Siervo de Dios Mons. Antonio Maria Roveggio

Nació en Cologna Veneta, en Italia, el 23 de noviembre de 1858, hijo de Giacomo y Dorotea Roveggio. Entró al seminario diocesano de Vicenza, donde hizo los estudios necesarios. Fue ordenado sacerdote el 29 de marzo de 1884. Unos meses después entró en el Instituto comboniano. Hace sus votos en Verona el 28 de octubre de 1887 y parte inmediatamente para África. Fue consagrado obispo el 21 de abril de 1895 para ser Vicario Apostólico de África Central como segundo sucesor de San Daniel Comboni..

Por P. Arnaldo Baritussio, Misionero Comboniano

Roveggio expiró a las 19.30 del 02 de mayo de 1902, murió de un ataque de malaria. El ingeniero Bakos Lebnan le ayudó materialmente, mientras que Ernst Marno, su sirviente, y Sami, el conductor del Redemptor, lo siguieron en otro carruaje. Roveggio agotado le había confiado al médico el relato de sus viajes y proyectos para nuevas misiones en el Sur: una herida de misión ideal que llevaba en su corazón, sufrida en extrema soledad y agonía. De hecho, a Berber llegó ya muerto y le sepultaron bajo una palmera en el desierto. Roveggio era un misionero habituado a afrontar su soledad con luces que venían de Dios y que constantemente le abrían nuevos horizontes en su vida. Una incursión fulgurante de la grandeza del sueño y el precio a pagar es que unía idealmente el oscuro final al inicio de su vocación misionera, podía ser revisada en su decisión de elección del 09 de mayo de 1884 hacia una Instituto en dificultades. Él escribió a sus familiares: “ciertamente que esta carta será muy dolorosa para vosotros como para mí que me tiembla el corazón al escribirla”.
Sin embargo el horizonte más amplio había ocupado su espíritu y el 01 de febrero de 1884 podría escribir: “¡Ah! Padres y hermanos queridísimos, si me amáis con aquel amor verdadero con el cual el Señor quiere que nos amemos, no deberíais oponeros a mi marcha, al contrario debería consolaros”. ¡El salir, entonces, como una ampliación de horizontes vuelve! El más joven profeso guía un escuadrón de Hijos del Sagrado Corazón en la aventura misionera al Cairo. En el Cairo y más en concreto en Gesira, en la colonia anti esclavitud “León XIII”, fundada por Mons. Sogaro en agosto de 1888, Roveggio le da otra orientación al transformar el ambiente en vista a la continuidad de la misión: después de haberse aconsejado con Sogaro abrió un pequeño Seminario (bajo la dirección del Padre Franz Sinner) para que algunos de los niños pudieran, si querían, dedicar su vida a difundir la palabra de Dios entre sus compatriotas.
En el momento de gran crisis, se mantiene fiel a los valores de la consagración religiosa para el bien de la misión y, al mismo tiempo, se convierte en un defensor de la apertura de espíritu hacia los Misioneros de Comboni. Como Vicario el horizonte es el Centro de África, donde se dirigen todos sus esfuerzos y planes para reentrar. En la inmovilidad de Asuán piensa en el Redemptor. Al regresar a Jartum la quilla de la embarcación idealmente está siempre mirando al sur. Una esperanza invencible, una acción humilde y tenaz, iluminada. Mons. Roveggio sentía y creía que recorría un surco antiguo y en ese sentido advertía que su trabajo se movía en continuidad con lo que había sido iniciado previamente y era por tanto eminentemente eclesial. El tema de la actividad misionera, la Missio Dei (1900), y la continuidad de la obra (1899) combinan idealmente con la brillante idea de la nave (noviembre de 1898, tras la victoria en Kereri el 02 de septiembre de 1898).

“Me abandono en cuerpo y alma a la divina y amorosa Providencia de mi Señor por todo lo que pueda pasar al entrar entre las tribus paganas de mi Misión seguro que Dios estará siempre conmigo”. “El Santo Mons. Comboni, deseoso también de llevar la luz de la fe lo más lejos posible había explorado las regiones a lo largo del Nilo blanco, del Nilo Azul y el gran afluente Sobat… a los pueblos más remotos de su amada Nigrizia. Pero la muerte improvisa truncó por medio el grandioso plan”.
Su símbolo

El símbolo más conmovedor que Roveggio nos da es el símbolo de una proa que corta las aguas o el ancla, con la inscripción Redemptor, y una comunidad, es decir, la esperanza que nunca cede y una fraternidad de hombres que viven y celebran unidos, que viajan, estudian y avanzan… El ancla de Roveggio es diferente de un ancla material que sugiere detención, esa está movida por la implantatio caritatis, que vive de la dinámica de la parada y del continuar, constantemente. Ante la deriva del inmovilismo y del subjetivismo, la misión se hace con continuas aperturas en unidad, porque se trata del coraje de pensar y la audacia y el ingenio del actuar. La misión, aún hoy, tiene necesidad del espíritu de Roveggio. Aquella proa que sigue cortando las aguas y aquella comunidad a la sombra del áncora siguen siendo un desafío constante y una gracia contra las resistencias al cambio y a los esfuerzos de planificación de una comunidad verdaderamente supranacional y multicultural que sabe escuchar, comprender, compartir, perdonar, emprender y continuar a osar. ¡Cor unum et anima una! ¿Y mi proa… en qué dirección va? ¿La proa del Instituto y de nuestras comunidades a dónde se dirigen? ¿Hay todavía algo a la sombra de mi áncora y de nuestra áncora? ¿De mí, de nuestra comunidad…?

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