San José en el camino misionero de san Daniel Comboni

(Extracto de un texto de P. Carmelo Casile Casavatore – febrero 2021)

INTRODUCCIÓN

En el corazón de la Cuaresma, el 19 de marzo, la Iglesia celebra la fiesta de San José, al igual que celebra la de María en el tiempo de Adviento, el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción.

La Carta Apostólica Patris Corde del Papa Francisco, con motivo del 150 aniversario de la declaración de San José como Patrón de la Iglesia Universal, es una invitación a toda la Iglesia a fijar su mirada contemplativa en la figura de San José, que es una figura clave para comprender algunas dimensiones esenciales de la vocación cristiana. Es una invitación, por tanto, a ir más allá de la imagen de la iconografía tradicional, que a menudo nos presenta a San José como un anciano de barba y pelo blanco o calvo, con una expresión algo triste y una mirada distante, casi preocupada, encorvada bajo el peso de su destino, para identificar el misterio histórico-salvífico en los datos constitutivos de su personalidad en el contexto de la Sagrada Familia.

Para nosotros, los combonianos, es una invitación a recordar la inspiración original del Fundador. De hecho, la Sagrada Familia de Nazaret influyó mucho en la vida espiritual y el servicio misionero de San Daniele Comboni y sus primeros compañeros y en la tradición del Instituto.

  1. José, modelo de paternidad

La Carta Apostólica del Papa Francisco nos presenta la figura de José como modelo de paternidad, como hombre con corazón de padre, Patris corde: «Con corazón de padre: así amaba José a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «hijo de José».

Los dos evangelistas que resaltaron su figura, Mateo y Lucas, cuentan poco, pero lo suficiente para dejar claro el tipo de padre que fue y la misión que le encomendó la Providencia.

Sabemos que era un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un «hombre justo» (Mt 1,19), siempre dispuesto a cumplir la voluntad de Dios manifestada en su Ley (cf. Lc 2,22, 27, 39) y a través de nada menos que cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13, 19, 22). Tras un largo y penoso viaje desde Nazaret hasta Belén, vio nacer al Mesías en un establo, porque en otro lugar «no había sitio para ellos» (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente al pueblo de Israel y a los pueblos paganos.

Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien impuso el nombre revelado por el Ángel: «Le llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Como es sabido, dar un nombre a una persona o a una cosa entre los pueblos antiguos significaba alcanzar la condición de miembro, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20).

En el Templo, cuarenta días después de su nacimiento, José y su madre ofrecieron al Niño al Señor y escucharon con sorpresa la profecía que Simeón hizo sobre Jesús y María (cf. Lc 2,22-35). Para defender a Jesús de Herodes, se quedó como extranjero en Egipto (cf. Mt 2,13-18). De regreso a su patria, vivió escondido en la pequeña y desconocida aldea de Nazaret, en Galilea -de donde, se decía, «no sale ningún profeta» y «nunca puede venir nada bueno» (cf. Jn 7,52; 1,46)-, lejos de Belén, su lugar de nacimiento, y de Jerusalén, donde estaba el Templo. Cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús de doce años, él y María lo buscaron con angustia y lo encontraron en el Templo mientras discutía con los doctores de la Ley (cf. Lc 2,41-50)».

José es un verdadero padre, aunque no sea padre; una figura nueva, por descubrir y que no se parece en nada a ciertos estereotipos tradicionales. De ahí las diversas calificaciones que se avanzan sobre este tipo de paternidad: como padre putativo, adoptivo, legal, virginal… sin que ninguna de ellas sea exhaustiva.

De hecho, «José no se encontró por casualidad para ser el padre de Jesús. Si las circunstancias (la vivienda, la edad, el parentesco, el amor, etc.) le habían llevado naturalmente a unir su vida a la de María con el vínculo del matrimonio, llega este momento divino en el que Dios entra como dueño en el santuario doméstico para inaugurar esa «economía» superior que exige una nueva generación no dependiente de la carne y la sangre. Los lazos anteriores no se disuelven, y precisamente por eso José es instado por el ángel a mantener a María con él; pero debe comprender que la parte que está tomando en el plan de redención le hace «padre» en un orden de «parentesco» que no es igual al orden natural de los «hermanos y hermanas» (= parientes) del Señor. El parentesco de sangre no es el que puede reclamar derechos en el reino de Dios. José pasa a formar parte de una familia que sólo tiene su origen en la iniciativa divina. Esta entrada supone una llamada de lo alto y una respuesta impregnada de obediencia de fe, instrumentos de la nueva generación. El verdadero parentesco que une a uno con Jesús no puede fundarse en derechos personales y naturales, sino en la sola voluntad divina» (cfr. Mt 12, 15; Lc 11, 27: T. Stramare).

  1. El desierto, el entorno espiritual de José

José, un hombre distinguido pero oculto, viene de la experiencia de esconderse en el desierto.

Una lectura cuidadosa de la Biblia muestra que prácticamente todos los hombres a los que Dios utilizó con mayor poder pasaron por el desierto, algunos en el sentido más literal, otros en el sentido espiritual. El enfoque del desierto es el descubrimiento de la voluntad de Dios y la entrega generosa a esa voluntad cuando se manifiesta en las circunstancias normales de la vida.

En el Evangelio encontramos en la persona de José una figura maravillosa de hombre del desierto, que vive en continua contemplación y no busca otra cosa que descubrir y cumplir la voluntad de Dios.

Mateo expresa toda esta maravillosa realidad en una sola frase: «José era un hombre justo» (Mt 1,19). El propio Mateo habla de tres «sueños» que tuvo José.

«Mientras pensaba en estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo que en ella se engendra es del Espíritu Santo»». (Mt 1,20).

Durante la persecución de Jesús por parte de Herodes, «un ángel del Señor se le apareció a José en sueños y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre contigo y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga'» (Mt 2,13). (Mt 2,13).

En el tercer y último lugar el Evangelio narra lo que sigue: «Cuando Herodes murió, un ángel del Señor se le apareció a José en sueños y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre contigo y vete a la tierra de Israel»». (Mt 2,19-20).

La teología del cristianismo primitivo, teniendo siempre en cuenta el gran valor de la oración, ha dado ya la explicación de estos pasajes evangélicos: en la meditación (= en el «sueño»), una realidad tan profunda en la que la vida alcanza los últimos límites del universo, el destino eterno del propio hombre, su vocación, puede hacerse perceptible y visible (= el «ángel»); en la meditación se transpira la misión inconfundible del hombre.

Mientras meditaba tranquilamente en el silencio de la noche, José pudo penetrar en el destino de María.

Atormentado por la duda y la incertidumbre, José, poniéndose en profunda oración, pudo presentir el misterio de la Encarnación. Fue entonces cuando aceptó de buen grado el mensaje del ángel.

Siempre llevó su vida en un clima de fe y confianza, a pesar de las incertidumbres, los imprevistos e incluso la oscuridad que envolvía su alma.

Gracias a su vida sencilla y humilde, Jesús era su hijo quizá más que si él mismo lo hubiera engendrado: «¿No es éste, Jesús, el hijo de José?» (Jn 6,42), «¿No es éste el hijo de José?» (Lc 4,22), «¿No es el hijo del carpintero?» (Mt 13,55), «Jesús tenía unos treinta años y era hijo, como se creía, de José» (Lc 3,23).

José fue el gran peregrino de la humanidad, del universo. Sus manos estaban siempre vacías. Dios demostró su amor de muchas maneras, y sin embargo José nunca emitió una queja. Al final, todo lo que tenía que hacer era dejar el mundo y llevarse con él a la eternidad las dudas en las que había estado luchando. Todo se transformaría en el Amor más allá del cual no quedaría nada más por desear.

También podemos estar seguros de que el amor de José por María era sincero y profundo. Una voz (la del ángel) rompió el silencio en el que estaba sumido y le anunció unos acontecimientos que nunca pudo comprender del todo (cf. Mt 1,20). Pero José obedeció, aunque no entendía.

Antes de que se completara el misterio de su Hijo (al que ni siquiera podía llamar Hijo), y antes de que Jesús cumpliera su misión en la cruz, José ya había asumido la carga de un destino y una misión similares a los de Jesús.

Era una misión interior. Y de hecho fue un hombre sufriente y abnegado, crucificado.

Por eso, José es un hombre del desierto, aunque nunca haya salido de su casa y de su taller, ya que el punto de apoyo del desierto es la contemplación y, a través de ella, el abandono total de sí mismo a la voluntad de Dios (cf. Ladislao Boros, Cristo e os homens diante da tentação, Ed.)

  1. «La poesía de la grandeza de San José».

Comboni entró en comunión con San José desde su formación juvenil en el Instituto de Mazza, donde ingresó en 1843. En la iglesia del Instituto dedicada a San Carlos, se puso a contemplar aquel cuadro que Don Mazza había colocado allí para simbolizar «las principales devociones» que «quería inculcar a los jóvenes»: en el centro el Sagrado Corazón de Jesús con el Corazón Inmaculado de María y San José a su lado. Tal vez de ahí provenga el hecho de que la referencia a San José en unión con los Corazones de Jesús y María aparezca con frecuencia en los escritos de Comboni.

Este período es fundamental para entender la forma en que Comboni se relacionaba con San José. Nacido, en efecto, en el seno de una familia pobre y educado en un Instituto pobre bajo la mirada de San José, se vio obligado a fundar su obra prácticamente «de la nada». Encontrándose casi solo en la organización de una obra colosal, le resultó obvio, en su lógica de fe, dirigirse con confianza a San José, elegirlo como ecónomo de la Misión y acudir a él con desenfadada confianza cada vez que se encontrara en apuros.

Por lo tanto, no es difícil ver que los textos en los que Comboni expresa su relación con San José encuentran sus raíces espirituales en la formación religiosa que recibió en Verona. En ellos desarrolló el sentido de la Providencia inculcado en el Instituto Mazza, encontrando muy concretamente en San José el instrumento celestial y seguro de la misma. Este hecho es indispensable para comprender que el modo de expresarse de Comboni sobre San José nunca se limita a los intereses puramente materiales, sino que surge siempre de una relación hecha de «espíritu y fe» y se extiende al campo espiritual y misionero.

Esta relación se profundizó después de que Pío IX, durante el Concilio Vaticano I, el 8 de diciembre de 1870, proclamara a San José Patrono de la Iglesia universal.

A partir de este acto del Magisterio, la relación especial de Comboni con San José adquirió mayor consistencia. Comboni, de hecho, veía la Misión como una función de la Iglesia y así, para él, si San José era «Protector de la Iglesia universal», era también Protector de la Negritud.

Desde ese momento Comboni comenzó a venerarlo como Protector de la Iglesia Católica y del Níger, y con mayor razón lo confirmó como Ecónomo de la Misión, aclarando así la profunda fe en la Providencia que siempre lo había animado de joven. Así, partiendo de su intensa devoción personal y en sintonía con la tradición eclesial, para Comboni, San José es Protector, Patrón, Patriarca, Padre de la Negritud, Rey de los caballeros, etc.

Hacia el final de su vida, en una carta enviada a Sembianti desde El-Obeid el 20/4/1881, habla de la «poesía de la grandeza de San José»:

«Siempre me olvidaba de rogarte que cobraras de Monsig. Stegagnini… las diversas copias de las dos operetas sobre el Sagrado Corazón y sobre San José… me gustaría más que cada misionero y cada hermana en África Central poseyeran y se familiarizaran bien con estos dos estupendos libros… para conocer bien las riquezas del Corazón de Jesucristo y la poesía de la grandeza de San José.

Estos dos tesoros, unidos a la ferviente devoción a la gran Madre de Dios, esposa inmaculada del gran Patrón de la Iglesia Universal y de la Nigrizia, son un talismán seguro para los que se ocupan de los intereses de las almas en África Central, aquí en medio de las almas de ambos sexos de estos países, y dan valor y encienden la caridad para tratar familiar y casualmente [a las almas de la Nigrizia] con el fin de convertirlas a Cristo y a la Virgen» (Al P. Sembianti, de El-Obeid, 20/4/81, S 6652-6653).

Este texto es muy significativo porque nos ayuda a comprender en profundidad la experiencia de Comboni en su relación con San José. Como fue escrito hacia el final de su vida y se refería a sus misioneros, asume casi el significado de un testamento espiritual para todos los misioneros combonianos de todos los tiempos.

En particular, la expresión «la poesía de la grandeza de San José» nos hace comprender que San José, en la oración de Comboni, es mucho más que el ecónomo celestial de la Misión, aunque esta expresión provenga ya de un corazón movido por el «espíritu y la fe»; nos hace comprender que sobre la repetición de las fórmulas de la oración de petición emerge en Comboni la profundidad de su afecto por San José, en un contexto de comunión, estima y confianza, que le lleva a colocarlo entre los «tesoros» de su vida, junto al Corazón de Jesús y al Corazón de María.

Para leer en profundidad el afecto de Comboni en su comunión con este tesoro que es San José, nos puede ayudar el siguiente texto de J. Benigne Bossuet, que parece hacerse eco de las palabras de Comboni:

«Dios buscó a un hombre según su propio corazón para poner en sus manos lo que más apreciaba: me refiero a la persona de su Hijo único, a la integridad de su santa Madre, a la salvación del género humano… Buscó a un hombre aún más desconocido, a un pobre trabajador, es decir, a José, para confiarle una misión, de la que los ángeles se sentirían honrados, pues entendemos que al hombre según el propio corazón de Dios hay que buscarlo en el corazón, y que son las virtudes desconocidas las que le hacen merecedor de esta alabanza.

Si alguna vez hubo un hombre al que Dios se entregó con gusto, éste es sin duda José, que lo tiene en su casa y en sus manos, y que está presente a todas horas, más en su corazón que ante sus ojos…. La Iglesia no tiene nada más ilustre, porque no tiene nada más oculto».

Ciertamente José emerge en el corazón de Comboni como el «tipo» del hombre creyente que encarna el misterio de la Providencia divina (S 314), que gobierna con su «patrocinio universal» toda la Historia de la Salvación. Es el hombre silencioso, que medita, obedece y calla, en una total disponibilidad al proyecto de Dios sobre él, lo que le convierte en el «modelo» del misionero de la Negritud, que Comboni describe en el capítulo X de las Reglas de 1871: «La vida de un hombre, que de manera absoluta y perentoria llega a romper toda relación con el mundo y con las cosas más queridas según la naturaleza, debe ser una vida de espíritu y de fe» (S 2698).

La vida de Comboni se traduce en no pedir «a Dios las razones de la misión que ha recibido, sino trabajar en su palabra, y en la de sus representantes, como instrumento dócil de su adorable voluntad» (cf. S 2702).

José, habiendo cumplido su papel de conocer el misterio de la Encarnación y llevarlo a cabo, insertando a Cristo en el pueblo de la salvación, se eclipsa. Y el misionero “en cada evento repite con profunda convicción y viva exultación: servi inutiles sumus; quod debuimus facere fecimus. Luc. XVII” (S 2702).

Comboni, después de haber hecho suya la «filosofía de la Cruz» (S 2326), viendo en ella a su «esposa para siempre» (S 1710), después de haber sentido profundamente su peso, mientras a su alrededor reinaban las tinieblas y el aislamiento moral absoluto, pronunció palabras que atestiguan la autenticidad de su heroísmo apostólico, fundado en una fe pura y en un amor ardiente por África que debía salvarse, que lo asemejaba al Traspasado en la Cruz:

«Aunque estoy seguro de que pronto sucumbiré a muchas cruces, que en conciencia pienso que no merezco, sin embargo, sea siempre bendito mi Jesús, verdadero vindicador de la inocencia y protector de los afligidos; la Negritud se convertirá, y si en el mundo no tengo consuelo, lo tendré en el cielo. Hay Jesús, María, José, y si los hombres fallan, no es Dios quien salvará la Negritud» (Al Padre Sembianti de El Obeid, 9 de julio de 1881, S 6815).

Ocurre en Comboni lo mismo que le ocurrió a José, que vivió su vida terrena inmerso en la adoración de Dios, a quien se encomendó totalmente, y al mismo tiempo se ocupó diariamente de un duro trabajo material, y antes de que se cumpliera el misterio de «su Hijo», antes de que Jesús consumara su Misión en la Cruz, ya había tomado sobre sí el peso de un destino y una misión semejante a la de Jesús. Comboni canta «la poesía de la grandeza de San José», ante todo con la confianza en su protección; una confianza llevada hasta la audacia y expresada en términos llenos de entusiasmo:

«El Vicariato de África Central, gracias a la poderosa ayuda del ilustre Patriarca San José, que se convirtió en el verdadero Ecónomo de África Central, después de que el Santo Padre lo proclamara Protector de la Iglesia Católica, nunca carecerá de recursos suficientes» (Informe al Cardenal A. Franchi, Roma, 29 de junio de 1876, S 4170).

«Ayer fue un día feliz, porque pude hablar claramente con San José. Entiendo que hay que ser audaz con este santo bendito» (A Monseñor Luigi di Canossa desde Viena, 20 de marzo de 1871, S 2416).

«San José fue, es y será siempre el rey de los caballeros, y un señor de la casa, y un ecónomo de mucho juicio, y también de buen corazón» (Al Card. Alessandro Barnabo de El Obeid, 12 de octubre de 1873, S 3434).

«Viva San José, Protector de la Iglesia Universal, y Ecónomo de la Negritud» (Al Card. Alessandro Franchi desde Jartum, 26 de junio de 1875, S 3849).

«San José es el verdadero padre de la Nigrizia» (Al Card. A. Franchi 1876, S 4025).

Comboni vuelve a cantar «la poesía de la grandeza de San José”, porque encuentra en él un estilo ejemplar de «seguimiento de Cristo», que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que os enriquecierais con su pobreza» (2 Cor 8,9):

«¡Oh! San José fue pobre para proveer a los demás» (S 1516). Y de nuevo: «Mi ecónomo, aunque fue muy pobre en su vida, ahora que es el árbitro de los tesoros del Cielo, nunca ha dejado de ayudarme» (S 3520).

Es un estilo practicado por Comboni: pedir siempre en la tierra para dar a África

Haber elegido a San José como ecónomo de la Misión no fue para Comboni sólo una consideración piadosa, sino una realidad de hecho en la que creía y confiaba, como muestra el siguiente texto:

«No es, sin embargo, que haya perdonado a mi querido ecónomo San José, a quien me había recomendado un próspero viaje de Cordofán a Jartum. Este querido Santo, habiendo permitido que me cayera tan terriblemente del camello, le gravé bien con la multa de mil francos de oro cada día que tuve que llevar el brazo al cuello; y como me vi obligado a llevar el brazo al cuello durante 82 días, sin haber podido decir misa más que cinco veces, así mi venerable mayordomo fue condenado a pagarme la multa de 82.000 francos. Faustino y Giovita Protectores de nuestra querida Diócesis de Brescia (82° día de mi terrible caída en el Desierto) giré sobre el querido Santo una letra de cambio de cuatro mil cien Marenghi pagadera en seis meses; y ya ahora me doy cuenta de que el buen Ecónomo hace, como de costumbre, honor a mi firma, pues desde ese día hasta hoy que escribo a Vuestra Excelencia cobré n. 38.706 francos en oro, entre los que se encuentran 5.000 florines enviados por ese milagro de la caridad que es S.M. la Emperatriz Apostólica María Ana y el Emperador Fernando I de Praga, 4.000 francos de esa joya de verdadero príncipe católico que es S.A.R. el Duque de Módena Francesco V de Viena.

Mi tesorero entonces, aunque fue muy pobre en su vida, ahora que es el árbitro de los tesoros del Cielo, nunca ha dejado de ayudarme; y en sólo seis años y medio desde que empecé la Obra me ha proporcionado 600.000 francos, es decir, me ha pagado facturas por treinta mil Marenghi. Le aseguro, Eminencia, que el Banco de San José es más sólido que todos los bancos Rothschild. Mientras tanto, sin encontrarme con un solo céntimo de deuda, este buen ecónomo mantiene dos casas en Verona, dos en El Cairo, dos en Jartum y dos en El-Obeid, capital del Cordofán con más de 100.000 (cien mil) habitantes, donde por primera vez se celebró la misa y se adoró a Jesucristo en 1872» (A monseñor Girolamo Verzieri, obispo de Brescia, desde Jartum, 10 de marzo de 1874, S 3519-3520).

La confianza en San José es la fe en la Providencia, que ciertamente no fallará en una obra tan santa como la salvación del pueblo nigeriano:

«¿Cómo se puede dudar de la divina Providencia, y de la del diligente Ecónomo San José, que, en sólo ocho años y medio, y en tiempos tan calamitosos y difíciles, me envió más de un millón de francos para fundar y comenzar la obra de la Redención de la Negritud en Verona, en Egipto y en el África interior? Los medios pecuniarios y materiales para sostener la Misión son lo último en lo que pienso. Sólo reza… Si se produjera un cataclismo en Francia, Prusia y Austria, entonces, junto con África Central, casi todas las misiones del mundo correrían la misma suerte. Entonces San José permanecerá siempre triunfante sobre todos los cataclismos del universo; y por mi parte la esperanza permanecerá siempre invicta» (Informe al Card. Alessandro Franchi, Roma, 29 de junio de 1876, S 4171, 4175).

La confianza de Comboni en San José se extendió del campo temporal al espiritual y misionero. La protección de San José abrazó la misión y los Institutos fundados para la Misión:

«Tengo una firme esperanza en el Divino Corazón de Jesús, que también palpitó por Nigrizia, en nuestra Señora del Sagrado Corazón, y en ese querido ecónomo y administrador general de África Central, San José protector de la Iglesia católica, en cuya barba hay millones, y que puede ayudar a esta ardua, laboriosa e importante misión, porque su Jesús también murió por Nigrizia… Jesús María, y José palpitarán en el corazón de los buenos católicos» (Al Can. Cristoforo Milone, 1878, S 5437).

Al dar valor al rector P. José Sembianti, Comboni trató de inculcarle aquella confianza en San José que sentía viva en su propio corazón:

«Mi querido Padre, tened valor y seguid adelante, y no os amilanéis, y sostenidos por el Corazón de Jesús (a quien dedico la Iglesia que ahora quiero construir aquí en El Cairo entre los Institutos masculino y femenino, y de la que el próximo día de Navidad pondré la primera piedra, y ya está todo excavado), por Nuestro Sagrado Corazón, por nuestro querido Beppo el ecónomo …. triunfaremos en todo. No temo a todo el universo. Se trata de los intereses de Jesús y de la Iglesia, y nosotros

En cuanto a los medios financieros en Verona, no piense en ello, Beppo estará allí para ayudarle en su necesidad» (Al P. Sembianti, 17/12/1880, S 6172.6182)

En los últimos días de su vida, Comboni vuelve a dar al rector P. Sembianti una confianza evangélica, fundada en un profundo amor a Jesús:

«¡Confianza en Dios! que es tan rara incluso en las almas piadosas, porque se conoce y se ama tan poco a Dios y a Jesucristo. Si la gente conociera y amara de verdad a G. C., movería montañas… Os digo esto para advertiros que tengáis una confianza firme y decidida en Dios, en la Virgen y en San José… Modicae fidei, ¿quare dubitasti? Que lo haga todo, y que rece a San José ad hoc» (Al P. Sembianti 13.9.1881, S 7062-7063.7067).

  1. Los «tres queridos objetos de nuestro amor».

Para Comboni la Sagrada Familia constituye «una santísima Tríada», formada por Jesús, María y José, a los que venera como «tres queridos objetos de nuestro amor» y a los que confía sus Institutos de El Cairo (S 5891; 5866).

La relación de Comboni con la Sagrada Familia, iniciada durante los años de formación en el Instituto Mazza, se profundizó con la peregrinación a Tierra Santa y luego a Egipto, donde la Sagrada Familia, guiada por José, huyó de la persecución de Herodes y permaneció durante siete años.

En la peregrinación a Tierra Santa, Comboni, que la «visitó», fue claramente «visitado» por los misterios de la vida de Cristo que se cumplieron en esos lugares.

Comboni se reencontró con la Sagrada Familia y el papel providencial de San José en El Cairo, con motivo de las primeras fundaciones (1867). Se trata de los Institutos de El Cairo, llamados: Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, rama del Instituto de Verona (S 2895) y el Instituto del Sagrado Corazón de María: «He alquilado… el Convento de los Maronitas en El Cairo Vecchio que tiene una antigua casa anexa, a cien pasos de la gruta de la Santísima Virgen María. V. M., donde es tradición que se alojó la Sagrada Familia durante su exilio en Egipto. En las dos casas que dividen una iglesia bastante cómoda he abierto y puesto en marcha dos pequeños Institutos, que andan muy bien por la gracia de Dios». (S 1578).

El Instituto del Sagrado Corazón de María para la regeneración de África se confía a las Hermanas de San José de la Aparición: «¿No debemos admirar en todo esto a la adorable Providencia, que eligió precisamente a las Hijas de San José como primeras directoras de nuestro primer Instituto para la conversión de África? Una serie de circunstancias providenciales dieron origen a esta obra en la famosa tierra de los faraones, a pocos pasos de la Santa Cueva, donde aquel gran Patriarca vivió con la Sagrada Familia, y su presencia durante siete años hizo caer los ídolos de Egipto y fundó en su lugar la fe en Jesucristo y un seminario de vida religiosa, que produjo muchos héroes para el Cielo, y extendiéndose por todas partes, embelleció la Iglesia católica con muchos modelos de virtud. Por sus maravillosas obras y sus gloriosas realizaciones en todo el universo, ha coronado a la Iglesia con triunfos en todas las épocas y la coronará hasta el fin del mundo» (S 1804).

Escribir en la tarjeta. En 1874, el P. Franchi pudo afirmar que los «buenos efectos» que se registraron en este Instituto debían atribuirse en primer lugar a la «protección providencial de San José», pero también al «amor y la confianza que alimentaban hacia este querido Santo su padre» (S 3672).

En estos Institutos Comboni se comprometió a respirar el aire sano de la Sagrada Familia, donde se vive de manera sublime el misterio de la comunión con Dios. De hecho, realiza el servicio de animador que, entre elementos «todos dispares», está llamado a crear «una perfecta armonía, y a reducirlos a la unidad de propósito y de bandera» (S 2508).

Estamos en presencia del Cenáculo de los Apóstoles esbozado sobre las huellas de la Sagrada Familia, que se traduce poco a poco en una vida de comunión, bajo el estandarte de la primera comunidad cristiana.

Los “tres objectos queridos” del amor de Comboni tienen necesidad de un burro…

Nos hace pensar y recordar que entre los «tres objetos queridos» del amor de Comboni hay una presencia muy discreta y humilde pero preciosa y necesaria, que es el burro.

En la Biblia, el asno es un animal de carga, un símbolo de trabajo, de disponibilidad y se utiliza en tiempos de paz. Aparece por primera vez cuando, cargado de leña para el sacrificio, acompaña a Abraham en su camino hacia el monte Moria para sacrificar a Isaac (Gn 22:3,5).

Un pasaje del libro de los Números muestra al asno capaz de «ver» los signos de Dios y oponerse al hombre obtuso que no entiende la palabra de Dios (cf. Números 22:23-35). El burro se convierte en una figura sapiencial porque reconoce la voluntad de Dios incluso antes que el hombre que se considera vidente.

La figura del asno se presenta como una modesta montura del Mesías en señal de humildad. El profeta Zacarías anuncia que el Mesías victorioso montará en un asno (9, 9). Los Evangelios presentan la entrada de Jesús en Jerusalén sobre un burro. Él mismo pide a los discípulos que le proporcionen un burro y es interesante observar que el burro es el único personaje que Jesús dice necesitar (cf. Mt 21,2-7; Lc 19,29-38). A los ojos de los discípulos y de la multitud, Jesús se presenta como el Mesías no violento, el portador de la paz, el que cumple la profecía de Zacarías.

Comboni no menciona la presencia del asno entre los «tres objetos queridos » de su amor, que nos propone también a nosotros, pero la realidad simbolizada por este animal se puede vislumbrar en su manera de concebir, vivir y planificar la vida misionera, como se puede ver en el capítulo X de las Reglas de 1871. Aquí, en efecto, se propone a sí mismo y al misionero «considerarse como un individuo inobservado en una serie de trabajadores, que han de esperar los resultados no tanto de su trabajo personal como de un concurso y de una continuación del trabajo misteriosamente manejado y utilizado por la Providencia» (cf. S 2700ss).

Asumir el significado simbólico del asno que nos ofrece la Biblia, en particular la historia de los «tres queridos objetos de amor» de Comboni y la nuestra, nos estimula también a ampliar los horizontes de nuestra vida espiritual, acogiendo toda la vida, conscientes de estar en relación con todos y con todo. «Ir más allá, trascenderse, no es forzar, acelerando sin límites nuestro poder siempre en la dirección de expandirnos o afirmarnos, sino que es recoger en uno mismo el universo cósmico, tener conciencia de relación con el todo, que es la grandeza y la belleza de nuestra vocación de humanos, suspendidos entre la tierra y el cielo» (Jonny Dotti y Mario Aldegani, Giuseppe siamo noi, S. Paolo 2017, p. 119s).

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