Reflexión Dominical
XV Tiempo Ordinario
Ciclo C, Evangelio según san Lucas 10, 25-37
Domingo 14 de julio, 2019
El peor insulto que se podía dirigir a un judío era “perro” o “pagano”; y el segundo era “samaritano”, que equivalía a “bastardo, herético” (Jn. 8,48). También Jesús, dirigiéndose a la samaritana, no duda a decirle: “vosotros no sabéis ni a cual dios adoráis; la salvación viene de los judíos” (Jn. 4,22).
El evangelio de hoy empieza presentándonos no a un samaritano, más bien a un judío, no a un pecador, más bien a un justo, a un doctor de la ley, que pregunta a Jesús: que tengo que hacer para heredar la vida eterna? Nótese la fineza teológica: el doctor de la ley no dice “merecer” más bien “heredar” la vida eterna. La herencia, lo sabemos, no se gana, es recibida de una manera completamente gratuita.
Jesús, adecuándose a la praxis de las disputas rabínicas, no da de inmediato una respuesta, más bien le pregunta: que está escrito en la ley? El doctor de la ley dice “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… (Dt. 6,5) y a tu prójimo como a ti mismo (Lev. 19,18)”. Jesús le dice: has contestado bien; hagas esto y vivirás.
El rabí, que no logró poner a Jesús en dificultad, le pregunta: “y quien es mi prójimo?”. Como un buen judío quiere poner límites al amor. Y Jesús le demuestra quien ama verdaderamente a Dios y a los hermanos con una parábola.
Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. No importa si era judío o pagano, justo o injusto, rico o pobre. Un hombre. Eso basta. Aunque hubiera sido un malvado, no hubiera perdido su dignidad de un hombre que necesitaba ayuda.
Unos bandidos lo asaltaron, lo pegaron, robándole todas sus cosas, y dejándolo desnudo al borde del camino. Hoy hay un océano de hombres a quienes roban, humillados, náufragos a quienes arrojan de nuevo al mar. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.
Un sacerdote bajaba por ese mismo camino. Ve al herido, pero no se para, sigue del otro lado del camino. Así un levita. Nos ocurre a nosotros también: vemos desde lejos a un mendicante, a un pobre que pide ayuda y cambiamos de camino. Como si más allá que el pobre hubiera algo de mas importante. Es una acusación fuerte a todas aquellas personas “religiosas” que estiman la Ley más importante que la compasión humana. Piensan poder amar a Dios sin amar a los hermanos, sobre todo a los más débiles.
Qué sentido tiene una religión tan poco humana? Jesús propone como modelo a imitar al herético samaritano, el hombre que está lejos del templo y de los sacerdotes! Jesús parece un anticlerical!!
Ese samaritano estaba en viaje, tenía él también sus proyectos. Pero viendo a un hombre herido escucha lo que le dice el corazón. Olvida sus programas, su miedo, se acerca al herido, venda sus heridas y lo lleva a un albergue y se carga de todas las deudas del enfermo. No está empujado por motivos religiosos, por el deseo de placer a Dios, se acerca al herido únicamente por compasión. Es la proyección de lo que siente Dios.
Compasión significa “sufrir juntos, sufrir con, hacerse cercano”. No esperemos que la caridad surja espontanea para vivirla. Cuando San Francisco besa a un leproso, no lo hace porque le guste, lo hace porque el leproso lo necesita para sentirse hombre. Somos “samaritanos” solo por motivos que conciernen al otro, su necesidad, sus problemas. La compasión no es un instinto sino una conquista. Hacerse prójimo al otro es una conquista que pone al centro el dolor del otro y me olvido a mí mismo.
Saber mirar de manera atenta al que sufre. “Si Dios nos ha amado, nosotros también tenemos que amarnos los uno a los otros” (1Jn 4,10-11). Dios no pide nada por sí mismo. Hay una sola manera para responder a su amor: amar al hermano no con palabras, más bien con hechos y en la verdad (1Jn 3,18).
El samaritano se acerca al herido y no le pide de quien sea la culpa. Ama. Tu eres el hombre que ha recibido ayuda, me dice el Señor, y cuantas veces! Hay una red de samaritanos que me han hecho vivir: los debo amar con gozo, con gratitud. De ellos tengo que aprender. Jesús dice: “Va, y tú también hagas lo mismo”. Vuélvete tú también en samaritano, acércate al pobre y tengas compasión. La experiencia de haber sido amado verdaderamente, aunque una sola vez, te llena la vida.
Todo nuestro futuro está en un verbo: tú amarás. Un verbo al futuro porque amar es una acción nunca concluida, porque durará cuanto el tiempo, porque es una necesidad para vivir. Es capaz de amar solo aquel que muestra de haber asimilado el comportamiento misericordioso de Dios.
Amar es donar, pero también dejarse amar, pues todos somos mendigos de sentido, de cariño, de salud, de serenidad, de esperanza, de absoluto, de Dios.
La parábola tiene un mensaje explosivo: aquel que ama al próximo ama seguramente también a Dios (cfr. 1Jn. 4,7). Los “samaritanos” que aman al hermano, están adorando al verdadero Dios, puede ser sin saberlo. Así sea para nosotros también.
Amén.
Padre Franco Noventa mccj

