Jesús es un rey que muere por todos

Reflexión Dominical

XXXIV Domingo Tiempo Ordinario

Jesucristo Rey del Universo

Ciclo B, Evangelio según San Juan 18, 33-37

Domingo 25 de noviembre, 2018

Un mundo nuevo, sin injusticias, sin violencias, sin sufrimientos: ¿Quién no lo sueña? Dios solo podría realizarlo. Pero ¿Dónde está Dios en nuestro mundo? ¿Dónde está su reino en la historia? ¿Dónde están las huellas de su presencia? Son preguntas serias para todos, creyentes y no creyentes.

La misión de Jesús había empezado con un mensaje maravilloso, concentrado en un anuncio solemne, como un grito de gozo: ¡Ha llegado la hora del Reino de Dios! Esta es la buena noticia, bella y gozosa, que el profeta de Nazaret se siente enviado a comunicar a todos, particularmente a los pobres y a los enfermos, a los pecadores y a los excluidos. Esta es la causa por la cual vive, la firme esperanza por la cual gasta sin cesar y sin economía todas sus energías: Dios viene a reinar en la historia en modo nuevo y definitivo. Él viene abrir un camino seguro hacia la plenitud de la vida y de la paz.

Jesús es el Mesías prometido y esperado. Mientras lo anuncia, Él inaugura efectivamente el Reino de Dios, y pone en marcha la liberación integral de la humanidad, con los signos sorprendentes de la salvación, anunciada por los profetas: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y una Buena Nueva llega a los pobres” (Mt 11,5).

Ese Reino de Dios se encarna en la vicisitud humilde de Jesús de Nazaret: Él es el Salvador prometido, el liberador definitivo que pero no se impone como un triunfador. No vino para ser servido y honrado, más bien para servir y dar su propia vida por la salvación de todos. Es compasivo con los pecadores, pero no con el pecado; es manso y frágil como un cordero llevado al matadero; lleva sobre de sí las culpas de la humanidad e intercede por sus adversarios.

Sabemos cómo acabó su historia: ¡sobre la cruz! ¿Pero podía acabar de manera diferente? El proyecto del Reino perseguido por Jesús aparecía fumoso a las muchedumbres, pues no respondía a sus esperas de rescate nacional y de bienestar material. Los fariseos, saduceos y notables se sentían siempre más irritados contra ese Nazareno que subvertía la Ley y no respectaba el sábado y echaba a los demonios con la fuerza misma del demonio para extraviar al pueblo. Además Jesús criticaba inexorablemente el sistema del templo y del beneficio comercial vinculado con eso. ¿Cómo podía Jesús esperar algo diferente de aquella feroz persecución que, desde el principio, tuvo que enfrentar?

Comprendemos entonces el aturdimiento de Pilato. A ser realista – habrá pensado el gobernador romano – ese sujeto es inocuo por el imperio de Tiberio, pero podría ser políticamente funesto por mi carrera: ¿Cómo puede arrogarse un poder real ese enésimo pretendiente Mesías, sin dinero y sin soldados, sin palacio real y sin corte, sin trono y sin cetro, traicionado por los suyos, odiado por los jefes y abandonado por todos? Mejor eliminarlo y que no se hable más de él. La motivación oficial de la condenación capital: “Rey de los Judíos” (Mc 15,26), es decir un rebelde político.

Jesús frente a Pilato, un preso y el gobernador, los dos extremos en la escalera del poder; aquel que tiene en sus manos el balancín de la justicia y la espada, y aquel que no es que un poco de polvo en el balancín se confrontan. Jesús dice: “Yo soy rey, pero mi reino no es de este mundo”. Como decir: “Mi reino cambiará a este mundo. Otra es la verdad de la historia. Yo soy testigo de eso”, mártir de la verdad. Y la verdad no es una idea, una noción, sino su persona, con su breve perímetro de carne y sangre derramada sobre la cruz.

Jesús es un rey que no envía a nadie a morir por Él, más bien Él muere por todos. Su primer trono fue un pesebre, el ultimo la cruz. De ella no ha querido bajar aunque lo hubiera podido. Ha sido tentado por el poder y por todas mis tentaciones, y ha dicho “no”, el único a decir no. Ha siempre servido y nunca mandado. Ha promulgado una sola ley: ¡Amaos! Es un rey que nunca ha engañado a nadie; su hablar era “sí, sí; no, no”. Es el único rey que ha dicho la verdad, siempre. Ha nacido para testimoniar de un Dios que ama. Cristo es Rey por su martirio. ¡Qué alegría dejarnos tomar por el gozo de pertenecerle!

“Todos los que son de la verdad, escuchan mi voz”.  En el encuentro con el Rostro en qué toma forma la Voz, inicia mi fe. Pues veo allí el martirio de un Dios que ama. A Él me entrego, pues Él se ha entregado primero a mí. Confío en un Dios que me hace confianza. Creo en Él, no porque es creíble, sino porque Él cree en mí. Este será el Rey a quien yo serviré, porque ese Rey es el solo que se ha hecho mi servidor

El alma del Reino de Cristo es el amor: por eso el dominio de Cristo no nos inhibe ni nos reprime; nos libera, nos promueve. Cristo es un Rey que no nos reduce al rango de súbditos, sino nos eleva a su misma dignidad: nos hace reinar con Él como sacerdotes al servicio de Dios Padre (II Lect.). Somos un pueblo de reyes: reyes que no se hacen esclavos de nadie, sino servidores de Dios y de todos. Porque servir por amor es reinar.

En su historia la Iglesia, después del decreto del emperador Constantino en el 313 y Teodosio en el 380 que declaraba el cristianismo como religión del Estado, ha olvidado tantas veces que su reino no es de ese mundo. Pero preguntémonos: ¿hoy, los que tienen autoridad en la Iglesia, en las parroquias, en los grupos, en las diferentes comunidades, cómo la ejercen? ¿Cómo “reyes” o en la lógica del amor, del don, del servicio? ¿Nuestras comunidades viven ese espíritu del Reino de Dios, compartiendo el gozo y la fatiga del sueño de Dios, o guardan más bien una lógica de poder? Si la naturaleza de la Iglesia es el amor y la caridad, entonces “el poder” es un verdadero pecado contra su naturaleza. Dejémonos mirar por el rostro de Jesús en la cruz y sentiremos crecer en nosotros el amor por él y por todos nuestros hermanos.

El santo Papa Pablo VI, cuando todavía era obispo de Milán, concluía una de sus homilías en 1955 así: “Tu nos eres necesario Jesús, hermano primogénito del género humano, para encontrar las razones de la fraternidad entre los hombres, los fundamentos de la justicia, los tesoros de la caridad, el sumo bien de la paz. Tu nos eres necesario, oh Cristo, oh Señor, oh Dios con nosotros, para aprender el amor verdadero y caminar en el gozo y la fuerza de la caridad a lo largo del camino de nuestra vida fatigosa, hasta al encuentro final contigo amado, contigo esperado, contigo bendito por los siglos de los siglos”.

Amen.

Padre Franco Noventa, mccj

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