¡Alégrense en el Señor!

Reflexión del Evangelio

III DOMINGO DE ADVIENTO

Jn 1,6-8.19-28

13.12.2020

Hoy es el domingo “Gaudete”, en latín, que significa: ¡Alegraos! Después de varias semanas en que la liturgia nos ha presentado Palabras de Dios que llamaban a la vigilancia, al juicio en el último día, a la conversión, palabras que han podido dejarnos un velo de tristeza y de preocupación, hoy la Iglesia nos invita a alegrarnos, a pensar al gozo que puede llenar nuestro corazón.

“Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan” (v. 6), un profeta, que nos despierta de nuestro entorpecimiento espiritual y nos dispone a reconocer y acoger con gozo al Señor Jesús en el cual vemos el rostro del Padre y reconocemos nuestro rostro de hijos y hermanos.

El Bautista “vino como testigo, para dar testimonio de la luz” (v.7). Juan nos dice que el hombre, aunque con un corazón lleno de sombras, puede fijarlo sobre la línea matinal de la luz que está surgiendo, vencedora. Lo que importa es testimoniar la luz: el Dios libertador, el Dios de Isaías que venda los corazones desgarrados, que busca a todos los prisioneros para remeterlos a la luz, libres. Dar testimonio de Él que, como dice san Pablo, ha hecho resplandecer la vida, ha dado esplendor y belleza a la existencia.

El Bautista, en el imaginario de muchos fieles, es percibido como una figura austera en el aspro desierto de Judea, enflaquecido por los muchos ayunos, cubierto sólo de un “manto hecho de pelo de camello” (Mt 3,4), gritando el llamado a la conversión. Sí, Juan es un inflexible fustigador de comportamientos licenciosos (ver la historia entre Herodes y Herodías, Mt 14, 1-12) y de engañosas hipocresías (trata a los fariseos como “raza de víboras” Mt 3,7), sin embargo, a pesar de eso, no es un asceta fosco, ni un triste maestro de moral. Ningún personaje del Evangelio tiene un vínculo tan fuerte con el gozo, como Juan el Bautista.

El niño que nacerá de ti, “será para ti un gozo muy grande” anuncia el ángel al incrédulo padre de Juan, Zacarías (Lc 1,14). “El niño dio saltos de alegría en mi vientre” dice Isabel a María, “al oír tu saludo” (Lc 1,41), y esa alegría da como la nota por el canto del Magníficat a la Madre de Jesús. Y en fin las palabras con las cuales Juan se despide de la escena de ese mundo, antes de ir a morir decapitado, que son como los últimos versos de un largo canto de intensa, perfecta alegría: “El amigo del novio… se alegra con solo oír su voz. Ahora ese gozo se ha cumplido para mí” (Jn 3,29). Tenía razón san Agustín cuando escribía: “Se conoce bien a alguien sólo por la vía de la amistad”.

El gozo que el Precursor nos contagia, podemos traducirlo con la invitación de san Pablo: “Estad siempre alegres” (1Tes 5,16) y “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (Fil 4,4). Como ya nos decía el profeta Isaías: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”; canto al cual hace como eco en el Magníficat, María: “Mi alma exulta en mi Dios”.

En su saludo final a la comunidad de Tesalónica, san Pablo exhortaba: “estad siempre alegres”, utilizando el mismo verbo, “χαιρε”, utilizado por el ángel Gabriel en su salutación a María: ¡Regocíjate, alégrate! Casi un primer eco escrito de las Beatitudes en la Iglesia naciente.

Pero, ¿cómo es posible “estar siempre alegres”? Es posible, no porque las cosas vayan siempre bien, sino porque Dios nos ama siempre y nunca deja de querernos y darnos cosas buenas. El Señor se deja encontrar por quien lo busca con corazón sincero, y puede hacer infinitamente más de lo que nosotros podemos pedir o pensar, y es mucho más listo a dar que nosotros a pedir. Es posible estar siempre alegres, porque el Señor está cerca.

El gozo es posible, porque la fe engendra la invencible certeza que somos amados por Dios Padre, Abbá; y esa certeza hace nacer la gratitud, y la gratitud conduce a la confianza, y la confianza es vía al abandono en las manos fuertes y cariñosas del Señor, y el abandono hace florecer en el corazón el gozo. Porque el Señor está cerca.

El gozo es posible porque Dios es el Dios del amor y tiene por nosotros proyectos de paz y no de desventuras; y luego todo es gracia: también lo que puede parecernos el estertor de una agonía, es en realidad el vagido de una nueva vida. Ni la enfermedad, ni la vejez, ni un dolor, ni un fracaso o un infortunio, nada ni nadie podrá separarnos del amor de Cristo, ni la muerte. Todas esas cosas podrán hacernos gemir y llorar, pero nunca podrán apagar el gozo y la paz dentro de nosotros. La fe no elimina la cruz, sino más bien nos hace vivir el tiempo de la cruz en intima comunión con el Crucificado. Porque el Crucificado ha resucitado y ya no estamos solos, porque el Señor está cerca.

El gozo es posible porque el Espíritu del amor ha sido vertido en nuestros corazones, y no hay cansancio ni desilusión, no hay eventos o circunstancias que puedan desmentir la esperanza que ya nos pertenece: nadie podrá arrebatarnos nuestro gozo. Y con el don del Espíritu nos ha sido ofrecida una reserva infinita de coraje, nuestra pobreza se ha llenado de la misma posibilidad de Dios, la de amar a todos, siempre, a cualquier costa. Y cuando se ama, no sólo el corazón se llena de dulzura, sino todo se ilumina de alegría. Porque el Señor está cerca.

El Bautista “vino como testigo, para dar testimonio de la luz”. El testigo es alguien que ha visto, ha encontrado, ha experimentado, tiene en el corazón la Palabra que proclama a los demás, para que todos reconozcan la luz de la vida y entren en dialogo con Dios. En la última Cena (Jn 15,11…) Jesús decía a sus apóstoles: “mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud”. Jesús quiere que crezcamos en su alegría y un poco más antes (Jn 15,7) nos dice cómo, amando a Dios y a los hermanos, creciendo en la amistad con Dios y con sus hijos.

Hay una responsabilidad de los discípulos en el no ser “voz”. San Gregorio Magno amonestaba a los cristianos: “No rehúsen al prójimo la limosna de la Palabra, cada uno según sus capacidades”. Ser una voz que sabe hablar al corazón de los hombres, diciéndoles que el Señor está cerca, ama a todos y particularmente a los pobres. Por eso, podemos aplicar a nosotros también las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre de mí…. me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor”.

Contemplemos al Señor que viene, pues la contemplación es un simple ser acompañados por una mirada. Digamos al Señor: Ven, Señor Jesús, y tu misericordia nos salvará de nuestra miseria. Ven, Señor Jesús, y tu luz vencerá nuestra tiniebla. Ven, Señor Jesús, y tu gozo iluminará nuestra tristeza. Ven, Señor Jesús.

Amen.

P. Franco Noventa, Misionero Comboniano

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