Lo que salvará al mundo son los que aman

Reflexión Dominical

IV Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según San Lc 4, 21-30

Domingo 3 de febrero, 2019

La única realidad que dura para siempre, alma del mundo, alma de la eternidad, es el amor.

La palabra de los profetas es incómoda: muestra las trampas en que hemos caído siguiendo las ilusiones de nuestra mente y de nuestro corazón; pone en discusión las pacificas convicciones y los lugares comunes, con los cuales nos ahorramos la fatiga de pensar la vida y el mundo; nos llama al permanente deber de la conversión de nuestros sentimientos en los sentimientos y voluntad del Señor Jesús, al amor sinceramente generoso hacia cualquier hermano.

Por eso la palabra de los profetas nunca ha sido la bienvenida. Y sin embargo, ¡qué gran necesidad tenemos hoy de palabras verdaderas y auténticas! palabras que toquen y transformen el corazón, palabras de profetas verdaderos que se contrapongan a las palabras falsas y tranquilizantes que los mass-media difunde sin parar, intentando de apagar nuestra inteligencia y hacernos esclavos de pensamientos y de sueños que otros han preparado para nosotros.

La liturgia de hoy nos invita justamente a pensar al destino de los profetas, siempre necesarios y siempre tenidos a distancia o asesinados. Cuantas veces en la historia, la Iglesia ha apagado y desperdiciado el don que Dios le regalaba, de la profecía, encerrándose en la institución. “La Iglesia que prefiere los milagros y las visiones a la Palabra de Dios, que no da espacio a la palabra, a veces incomoda, de los profetas, se vuelve pronto o tarde, vacía de Jesús, como aquella sinagoga de Nazaret” (A. Casati).

“En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimos. Su vida entera se convierte en presencia alternativa que critica las injusticias y llama a la conversión y al cambio… el profeta invita a pensar el futuro desde la libertad y el amor de Dios” (Pagola). Por supuesto, en el evangelio de hoy, estamos todavía en la sinagoga de Nazaret, donde Jesús había dicho que él era el Mesías anunciado por el profeta Isaías, lleno de Espíritu Santo y enviado a anunciar la buena noticia a los pobres y a sanar todo sufrimiento humano. “Todos se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca” (v.22). Y pocos versículos después, las misma personas “se pusieron furiosos y lo empujaron fuera del pueblo, hasta un barranco… con intención de despeñarlo” (vv.28-29).

Los habitantes de Nazaret pasan rápido de la maravilla a la indignación, de la fiesta por un hijo del pueblo que regresa con tanta fama a un furor homicida. ¿Por qué esa furia contra Jesús? Es difícil decirlo. Quizás es la defensa contra el mensaje provocador del joven rabí. Lo que Jesús arruina es una cierta idea de Dios, la convicción de una relación exclusiva con él: “Dios es cosa nuestra”. No buscan a Dios, sino a un taumaturgo a su disposición, quieren que los proyectos de Dios o de la Iglesia se adecuen a los suyos. Decía el gran teólogo H. von Balthasar que “al final del siglo segundo cae sobre el espíritu profético de la Iglesia una escarcha que no ha vuelto a quitarse del todo”.

Pero Jesús sabe que con el pan y los milagros no se libera a las personas, más bien uno se apodera de ellas, y Dios no quiere adueñarse de nadie. Porque no lograríamos amar a alguien que se adueña de nosotros. Dios quiere fe, que significa confiar no en un prodigio, sino en un Dios padre también de la viuda de Sarepta y del leproso de Siria. Naamán y la viuda, paganos, han confiado no en sus opiniones o en su lógica, sino en una profecía: por eso fueron salvados.

Nos defendemos del Evangelio y de sus testigos para no ser molestados en nuestra tranquilidad, igual que los habitantes de  Nazaret. “Hoy… preocupados por restaurar lo religioso frente a la secularización moderna, los cristianos corremos el peligro de caminar hacia el futuro privados de espíritu profético. Si es así, nos puede suceder lo que a los vecinos de Nazaret: Jesús se abrirá paso entre nosotros y se alejará’ para proseguir su camino… Otros, venidos de fuera, reconocerán su fuerza profética y acogerán su acción salvadora” (Pagola 2019).

“¿No es éste el hijo de José?”. Que un profeta sea un hombre extraordinario, dotado de carismas excepcionales, eso estaríamos quizás listos a aceptarlo. Pero que la profecía se haga pobre, habite en el hijo del carpintero, en alguien que ni siquiera es sacerdote, ni escriba instruido, y tan parecido a cada uno de nosotros, eso nos parece imposible. Eso pensaban los de Nazaret. Eso pensamos a veces en la Iglesia. Nos preocupa mucho la escasez de sacerdotes y pedimos vocaciones para el servicio presbiteral, y está bien. Pidamos al Señor también que suscite profetas, como Jesús, porque una Iglesia sin profetas corre el riesgo de quedar controlada por el orden, la tradición o el miedo a la novedad de Dios.

Pero también la profecía es imperfecta. Lo que salvará el mundo, decía san Pablo en la II lectura, no son los profetas, sino los que aman; no los que tienen una fe como para mover montañas, sino los que saben amar, moviendo su corazón hacia los demás. La única realidad que dura para siempre, alma del mundo, alma de la eternidad, es el amor.

“La caridad” (1Cor 13,13), carisma posible a todos. El amor, corazón del Evangelio y corazón de la salvación. Pidamos al Señor que sea también el corazón de nuestra vida. Pidamos al Señor también que, frente a tanta parte de la humanidad que rechaza la salvación de Jesús, nunca falte en la Iglesia el valor del anuncio misionero del Evangelio; y que los anunciadores del Evangelio, cada bautizado, no tengan miedo de las dificultades, pues, dice Dios a nosotros como al profeta Jeremías, “estoy contigo para librarte” (Jr. 1,19).

“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios…y como Jesús sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno… Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia… para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” (Francisco, M. V. 12). Dios es “la fuente que tiene sed de ser bebida” (San Ireneo).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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