¿Qué hacer para alcanzar la felicidad?

Lunes, 27a Semana del Tiempo Ordinario

Memoria de Nuestra Señora la Virgen del Rosario

Lecturas del día: Jon 1,1-2,2.11 / Jon 2,3-5.8 / Lc 10,25-37

Lucas presenta esta parábola como una historia dentro de un pasaje más amplio, el del encuentro de Jesús con un doctor de la ley que cree poder ponerlo a prueba. Jesús ya había sido puesto a prueba precisamente al comienzo de su vida pública, cuando fue conducido por el Espíritu Santo al desierto y fue tentado por el diablo. En tres ocasiones a lo largo de la historia de la tentación (cf Lc 4,2.12.13) el diablo empuja a Jesús al límite para ver si realmente es el Hijo de Dios, y si permanece fiel a la voluntad de Dios. En la tercera «prueba» Jesús aleja al diablo pronunciando las últimas palabras de su batalla contra Satanás: «No tentarás al Señor, tu Dios» (Lc 4,12).

Es la fe en Cristo muerto y resucitado la que nos familiariza cada vez más con los modos de hacer de Dios, con sus criterios de salvación.

El fragmento evangélico de Lucas dice así: «En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba» (Lc 10,25). Todo lector atento que ha visto a Jesús demostrar que verdaderamente es el Hijo de Dios, sabe que el doctor de la ley se propone hacer algo para que finalmente el diablo fracase y que Jesús, el Hijo de Dios, ha prohibido explícitamente; es mucho más probable que sea él quién se encuentre puesto a prueba.

La parábola del buen samaritano es célebre y fácil de representarse mentalmente, pero el Evangelio de hoy comienza con el anuncio de que un doctor de la ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba. También hoy, en nuestro mundo, muchos expertos en ciencias de la felicidad pretenden poner a prueba a los apóstoles del Evangelio de nuestros días. ¿Qué debemos hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Qué hacer para alcanzar la felicidad? Nuestra respuesta no debe ser otra que la enseñanza del Maestro. Para alcanzar la felicidad, es necesario amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el Espíritu, y amar al prójimo como a nosotros mismos. Amar a Dios y al prójimo. Amar a Dios a través del prójimo. Amar al prójimo como Dios quiere. Pero, concretamente, ¿cómo hacerlo?

Jesús nos da un ejemplo por medio de la experiencia del buen samaritano. Lucas es el único evangelista, sin embargo, que nos ha hecho llegar esta página extraordinaria de las enseñanzas de Jesús. «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó»: él deja la esfera del templo, de lo sacro, de la ciudad santa, y se dirige hacia la periferia, hacia el fondo de la tierra; Jericó, no lejos del mar Muerto, es de hecho una de las ciudades más bajas del mundo. Él deja la montaña de Sión para bajar a los abismos, lugar de inseguridad y caos. Y probablemente cayó en las manos de los bandidos. Es exactamente la misma situación del hombre contemporáneo que ya no cree, que abandona lo sacro para bajar día tras día a los abismos de la incerteza mundana y de la finitud. Y nunca faltan bandidos a lo largo del camino capaces de derribarlo, dejándolo inconsciente, solo y abandonado. Desgraciadamente, un sacerdote que baja por el sendero pasa de largo junto al moribundo sin pararse. También un levita pasa por aquel lugar, ve al hombre y prosigue su camino sin detenerse. El texto no nos dice su lugar de origen; como el sacerdote, no tiene corazón para con el moribundo. «Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó» (Lc 10,33-34).

El samaritano retrasa su viaje para hacerse cargo de un desconocido, su hermano en la humanidad. Jesús ha hecho lo mismo de modo sublime, por medio de su muerte redentora. Nos ha lavado con su sangre y con el agua que brotó de su costado abierto sobre la cruz. Al día siguiente, el samaritano recompensa con dos monedas de oro al propietario de la posada pidiéndole que se haga cargo del enfermo. De este modo Jesús ha pagado sobre la cruz el precio de nuestra sanación, de nuestro rescate. Él está siempre dispuesto a reembolsar todas las deudas que contraemos con nuestros pecados cotidianos. De los tres, el prójimo de aquel que cayó en manos de los bandidos es el samaritano que tuvo compasión de él.

¿Cuáles son las enseñanzas para nosotros que hemos sido llamados a la misión? Solo el amor evangeliza eficazmente. No se trata de desarrollar una religión del culto, de la moral, de las prescripciones legalistas: se trata de hacer prójimos de Cristo a todas las mujeres y hombres que encontramos, heridos, sobre los caminos de nuestro Jericó. Se trata de aplazar nuestros minuciosos programas para dar prioridad a los casos de tantos heridos que encontramos en nuestros caminos. Se trata de socorrer con aquello que tenemos, el aceite de la misericordia y el vino del amor. Se trata de construir una humanidad, mediante la fe en Cristo, cada día más cercana a la bondad salvadora de Dios. Es la fe en Cristo muerto y resucitado la que nos familiariza cada vez más con los modos de hacer de Dios, con sus criterios de salvación. El samaritano es bueno no por sí mismo. Es bueno porque razona y se comporta como se habría comportado Jesús en tal situación. Es bueno gracias a la bondad de Dios que por la fe nosotros podemos recibir y comunicar.

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