda del único Salvador, Jesucristo. Las demás ayudas sin Jesús es tiempo perdido, se regresa al lodazal de donde uno ha querido salir. No son suficientes nuestros esfuerzos, nuestra buena voluntad, ni las ayudas de personas competentes… para salir del infierno en que uno vive.

Solo el Libertador de Nazaret te sacará de las tinieblas en que te encuentras. Acuérdate de aquel leproso que se acercó a Jesús, se puso de rodillas ante Él y le suplicó diciendo: «”Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: “Sí quiero, queda curado”. Inmediatamente quedó limpio de la lepra» (Mateo 8, 1-3).

 

Para quedar inmediatamente limpios de nuestras lepras y libres de cadenas es por lo que he pensado escribir sobre estos seis pasos que todos deberíamos dar —esa es nuestra colaboración y esfuerzo que nos pide el Señor— para ser sanados definitivamente en las manos y en el Corazón del único Libertador, Jesús. Los seis peldaños de la escalera previos a la sanación que nos pide el Señor: Ver, seguir, acercarse, postrarse, tocar, creer. Y así, sanar.

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