EL ROL DE SAN DANIEL COMBONI EN NUESTRA EXPERIENCIA ESPIRITUAL

 

INTRODUCCION

 

Somos un Instituto misionero consagrado, cuyo nombre oficial es: “Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús”. Los elementos constitutivos del nombre que forman nuestra identidad espiritual son la misión, san Daniel Comboni y el Corazón de Jesús. De estos tres elementos, dos (la misión y el Corazón de Jesús) los tenemos en común con toda la Iglesia y con muchos otros Institutos de vida consagrada. Lo específicamente nuestro es el rol de san Daniel Comboni, como ha sabido él unificar en su espiritualidad, de modo personal y único la misión y el Corazón de Jesús. Lo que es peculiar nuestro, como herederos suyos, es su experiencia misionera y su vivencia específica de la espiritualidad del Corazón de Jesús en la Iglesia. Por ello, la experiencia de san Daniel Comboni, para nosotros los combonianos, es el criterio de interpretación y de comprensión de la misión que estamos llamados a realizar en la Iglesia, una práctica de la misión que debe poner de relieve el Corazón y la cruz de Jesús, como fundamento espiritual de nuestras acciones.

El Capítulo General y las Actas Capitulares del año 2009, de los números 19 al 21, exponen de un modo excelente los elementos inspirantes de nuestra espiritualidad y definen el rol de san Daniel Comboni como: “El Espíritu que ha suscitado en Comboni el amor por los africanos, sigue guiándonos hacia los pobres y los últimos” (AC 2009, 19).

El amor de Comboni por los africanos no fue un amor sentimental, sino un amor-ágape proveniente del Espíritu Santo, desde lo más profundo del Corazón de Jesús. Por consiguiente, como fundador, san Daniel Comboni es para nosotros no solamente el depositario del núcleo central del carisma (Ratio 217), sino que por su mediación el Espíritu Santo se hace presente y nos revela aquel estilo de vida y de misión que caracteriza a nuestro Instituto en la Iglesia. Por ello, él es una mediación esencial (Ratio 32) del encuentro del comboniano con Cristo; él es para el comboniano el intermediario entre la misión y el Corazón-Cruz de Jesús.

Al escudriñar el rol de san Daniel Comboni en nuestra espiritualidad, descubrimos dos elementos que han caracterizado a Comboni como misionero y que deberían ser constitutivos del DNA de cada comboniano. Se trata del Corazón como amor-pasión y de la cruz como amor-causa común con los últimos. Corazón y cruz son inseparables en la espiritualidad de Comboni. Estos dos elementos son también los pilares de la espiritualidad del verdadero comboniano. Quiero compartir mis reflexiones y meditaciones sobre estos dos elementos junto con los de otros hermanos combonianos.

 

EL CORAZON COMO AMOR-PASION POR LOS ULTIMOS

 

Las Actas Capitulares del año 2009 afirman que “como Combonianos descubrimos en el Corazón del Buen Pastor la razón que nos anima a una entrega total y nos empuja hacia los pobres y abandonados” (AC 2009, 20). De Comboni hemos heredado este misterio del Corazón del Buen Pastor. Al contemplar su vida misionera y su matrimonio con el Corazón de Jesús podemos comprender el significado del Corazón del Buen Pastor. Cada comboniano interpreta a su manera este misterio del Corazón de Jesús que lo anima a una entrega total a los más pobres y abandonados. Esto es lo que constituye la riqueza de nuestra espiritualidad, una espiritualidad viva y apasionada, que nos mantiene en tensión hacia el otro, sobre todo, los últimos de nuestra sociedad.

En Kisangani, aparte la formación de postulantes, trabajo con parejas para promover el matrimonio cristiano, y, sobre todo, acompañar a las parejas casadas para que no se apague la llama del amor que los une. Esta experiencia de acompañamiento de las parejas me ayudó a comprender de un modo nuevo y concreto el misterio del Corazón de Jesús. Cuando se vive personalmente el matrimonio, sabemos que es un asunto de corazones que pone a personas en movimiento hacia la alegría. Ante un matrimonio, participamos en el movimiento festivo y en la fiesta se comunican los corazones. En esta experiencia de acompañamiento a las parejas, comprendo que la misión, con el misterio del Corazón de Jesús como espiritualidad, es la vivencia diaria de las bodas. Dios, que se comporta como un esposo tierno, fiel y misericordioso a través del Corazón de Cristo Buen Pastor, desvela su pasión por los más pobres y abandonados diciéndoles, a través del ministerio de los pobres misioneros combonianos que somos: “tú eres valorado ante mí porque te amo; con amor eterno te he amado”.

Este ha sido el misterio del Corazón del Buen Pastor que animó a Comboni para entregarse totalmente a los africanos. Su único objetivo misionero fue el de preparar, acompañar y promover las bodas entre el Dios de Jesús y los africanos, diciéndoles que son de gran valor a los ojos de Dios y no contando nada para los ojos del mundo. Cuando contemplo el amor-pasión de Comboni por los africanos, hasta el punto de decirles solemnemente: “el más feliz de mis días será aquél en que pueda dar mi vida por vosotros” (E 3159), comprendo por qué el comienzo de los signos que hizo Jesús, según el evangelio de Juan, lo hizo en las bodas de Caná (Jn 2, 1). Al presentarnos Juan el primer signo de Jesús realizado en unas bodas, nos está diciendo que la misión de Jesús es ponernos en camino para las bodas entre Dios y su pueblo. Con Comboni estos esponsales se celebraron en tierra africana: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16). Y Comboni dirá: “No tengo más que una vida para consagrar para la salvación de aquellas almas, quisiera tener miles de ellas para consumirlas en ese fin” (E 2271).

El amor-pasión de Dios por la humanidad, hecho patente en su Verbo hecho carne, se concretizó en el amor-pasión de Comboni por los africanos. El lugar de la realización de este amor-pasión de Jesús es el Calvario, porque es allí que “las grandes Obras de Dios nacen y crecen” (E 2325). Al pie del Calvario tienen lugar las bodas de la cruz, en las que toman parte María, la Madre de Jesús, María Magdalena, el buen ladrón, el discípulo amado y toda la multitud sufriente. La alianza, los esponsales son del esposo crucificado con los pobres. Por ello, para Comboni el misterio del Corazón de Jesús no se comprende más que contemplando la cruz. E invita a cada comboniano a esta contemplación y a adquirir esta disposición esencial “teniendo siempre fijos los ojos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas. Y renovando a menudo su total ofrecimiento a Dios” (E 2892).

El papel de san Daniel Comboni en nuestra espiritualidad se comprende a través de este Corazón como Amor-pasión, reflejado en los esponsalicios. Mi experiencia de compartir con las parejas me ayudó a comprender que la misión comboniana hay que vivirla en esta dinámica de las bodas en las que el esposo crucificado y Buen Pastor abre con amor apasionado su Corazón para conservar su esposa amada que es la multitud de dolientes, los más pobres y abandonados.

 

LA CRUZ COMO AMOR

CAUSA COMUN CON LOS QUE EN EL MUNDO SUFREN

 

San Daniel Comboni vivió una espiritualidad de la cruz tan profunda que no para de repetir: “el camino que Dios me ha puesto delante es la cruz (E 6519). Yo soy feliz en la cruz que, llevada por amor de Dios voluntariamente conduce al triunfo y a la vida eterna” (E 7246). Esta experiencia de Comboni es para el comboniano la única fuente de fortaleza para hacer causa común con los innumerables sufrientes de nuestro mundo.

Nuestro hermano Justin Kakule Muvawa (comboniano congolés en la misión de Egipto) ha hecho una reflexión muy al caso sobre la interpretación de nuestros votos bajo el prisma del misterio de la cruz. y la ha publicado en su blog (http://jemery.glog.fr/2011/04/18/la-croix-glorieuse-et-le-missi-onnaire-combonien-11022817/). Quisiera compartir sus reflexiones en el contexto de esta reflexión mía sobre el papel de san Daniel Comboni en nuestra espiritualidad.

Meditando atentamente las cartas y escritos de Comboni, puede detectarse como relaciona los consejos evangélicos con la cruz. En la Regla de su Instituto, insiste sobre los votos (sobre todo el voto de obediencia) siguiendo los consejos del P. Marani y la famosa expresión: “el que confía en sí mismo, confía en el mayor asno del mundo” (E 6880). Esta relación de los consejos evangélicos con la cruz se articula en la espiritualidad comboniana de este modo:

1) La obediencia: La obediencia como cruz Comboni la ve como renuncia y límite de la iniciativa personal “porque la renuncia a sí mismo y a todo lo propio para arrojarse en brazos de la obediencia y de Dios, no se obtiene sin la ayuda extraordinaria de la gracia” (E 3392). En este sentido Comboni puede desear la cruz y pedir oraciones para que Dios se las mande. Todo misionero en misión, caracterizado de esta obediencia filial por amor de Dios (E 1860), trabaja confiado en la palabra de Dios y en la de sus representantes “como dócil instrumento de su adorable voluntad” (E 2702).

2) La castidad: En la espiritualidad de Comboni el significado de la cruz y del voto de castidad se pone el acento más bien en aceptar la soledad que se deriva de la vida de castidad. Comboni exigía de los candidatos al apostolado en el Vicariato del África Central una castidad a toda prueba (E 2229; 2484; 2776). Esto no es posible más que con la gracia de Dios, la única capaz de ayudar a permanecer firmes en la castidad (E 6844). En esta línea va la RV 26.4 “habiendo escogido a Cristo, rehúye todo lo que puede poner en peligro su opción y no deja de seguir las normas ascéticas garantizadas por la experiencia de la Iglesia”.

3) La pobreza: La relación entre el voto de pobreza y la cruz puede comprenderse más fácilmente observando la vida diaria de los misioneros que se identifican con Comboni: vivir en una relación de total dependencia de la comunidad y compartir todo lo que se tiene. En este sentido, la pobreza, unida a la cruz moldea poco a poco al misionero par a una cultura de la comunión, fruto de una apertura a la interculturalidad, educación en la sobriedad, a la sencillez y a la ética de la limitación, como un signo visible de la opción por la radicalidad y la austeridad evangélicas. En este sentido, aceptar la cruz significa hacer causa común con los más pobres y abandonados. En función de esta opción preferencial por los pobres y para vivir en concreto la relación entre cruz y voto de pobreza, y siguiendo a su Fundador, los y las combonianos/as desarrollan prioritariamente su pastoral en los ambientes más desfavorecidos (periferias), entre los más pobres y más abandonados (pigmeos, niños de la calle, inmigrantes, hospitales, etc.). Por ello, Comboni quiere sus misioneros “encendidos de una caridad que tenga su fuente en Dios, y del amor de Cristo” (E 6656), porque el verdadero apóstol no retrocede nunca ante los más fuertes obstáculos, ante las más violentas oposiciones, y aguanta a pié firme el temporal de las tribulaciones, los embates de las desdichas, él marcha hacia el triunfo por la vía del martirio” (6382).

En este relacionar los consejos evangélicos con el misterio de la cruz, tan querido por Comboni, la Carta de los tres Consejos Generales de los tres Institutos Combonianos con motivo de la canonización de Comboni (n. 38), resume dicha dinámica en estos términos: “Los votos son para nosotros la única expresión adecuada como respuesta a tanto amor. Una respuesta personal, única y total a una llamada única y total, por lo que, no es tanto una expresión de vínculos jurídicos, legales, deberes morales, es más bien conciencia gozosa de ser admitidos por gracia a participar en el dinamismo del amor del Corazón de Dios por el mundo. Tendría que alejarse, de una vez por todas, la idea que la consagración religiosa es una sustracción, fuente de conflictos o simplemente un instrumento de eficiencia añadida a la misión. La consagración constituye el corazón de la misión porque en la consagración el misionero y la misionera son constituidos por gracia expresión personal de un don, el más gratuito, el más libre, el más desinteresado, el más tenaz, en la medida que adopta la forma y el ser del Corazón de Cristo y de la cruz. El don que salva está en las motivaciones profundas de la persona y, por tanto, en los tres votos todo es reconducido a la unicidad de la persona”.

En resumen, se puede decir que el comboniano acepta por experiencia el escándalo de la cruz sabiendo que las obras de Dios nacen y crecen mediante dificultades y sufrimientos de toda índole. Poniendo en el centro de la propia vida al Señor crucificado, el comboniano acepta con valentía la cruz a un nivel personal, comunitario y misionero.

  • A nivel personal: Cada uno de nosotros tiene su cruz personal y sus propios límites psicofísicos, morales y espirituales que lo acompañan, la enfermedad o la ancianidad que nos impiden hacer como quisiéramos, el pecado que exige una lucha y conversión continuas. El misionero carga con el peso de todo esto a diario, así como el de los tres votos y debe combatir siempre para adquirir su perfeccionamiento. A unos pesa más la soledad, a otros el compartir los bienes, a otros la dependencia absoluta de la comunidad se le presenta como un obstáculo que va contra lo mejor de sí mismo y lo pone en una suerte de inacción. Cada comboniano encuentra una de estas cruces o alguna otra y tiene que cargar con ella solo con Dios. En todo esto aprende a renunciar todavía más a sí mismo por amor de Cristo, para configurarse con él y para asemejarse a su santo Fundador. Para Daniel Comboni, de hecho, “una misión tan difícil (…) no puede vivir de apariencia, y de sujetos con el cuello torcido llenos de egoísmo y de sí mismos” (E 6656).
  • A nivel comunitario: otra dimensión es la de la cruz comunitaria. Los hermanos representan nuestra alegría pero también nuestro tormento. Las diferencias de edad, de condición social, de nacionalidad y de cultura son una riqueza y nadie lo pone en duda. Pero en la vida comunitaria diaria estas diferencias pueden llegar a constituir otras tantas lanzas que desgarran el corazón. La vida de comunidad no se hace automáticamente, exige un gran espíritu de adaptación y saber compartir, una lucha sin cuartel contra el individualismo y el narcisismo y una capacidad ilimitada de perdonar y de acoger el perdón de los demás. Esta exigencia del amor es la condición sine qua non para vivir la solidaridad y gustar la comunión fraterna.
  • A nivel misionero: Hay otra dimensión que va unida al carácter provisional de nuestro ser misioneros a lo que Comboni llama “siervos inútiles” (Lc 17, 10). De hecho, nuestra vida se caracteriza por el Éxodo y por la kénosis. Estar siempre dispuestos a partir, sufrir a causa del desapego a la familia, que es un verdadero problema en ciertas culturas cuando los padres envejecen o se es hijo único. La misión comboniana no es solamente ad gentes, es también ad extra y ad vitam. Qué difícil es salir del propio ambiente sociocultural y eclesial para establecerse en un sitio desconocido donde es obligatorio, según Juan Pablo II, “un cambio radical de mentalidad” (Redemptoris Missio, n. 49) y “superar los condicionamientos del propio ambiente de origen” (ib. 53) ¿No es el éxodo siempre una cruz? Lo fue para los israelitas aunque si pasaban de una esclavitud a la libertad. ¡Cuántos misioneros se han sentido tentados de lamentarse por el pescado, las cebollas o los vinos de sus países! De igual modo, muchas veces hay que dejar atrás la experiencia acumulada en otras partes y volver a empezar como un niño que balbucea para aprender una lengua muy distinta de la propia. En las Iglesias locales, tenemos incluso que “depender de las autoridades locales, que tal vez en nuestro campo específico, saben menos que nosotros” (F. Pierli, Como herederos). Sin un amor verdadero, sin aceptar la cruz como el Hijo del Hombre, esta kénosis se presenta imposible. Con todo esto presente, podemos pensar que el sentido comboniano de la cruz tiene que recorrer un largo camino, con intentos diversos y haciéndonos perder dudas y temores.

Nuestra espiritualidad del Corazón y de la cruz es una cuestión perenne para nosotros combonianos de hoy y nos preguntamos: ¿Qué sentido hay que dar a tanto sufrimiento que gravita como fardo muy pesado sobre la mayor parte de la humanidad?

¿Cómo proponer a los jóvenes africanos que están entrando en el Instituto Comboniano – cumpliendo así el deseo de Comboni de “salvar a África con los africanos” – y llevarlos a interiorizar la espiritualidad del Corazón y de la cruz?

¿Cómo hacer para que los jóvenes que aceptan ser combonianos, acepten también la cruz y vivan y testimonien el amor de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia y sobre todo, por los más pobres y abandonados?

Aquí está todo el problema de la actualidad del sentido comboniano del Corazón y de la cruz del Buen Pastor.

 

CONCLUSION

 

Para concluir digamos con el apóstol Pablo que el lenguaje del corazón y de la cruz es siempre “locura” (1 Cor 1, 18), porque el lenguaje del amor es loco, es ciego. Solamente los simples y los pobres lo comprenden (Salmos 118, 130) porque lo viven. Comboni comprendió este lenguaje, que es incomprensible e inimaginable sin el misterio de la cruz y el Corazón del Buen Pastor. Comboni comprendió el Evangelio del Corazón y de la cruz detectando el lugar donde Dios se expresa y se entrega en Jesús como un “te amo con amor infinito y eterno”. La cruz es el lugar común de todo discípulo para amar como Dios. Y, amar como Dios no es algo descontado desde que existe el pecado cuyo origen nos afecta de tal modo que el amor humano es casi siempre egoísta y narcisista. El amor de Dios, por el contrario, se resume en un signo, en un icono que Comboni nos ha transmitido: un corazón y una cruz. Ser comboniano significa tomar sobre uno este icono, esta señal de pertenencia a Cristo y a Comboni.

– El Corazón y la cruz es el lugar de nuestro nacimiento pasando del ego egoísta al “te amo” de la cruz y del Corazón del Buen Pastor por los pobres y los excluidos.

– El Corazón y la cruz, eh aquí el lugar de nuestra identidad con Cristo, con Comboni, de nuestra verdad pascual en nuestro camino hacia el Padre a fin de que todas las personas a las que nos envía reciban la vida eterna: “Padre, quiero que allá donde estoy yo, estén también ellos conmigo” (Jn 17, 24).

– El Corazón y la cruz, este símbolo sin pretensiones, esta señal de amistad, he aquí el sitio de nuestra entrada en una perspectiva evangélica, cuyo punto de vista es la contemplación de la gloria del Hijo predilecto del Padre: “que contemplen la gloria que Tú me has dado porque me has amado” (Jn 17, 24).

Aferrados a este símbolo diseñado por Jesús y concretizado en nuestro tiempo por nuestro santo Fundador, es como los combonianos reciben la misión de Dios para el mundo, la de preparar las bodas del Crucificado con los más pobres y abandonados, la de mostrar los cielos abiertos, el Reino de Dios a la multitud inmensa de los últimos. Así entendidos, la cruz y el Corazón no son realidades abstractas. Se trata de la cruz de cada uno de nosotros como comboniano: la de mi vida, la de mi comunidad, la de mi misión, y la de Jesús, el Crucificado, el Traspasado, el siervo sufriente que nos abre los ojos y nos empuja a caminar hacia esta multitud inmensa de los que se le asemejan, los que a diario son signados con el signo de la Cruz y que esperan abrazar el Corazón del Buen Pastor a través de nuestras pobres personas: esta multitud es la de los pobres, de los abandonados, de los últimos, de los oprimidos, de los que sufren violencia, de los sin techo, de las víctimas de las guerras, etc. Sí, en el corazón de tantas existencias, estos signos (cruz y Corazón) de pertenencia a Cristo y a Comboni brillan en nuestras noches más oscuras clareando nuestra poca fe y toda nuestra existencia como misioneros combonianos, cundo consentimos entregarnos, perdernos, hacer de nuestra vida una eucaristía, partiendo a diario nuestros cuerpos y derramando nuestra sangre para conducir esta multitud inmensa de los más pobres y abandonados hacia los pastos del Buen Pastor (Sal 23).

 

 

  1. Joseph Mumbere Musanga, mccj

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