En el Bautismo somos hijos de Dios

Reflexión Dominical
Bautismo del Señor

Ciclo C, Evangelio según San Lc 3,15-16.21-22

Domingo 13 de enero, 2019

“Consolad, consolad a mi pueblo… hablad a su corazón… porque aquí está vuestro Dios… como un pastor que apacienta el rebaño; su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Dios, por medio del profeta Isaías, habla del Mesías, que, como dirá en el cap. 42, es “mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará”.

Es Jesús ese puente entre el Padre y nosotros, el camino por el cual el Padre se hace accesible a nosotros, para siempre.

Isaías nos asegura que la voluntad de Dios es voluntad de vida. Él no nos castiga si nuestra flama es débil, más bien la hace devenir luminosa. No rompe lo que está al punto de quebrarse, más bien se hace médico y sanación. No grita; a la verdad basta un susurro. No apagará la llama débil, porque en cada hombre, aún el más descarriado, hay siempre un soplo de humo, signo, cierto, de un fuego que se apaga, pero sobretodo de un fuego aún posible. A Dios basta un poco de humo: lo trabaja, lo envuelve de atención y de esperanza, sopla hasta que brote nuevamente firme la llama.

Dios, fuerza de nuestra fragilidad, servidor de nuestra vida insegura. Delante de Él entonces me siento libre de pedir ayuda y de orar, luchando con el cielo cuando me parece cerrado. Lucas narra, por supuesto, el abrirse de los cielos: Jesús, recibido el bautismo, “mientras oraba, se abrió el cielo”. Se abrió, casi resultado de la oración de Jesús. Se abrió, come se abre una puerta o un dique, como una brecha en las murallas.

Es un signo a través del cual el Padre no se cansa de repetirnos: “Sí, estoy aquí. Os conozco. Os amo. Hay un camino que desde mí va hacia vosotros. Hay un camino que desde vosotros sube hacia mí”. Es Jesús ese puente entre el Padre y nosotros, el camino por el cual el Padre se hace accesible a nosotros, para siempre.

Jesús inicia su vida pública con un gesto de solidaridad. Se pone en fila con los pecadores, con los pobres; escoge de ser uno de los tantos, se sumerge en las aguas del Jordán, en la vida de la gente. Jesús no inicia su misión con gestos clamorosos, sino en el signo del compartir. Su bautismo se vuelve en un proyecto de vida, un caminar con los demás, un recorrer pueblos y ciudades haciendo el bien y buscando a los últimos para infundir en sus corazones esperanza y alegría.

Y desde el cielo no bajan milagros, sino, como paloma, el Espíritu Santo. “Espíritu”, es una palabra que significa “vida”, desde el primer soplo de Dios que enciende la llama misteriosa de la vida en la cáscara de arcilla que es Adán. “Santo”, es decir “de Dios”. Que el soplo del Espíritu de Dios llene la vela de nuestra vida para sentirnos, como Jesús,  hijos amados del Padre, hijos que aman al Padre y a todos nuestros hermanos, sobre todo a los últimos El bautismo de Jesús ilumina nuestro bautismo, nos dice de “ponernos en fila” con los más débiles, empezar un camino de transfiguración para ser sal de la tierra y levadura en la pasta, para salir como Cristo de nuestras comodidades y sumergirnos en las periferias de la vida, allá donde están hermanos que han perdidos la esperanza y fatigan a vivir.

Entonces, como Jesús, escucharemos al Padre que nos dice: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”, participes de su misma vida. Mateo nos dice que Juan no quería bautizar a Jesús, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad del Padre. Tenía que tomar sobre de sí el pecado del mundo, para traer a los hombres la vida que los sana, la vida de Dios, su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a este manantial inagotable.

En su bautismo Jesús es reconocido “Hijo predilecto” por el Padre. En nuestro bautismo en Jesús, nosotros también somos “hijos” del Padre y recibimos su Espíritu de amor. La relación filial de Jesús con el Padre, deviene también la corriente caliente y confidencial de nuestra relación con Dios.  “El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia” (Papa Francisco, Misericordiae Vultus 4).

Será Él mismo quien vaya a enseñárnoslo más tarde, entregándonos para siempre la oración universal del “Padre nuestro”. Orar, desde luego en adelante, será existir y respirar en Dios como hijos. La energía del amor divino se hace experiencia de vida nueva para cada persona disponible a acoger en si misma ese don. Que el Espíritu Santo nos saque, a nosotros y a toda la Iglesia, de la mediocridad espiritual, para encontrar caminos nuevos.

Sino, “dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas… Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el espíritu de Jesús entre nosotros…una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos” (Pagola 2019).

En el bautismo, adquirimos la dignidad y la alegría de llamarnos y ser realmente “hijos” de Dios. Es la ternura infinita de Dios que llega hasta nosotros y finaliza nuestro destino eterno de felicidad, nuestra llamada a la santidad, amados por Dios.

Soy “hijo” del Padre. Un día, a través de la herida de los cielos abiertos para siempre, llegaré a la presencia de Dios. El me mirará. Sé que verá a un pobre hombre, nada más que una caña tantas veces hendidas, solo un poco de humo. Pero me dirá, estoy seguro de eso: tú eres mi hijo, tú eres mi preferido, de ti he recibido gozo, entra en el abrazo de tu Señor.

“Lo que agrada al Padre no son los ritos vacíos de amor, sino que vivamos en espíritu y en verdad. Esa vida vivida con el espíritu de Jesús y la verdad de su evangelio es para los cristianos su auténtico culto espiritual. No apaguéis el Espíritu, decía san Pablo a sus comunidades. Una iglesia apagada no puede saborear ni contagiar la Buena Noticia de Cristo” (Pagola).

La “gracia” y el “amor” que hemos recibido, estamos llamados a hacerlo todo visible al mundo, gritando a todos la belleza y alegría de ser “familia” de Dios, en la que todos pueden entrar. Pidamos al Señor que nos bautice “con Espíritu Santo y con fuego”.

Amen.

Padre Franco Noventa, mccj

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