La Misión en la Biblia

V Lección de Aula Misionera

En nuestras consideraciones anteriores hemos hablado de la misión de la Iglesia: anunciar a Cristo a todos para que todos se salven en El. La misión de la Iglesia es una sola, la de proclamar a todos los pueblos la buena nueva de Jesús. Sin embargo, la misión toma diferentes tonalidades, de acuerdo a los destinatarios inmediatos. La conocemos como:

Actividad pastoral, cuando se dirige a gente que ha aceptado a Cristo y pertenece a una Iglesia visiblemen­te constituida en el lugar.

Nueva evangelización, cuando se dirige a gente que se ha debilitado en su vivencia cristiana y pertenencia a la Iglesia.

Misión ad Gentes, cuando se dirige a pueblos, a los que no ha llegado aún el anuncio del evangelio y no hay presencia de la Iglesia local.

En nuestro caso, cuando hablamos de misión, nos re­ferimos a la misión ad Gentes, es decir, la actividad evangelizadora que realizan los misioneros y misioneras entre pueblos no cristianos.

Hemos precisado también que la misión es tarea pri­mordial de la Iglesia y que la Iglesia universal existe y se hace visible y operante en la Iglesia Particular o Local. La Iglesia particular la constituye la comunión de los fieles presidida por el pastor, el obispo. La Iglesia particular es la diócesis y sobre ella recae la responsabilidad de la evangelización, tanto dentro como fuera de sus fronteras. El obispo, y por ende el sacerdote colaborador del obispo, es ordenado para el mundo.

También hemos puntualizado que los laicos y laicas no son simples colaboradores de los sacerdotes, sino agentes de la misión. Lo son en fuerza del bautismo que los injerta en Cristo y los hace participes de sus tres funciones:

Profética: anunciar la Palabra, llevar la buena nueva a todos los pueblos.

Sacerdotal: santificar a través del culto y de los sacra­mentos, eucaristía.

Real: ordenar según Dios y gobernar al pueblo santo de Dios.

A ellos, como también a los obispos, sacerdotes y religio­sos, les corresponde llevar adelante la evangelización, según los carismas que Dios les dé.

1. La revelación bíblica

Ahora nos proponemos iniciar un estudio sistemático de la misión, con base en lo que nos revela la Palabra de Dios, la Biblia. La misión es la realización del plan salvífico de Dios. Los humanos nos hemos apartado de Dios por el pecado, que, en nombre de la humanidad, han cometido nuestros primeros padres: Adán y Eva.

La Biblia contiene la Palabra de Dios. Es fuente y alimento para nuestra vida.

Dios no ha abandonado a la humanidad. Al expulsarlos del Edén, Dios prometió enviar a un Salvador, descendiente de la mujer, que aplastaría la cabeza de la serpiente infernal.

La vida del ser humano, a causa de la desobediencia a Dios, sería una continua lucha en la tierra, que se resolvería en una victoria, a obra de Jesús, que, en la plenitud de los tiempos, nacería de María. Leemos en el libro del Génesis: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descen­dencia y la saya y ella te aplastará la cabeza” (Gn 3,15)

Desde el momento en que la humanidad salió del Edén, Dios ha puesto en marcha su plan de salvación, es decir, ha salido al encuentro del ser humano y ha dado pa­sos concretos, para que éste regrese al lugar que le corres­ponde: vivir con Dios y gozar de su amistad.

Dios, luego, elige a Abraham y establece alianza con él y sus descendientes y mantiene viva la esperanza del Salvador. El pueblo elegido dará al mundo al Mesías, gloria de Israel y luz de las naciones. El pueblo de Israel es la nación santa, que Dios envía, como punto de referencia para toda la humanidad, en lo que se refiere a la promesa de Dios y a su plan de salvación.

2. Monoteísmo y Arco Iris de Esperanza

Israel, en su historia, personajes e instituciones, es un mensaje de Dios para toda la humanidad; es un pueblo mi­sionero, enviado por Dios con una buena nueva. La pri­mera expresión de su misión es el estricto monoteísmo, que empapa toda su literatura. Escribe justamente Etienne Gilson: “El germen fecundo del universalismo judío es su mono­teísmo… No debe haber más que una sola sociedad, porque no hay más que un solo Dios” (La filosofía de la Edad Media).

Este espíritu universalista aparece ya en las primeras páginas del Génesis, cuyos textos se refieren a toda la hu­manidad, objeto de la misericordia divina, sea después del primer pecado, sea después del diluvio: “Esta es la señal de la alianza, que para las genera­ciones perpetuas pongo entre Yo y ustedes y toda alma vi­viente, que los acompaña… se verá el -arco iris en las nubes, y me acordaré de la alianza” (Gn 9,12,15s).

3. Unidad del género humano

Hoy en día hay pensadores, que se preguntan, con mucha seriedad, sobre la posible existencia de otros mundos habitados, que, con base en el cálculo de las probabilidades, dan como cierta.

Todos hemos nacido del amor de Dios.

A su vez los científicos y técnicos del espacio inten­tan inventar medios y recursos, para captar unas posibles señales de comunicación desde otras galaxias, con capaci­dad de responder de nuestra parte.

Pero la Biblia, desde el Génesis hasta el último libro sa­piencial, escrito en griego pocos años antes de Cristo, no cesa de afirmar la unidad del género humano, salido del amor om­nipotente del mismo y único creador. Aunque se constate que ha habido una misteriosa diferenciación de razas, lenguas, culturas y religiones, siempre se afirma la unidad de origen, de gobierno providente y de misericordiosa intervención de parte del únicoDios, hacia el único género humano.

Esta enseñanza fundamenta, a su manera, la universalidad del monoteísmo bíblico e impone, a cuantos creen en esa revelación divina, una inevitable y profunda preocupación mi­sionera, hacia toda la humanidad. La tan suspirada unidad de los humanos en una paz mundial duradera, no se logrará sin una sincera y profunda unidad religiosa, por la fe en el único Dios verdadero.

4. La bendición universal de Noé

Los primeros once capítulos del Génesis son la sín­tesis religiosa de la humanidad; atañe a todos los pueblos. Con respecto a la bendición de Noé, el Catecismo de la Igle­sia católica enfatiza: “La alianza con Noé permanece vigente mientras dura el tiempo de las naciones (Cf Lc 21,24), hasta la proclama­ción del evangelio” (Catecismo de la Iglesia Católica, 58)

No cabe duda de que esta predicación del Evangelio a todas las naciones no se ha cumplido todavía, y la bendi­ción de Noé sigue vigente y operante, como signo supre­mo y universal del amor de Dios, hacia todos los pueblos del mundo, todavía no evangelizados.

5. La bendición de Abraham

Con Abraham el horizonte bíblico se restringe a los descendientes y herederos de su fe, de sus promesas y de sus bendiciones. Sin embargo, la visión universalista no desaparece, sino que se confirma en manera explícita. Vale la pena recordar una célebre bendición patriarcal: “Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti serán bendecidos todos los linajes de la tierra”. (Gn 12,3).

En nuestro Padre de la Fe, Abraham, comprendemos la dimensión salvífica de Dios para toda la humanidad.

Esta bendición se repite puntualmente en ocasiones solem­nes y se extiende a Isaac y a Jacob. La interpretación univer­salista de este célebre texto se encuentra afirmada en la Sirácide, Eclesiástico, (44, 21), en la primera traducción griega de la Biblia, llamada de los LXX (setenta) y en el Nuevo Tes­tamento.

Para captar cuánto estaba viva la dimensión universalista de esta bendición, en la conciencia de los primeros discípulos de Jesús, baste ver el énfasis que sobre ella hace San Pedro en Hechos 3,25: “Ustedes son los hijos de los profetas y los herede­ros de la alianza, que Dios pactó con nuestros padres’ al decir a Abraham: en tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”.

6. Santos Paganos

En un momento específico de la historia, San Daniel Comboni abogó por aquellos desprotegidos y marginados de la sociedad. Vemos como la misión de llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo se hace posible.

Expresión fehaciente del universalismo bíblico son los “santos paganos” que la Biblia presenta a lo largo de su de­sarrollo histórico. Son personajes singulares, amados por el Dios verdadero y presentados como ejecutores de sus planes providenciales. Entre ellos podemos recordar al justo Abel, Noé, Melquisedec, Balaam, Jetró, Ruth, Job, Ciro, etc.

De esta manera la Escritura expresa qué altura de santi­dad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé, en la espera de que Cristo “reúna a todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52).

Estos personajes paganos, dóciles instrumentos de los pla­nes divinos y objeto de admiración por parte de Israel, en su meditación de los libros sagrados y de la historia de la sal­vación, ayudaban, al menos debían haber ayudado, a los israelitas a recordar que Dios ama a todos, sin discriminación de personas, y que el culto al verdadero Dios y el alcance de una alta sanidad de vida, con la ayuda de Dios, era y es posible para todos, inclusive fuera de Israel.

 

Cuestionario para profundizar

1. ¿Qué prometió Dios al expulsar a Adán y Eva del Edén?

2. El hecho de que hay un solo Dios, ¿qué implica para la humanidad?

3. ¿De qué es signo el arco iris, que aparece en el firmamento?

4. ¿Cuál promesa ha hecho Dios a Abraham?

5. ¿La santidad es posible también para los paga­nos? Indica alguno.

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