Un niño se nos ha dado

Reflexión del Evangelio

Misa de la Noche

Ciclo A, Evangelio según san Lucas 2, 1-14

Martes 24 de diciembre, 2019

El estupor es la puerta para entrar en la adoración y en el gozo de la Navidad. Seria bello también por nosotros escuchar a los pastores que han creído al anuncio de los ángeles: “ha nacido por vosotros un salvador”. Y después de haber encontrado al niño Jesús volvieron a su vida de siempre cargados de esperanza, de gratitud y de gozo.

Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

“El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” nos decía Isaías. Las tinieblas de quien ha extraviado la buena dirección, de quien no comprende el sentido de su vida y duda de Dios, y piensa que Dios es indiferente a sus problemas. Las tinieblas de quien se siente prisionero de sus miedos y preocupaciones, de su egoísmo, de su pecado.

Luz y gozo, continua el profeta, “porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”, cuyo nombre será “Príncipe de la Paz”.  Luz y gozo a causa de ese niño, como anuncian los ángeles a los pastores: “Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.  “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, retoma San Pablo.

Entremos idealmente, en esta santa noche, en la gruta adonde acaba de nacer Jesús, la Palabra de Dios hecha carne para habitar con nosotros, como nos dice San Juan al principio de su evangelio.

Contemplemos a María que, mirando en sus manos a ese niño, probablemente pensaba: “Ese Dios y Señor, sobre quien Moisés no habría podido levantar sus ojos sin morir, está allí en mis manos, frágil niño desnudo. Es la Palabra y no emite que sonidos inarticulados. Ese es mi hijo. Esa carne divina es mi carne. Él está hecho de mí, tiene mis ojos, la forma de su boca es la mía. Él se me parece. ¡Es Dios que se me parece! Un Dios pequeñísimo que se puede tomar en los brazos y cubrirlo de besos, un Dios todo caliente que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y vive” (Jean-Paul Sartre).

Este Dios-Niño, este frágil niño se pone también en nuestros brazos. Nos dice que necesita de nosotros, y su débil mano busca como puede a nuestro corazón. Él trata de despertar en nosotros una amistad indispensable e irresistible. Se podría decir que ha olvidado de ser Dios y que solo sobre nuestros labios quiera hacérselo decir.

La salvación es un niño que nos lleva como a los pastores gozo y paz. Él está entre nosotros para siempre, es definitivamente nuestro, y nosotros somos suyos. Es un misterio que da vértigos: nos comunica la pertenencia cruzada de un Dios que se hace hijo del hombre, y del hombre que deviene con el bautismo hijo de Dios. Ya nada ni nadie puede separar lo que Dios ha unido. Así se nos consiente el sueño y la certeza impensable que también el dolor puede devenir el lugar del amor, y también el abismo de nuestra miseria puede acoger la misericordia, y la desesperanza más obscura puede cambiarse en la esperanza más osada.

Cualquier sea nuestra situación en este momento, si lo queremos, podemos ver brillar, en la noche de nuestro corazón, la estrella de Jesús.

“Nuestro Salvador, hoy ha nacido: ¡regocijémonos! No hay lugar por la tristeza en el día en que nace la vida, la vida que destruye el miedo de la muerte y pone en nosotros el gozo y la esperanza de la eternidad. Nadie está excluido de esa felicidad: el motivo del gozo es común a todos porque nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte, no ha encontrado a nadie libre de culpa y por eso ha venido a liberar a todos. Exulte el santo, porque está alcanzando la victoria; se regocije el pecador, porque es invitado al perdón; retome animo el pagano, porque es llamado a la vida” (San León Magno).

Digamos con Santa Teresa del Niño Jesús: “Yo no puedo temer a un Dios que para mi se ha hecho tan pequeño. Yo lo amo, porque Él no es que amor y misericordia”.

Jesús, recibido en el corazón con amor, cambia la vida, cambia la historia, cambia la eternidad. Todo es nuevo, adquiere sentido, todo el dolor se empapa de esperanza, toda la alegría se tiñe de moderación y de suavidad. No nos reunimos solo para conmemorar un hecho del pasado, no celebramos Navidad sólo porque estamos imbuidos de sentimientos de emoción y de ternura suscitados en nosotros por el Niño; vivimos la Navidad si nos dejamos involucrar por el anuncio.

Los pastores nos recuerdan que a nosotros también Jesús ha dicho de alguna manera “venid y ved” (como dirá a Juan y Andrea) y el evangelio dice que los pastores se repetían uno a otro: vamos y veamos.

Podemos acabar con esa oración del cardinal Martini: “Tú, mi Dios, te has hecho carne para acercarte a nuestra humanidad, para compartir nuestros limites. Tú quieres estar para nosotros, con nosotros y en nosotros. Creemos que el pesebre resplandeciente en la noche es la señal de tu amor por nosotros y nos sentimos amados, perdonados, salvados, buscados por ti también esta noche (día). Creemos que cada hombre de buena voluntad puede encontrarte nuevamente… Tú, oh Maria, que conoces los problemas dramáticos de la humanidad, de los pueblos, de nuestro país, de nuestro barrio, de tantas familias, de tantos niños, ayúdanos a creer que la paz de Dios puede vencer el mal del mundo, a partir de cada uno de nosotros. Haz que cada uno de nosotros viva su propia responsabilidad personal en la luz de esta noche (día) santa, para edificar la civilización de la paz y del amor”.

Feliz navidad a todos ustedes, a sus familias, a sus seres queridos. Feliz Navidad a todos los hombres de buena voluntad. Gloria a Dios y paz en la tierra.

Amén.

Padre Franco Noventa

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