Dios camina cerca

Reflexión del Evangelio

Sagrada Familia

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 2, 13-15.19-23

Domingo 29 de diciembre, 2019

Emigrar, escaparse, buscar refugio: es una realidad que ha siempre acompañado la historia de los hombres. Casi todos los días la televisión nos propone imágenes de gente que huye de los riesgos y peligros graves de sus países en búsqueda de seguridad y de una vida digna para sí mismos y sus familias, como está ocurriendo en Sud-Sudan, en República Centroafricana y en Congo, países en los cuales trabajan misioneros Combonianos y Combonianas.

Dios interviene, pero no como nosotros nos imaginaríamos, sino, como dice Isaías, haciéndose “mi fuerza y mi canto” (12,2).    

Jesús, con María y José, conoce la experiencia de la fuga y del exilio, de la inseguridad y del abandono. Ha vivido en su carne las situaciones más difíciles de la vida humana, para que nadie se sintiera excluido de la proximidad amorosa de Dios.

El cuento de Mateo nos muestra un niño que acaba de nacer y quiere respirar la vida,  la Palabra que no solamente se hizo carne, sino más bien carne amenazada, expuesta a todas las fuerzas ciegas que llenan de angustia la vida de los hombres. Es Navidad que continúa: Dios que se encarna aún más en la carne de la inseguridad, de la angustia, del afán.

¿Por qué Dios manda de huir sin garantizar un futuro, sin marcar el camino y la fecha del retorno? ¿Por qué permite que su Hijo sea perseguido y fugitivo? Egipto no significa salvación para Israel sino esclavitud. Dios interviene, pero no como nosotros nos imaginaríamos, sino, como dice Isaías, haciéndose “mi fuerza y mi canto” (12,2).

Los reyes traman matanzas, José sueña. Un granito de sueño caído dentro de los engranajes de la historia, capaz de modificar su curso. Herodes envía soldados, pero algo desbarata sus planes. Dios no envía soldados, sino un ángel dentro la humilde vía del sueño. La tarea del ángel no es de evitar el exilio sino de dar fuerza a José, afín que él no se rinda al miedo y brote la esperanza.

“Mi fuerza y mi canto es el Señor”. El sueño de José no es de imágenes sino de palabras. El no ve pero oye. Es lo que nos es concedido a nosotros también: el Señor viene con su palabra dentro esa nuestra historia de violencias, viene como fuerza para caminar, como fuerza para estrechar a sí mismo la madre y el niño, como fuerza para empezar de nuevo a esperar.

Dios camina por esas vías con sus ángeles, Dios camina cerca de mis miedos con su palabra. Dios camina con aquel hombre bueno, con aquella mujer y con aquel niño, con los millones de refugiados y con aquellos que los socorren.

“José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, y se fue a Egipto”. ¡Un Dios que huye en la noche! José confía en Dios. Dios no nos salva del sufrimiento sino en el sufrimiento; Dios no nos salva de la muerte sino en la muerte; no nos salva de la persecución sino en la persecución. Y la fe es la certeza que aún dentro de la crónica más negra está custodiada una profecía que un día se realizará. Y lo que tarda, vendrá (Hab 2,3).  Un día Herodes muere, muere el rey que tenía miedo de un niño. Y el ángel vuelve, vuelve la palabra.

A nosotros que querríamos saberlo todo y ahora mismo, y ver muy lejos hasta el último horizonte, estas profecías a José, de corto futuro, esos ángeles, nos dicen que la palabra de Dios tiene tanta luz cuanto sirve a dar el primer paso, tanta fuerza cuanto basta a ponernos en camino. Como Abrahán que se pone en camino sin saber el punto de llegada; como los Magos que empiezan su viaje con los ojos fijos en el cielo, en una la estrella. Dios es luz.

Como José que siempre en la noche recibe la palabra del ángel, yo también sé que “mi fuerza y mi canto es el Señor”, y que a cada etapa, a cada paso el ángel y la voz y el sueño y el evangelio se renovarán a indicarme que existe un proyecto. Sé que la vida será siempre una aventura de peligros, de caminos, de refugios y de sueños, pero sé también que mi vida está firme en la mano de Dios. Veo que el dinero y el poder mandan en el mundo, pero sé que no es eso la vía de la vida.

Sé que todo tiende a separar al hombre y a romper ese nudo de la vida que es la familia: pero sé que Dios viene como fuerza para que José pueda apretar fuerte contra sí al niño y a su madre. Dios viene como gozo y canto que brota dentro el apretarse amoroso de las vidas, en nuestros afectos, en nuestras familias.

José el justo representa a todos los justos de la tierra, a todos aquellos que haciéndose cargo de vidas, viven el amor familiar sin contar las fatigas ni los miedos; a todos aquellos que en silencio hacen lo que tienen que hacer y saben que su misión en el mundo es de custodiar vidas con su vida. Porque saben que con ellos camina el Señor, “mi fuerza y mi canto” aún dentro de nuestra historia desgarrada que produce muerte.

Como creyentes quizás no somos optimistas pero tenemos esperanza. Optimista es quien sonríe en vacío y dice que todo va bien. Y se equivoca pues no es así. Lleno de esperanza, al contrario, es aquel que sabe que los hilos de la historia están firmes en las manos de Dios y que el camino lleva a la casa aún si pasa por Egipto.

Tengo esperanza porque creo en una nueva ley escrita en la carne de un niño inerme y perseguido, escrita en todos aquellos que prefieren el amor al poder, la paz a la victoria. Esa es la fuerza de los débiles, la sola fuerza invencible. “Mi fuerza y mi canto es el Señor”: una profecía está custodiada aún dentro de la crónica más negra.  El Señor guía la historia y conduce todo hacia el bien y el cumplimiento de su diseño. Sea esa nuestra esperanza.

Hoy celebramos la Sagrada Familia. “Sagrada” no solamente por los que la componen, María, José y Jesús, sino también porque ellos han sabido vivir santamente. Como dice un teólogo y obispo italiano, Bruno Forte, hablando del matrimonio en su librito “La puerta de la Fe”: “Sin el continuo y reciproco acogerse de los dos, bebiendo en las fuentes del amor eterno, no podrá existir verdadera alegría en la vida matrimonial. La relación de pareja vive, ante todo, del compromiso de la fidelidad mutua de los dos, alimentado por la fuerza que viene de Dios y que capacita para comenzar cada día desde el principio en el amor, también cuando… las pruebas de la vida los exponen a los riesgos del cansancio y de las desilusiones. Con la fe en Dios y la confianza mutua, el amor conyugal… es capaz de dar alegría al corazón del otro”.

Jesús, José y María bendigan a todas nuestras familias.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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