¡Ha llegado la hora!

1. Estamos del todo de acuerdo con lo que afirmaba el padre Segundo Galilea: “lo que, en primer lugar, el documento de Puebla agrega y completa a Medellín, es la dimensión misionera de la Iglesia Latinoamericana” […] La misión quedará como uno de los aportes adquiridos”.

Papa Francisco: “nuestra Iglesia es una Iglesia en salida. Urge salir hacia las periferias existenciales”.

La opción de Puebla, la que descuella entre todas las demás opciones y que las ilumina a todas (la opción por los pobres, la opción por los jóvenes…) es la opción por la evangelización. El mismo título de su gran tema central lo evidencia: “La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.

Es verdad, Evangelización y Misión aparecen como sinónimos. Bien decimos que la Misión de la Iglesia y, entonces de todos los cristianos, es la Evangelización. Sin embargo, si al término Evangelización le añadimos el adjetivo misionera queremos acentuar en ella unas propiedades bien importantes. Con ese adjetivo, queremos decir que la Evangelización debe privilegiar los sectores más necesitados, los más periféricos, los “espacios humanos” en que Cristo y su Evangelio aún no han sido anunciados. Para expresarlo, el Papa Francisco ha introducido una expresión muy apropiada: “nuestra Iglesia es una Iglesia en salida. Urge salir hacia las periferias existenciales”. La Evangelización misionera busca a la oveja perdida dejando a las noventa y nueve en el aprisco (cfr Lc 15, 10); sale al encuentro de los enfermos y pecadores y no de los que son “sanos y justos” (cfr Mt 9, 12-13); debe ir más allá de las fronteras de la Iglesia. Con otra expresión del Papa Francisco, la Iglesia debe superar y abandonar la grave tentación de la cómoda “autorreferencialidad”.

Para poderlo lograr, hay que dar un primer paso, es decir, hay que discernir en la realidad cuáles son de hecho las situaciones misionera más necesitadas y alejadas, para concederles una atención especial, para “optar preferencialmente” por ellas. Y Puebla fue discerniendo muchas de esas situaciones, que en ese momento, hace ya cuarenta años, pedían una urgente y valiente labor evangelizadora: los indígenas, los afroamericanos, los migrantes, las periferias urbanas, los pobres, los cristianos expuestos al proselitismo agresivo de las sectas, los jóvenes, los obreros, los universitarios, el mundo de la comunicación, los militares, los políticos… (cfr 365-367).

2. Cuando se inauguró la asamblea de Puebla, comienzos de 1979, hacía ni siquiera cuatro años (1975) que el grande y santo Pablo VI nos había regalado un don de extraordinario valor, su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, con ocasión del décimo aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II y más concretamente de la publicación del Decreto conciliar sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, el Ad Gentes. El Documento de Puebla puede ser leído como una amplia exégesis y desglose desde América Latina de aquella exhortación apostólica. En aquella Conferencia General de nuestros Pastores, resonaban las palabras de san Pablo VI: “recobremos el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo -como Juan Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia- con un ímpetu interior que nada ni nadie sea capaz de extinguir” (80).

Ha sido lógico, casi “natural”, que en esa atmósfera fuertemente marcada por la afirmación del mismo Pablo VI, “la Iglesia existe para evangelizar”, nuestros Pastores nos ofrecieran el inspirado e inspirador n. 368 en que se “sueña” con una América Latina evangelizada y evangelizadora y que “se decide” a proyectarse más allá de las propias fronteras:

“Finalmente, ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias particulares y de proyectarse más allá de sus propias fronteras, “ad gentes”. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza. Por otra parte, nuestras Iglesias pueden ofrecer algo original e importante: su sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe”.

No cabe duda, el texto posee una fuerte inspiración profética. Ese adverbio, “finalmente”, si por una parte expresa la satisfacción de que ha llegado la hora misionera “ad gentes” para nuestro subcontinente, por la otra, evidencia a la vez, que esa hora… ha llegado demasiado tarde. En efecto, la iglesia, en América Latina cuenta ya con más de 500 años y la dimensión misionera por la cual una Iglesia particular se debe proyectar más allá de sí misma, le es esencial desde su constituirse. Lo constatamos en la lectura de aquella primera historia de las misiones que son los Hechos de los Apóstoles. Baste pensar en el envío de Bernabé y Saulo de parte de la muy joven Iglesia de Antioquía de Siria (cfr Hch 13, 1-3). El Soplo del primer Pentecostés animaba a aquellas jóvenes Iglesias que iban surgiendo en la amplia área del mar Mediterráneo. A aquellos primeros cristianos bien se les puede aplicar la conclusión del Evangelio de Marcos: “ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que les acompañaban” (16, 20).

Aunque nos duela, debemos admitirlo, nuestra Iglesia de América Latina ha llegar tarde a tomar conciencia del deber misionero “ad gentes”. Los documentos de Santo Domingo (1992) y los de Aparecida (2007) reconocen un cierto despertar del espíritu misionero, pero el camino a recorrer es aún largo y parece que seguimos con demasiado retraso. El nuestro es aún hoy el Subcontinente en que se da la mayor desproporción entre el número de católicos y el de misioneros y misioneras ad gentes.

3. En cualquier caso debemos mantener la profunda convicción de que es propio de la identidad de cualquier Iglesia Católica la apertura y la salida misionera a la “otra orilla”. Mientras éstas no se alcancen, no se habrá llegado a la necesaria madurez eclesial. Más aún, cuanto más nos abrimos a las necesidades más allá de las fronteras de nuestras Iglesias, más tomamos conciencia de las necesidades al interior de las mismas. Y aquí nos referimos concretamente a la escasa presencia evangelizadora entre nuestros pueblos originarios o indígenas.

Cuando nuestros Pastores reunidos en Puebla han afirmado que debemos “dar desde nuestra pobreza”, se referían concretamente a la escasez de misioneros propios y recordaban, por otra parte, que nosotros mismos seguimos necesitando recibir a misioneros que llegan de otros países. Sin embargo, conscientes de forzar el texto, quiero recordar aquí otra profunda y dolorosa pobreza de nuestra Iglesia latinoamericana. Me refiero al hecho sorprendente de que después de 500 años de evangelización, aún no haya surgido una Iglesia de rostro amerindio, es decir, con una jerarquía propia, con formas locales de vida consagrada y con mayores expresiones culturales propias en la liturgia y en otras celebraciones. Un simple ejemplo: si un joven indígena pide ser sacerdote, debe aceptar una inevitable transculturación y lo mismo acontece si una joven opta por la vida consagrada. La diferencia con las jóvenes Iglesias africanas es del todo patente. África negra ya cuenta con Cardenales, Obispos, Vida Consagrada, Misioneros y Misioneras africanos… Es todavía muy escaso el compromiso misionero de nuestras iglesias en favor del amplio mundo de los pueblos originarios de América. Baste pensar en la disminución (debida también a la salida de los misioneros extranjeros) de los agentes evangelizadores en los todavía numerosos Vicariatos Apostólicos del Continente.

El gran tema de la Asamblea de Puebla, “la Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina” hoy en día nos cuestiona e inquieta aún más que hace cuarenta años. Sin embargo, acogemos con la confianza que nos viene del “Dios que camina con su pueblo”, las palabras de nuestro Papa, el primer misionero: “Los desafíos están para ser superados. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. No nos dejemos robar la fuerza misionera” (EG 109). “Y ojalá que el mundo actual pueda así recibir la Buenas Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo” (San Pablo VI, EN 80).

+ Mons. Vittorino Girardi Stellin, mccj

Obispo emérito de la Diócesis de Tilarán Liberia

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