Vino para servir y no para ser servido

Reflexión del Evangelio

XXXIV Domingo del tiempo Ordinario

SOLEMNIDAD DE CRISTO, REY DEL UNIVERSO

Mt 25, 31-46

22.11.2020


 

Con la solemnidad de Cristo Rey se cierra el año litúrgico. Es el momento más fuerte para mirar atrás y dar gracias, y en el mismo tiempo hacer un balance para ver si hemos caminado como discípulos de Cristo volviéndonos un poco mejores de lo que éramos hace un año. Cada verificación parte desde algunas preguntas que el Evangelio mismo de hoy nos ofrece. Somos como unos estudiantes privilegiados: ¡se nos entregan de antemano las preguntas del examen final y.… las buenas respuestas!

La liturgia nos invita a contemplar la realeza de Cristo. Ella no tiene nada que ver con el poder y el dominio, sino más bien con el don de sí mismo y el servicio, hasta la cruz. Jesús se define a sí mismo como servidor de la vida: “He venido para servir y no para ser servido”; “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”; “esto es mi cuerpo entregado por vosotros”. Jesús es rey por la obstinación de su amor que no condena a nadie, y ofrece a todos una palabra, un gesto y una mirada de amor, especialmente a los pobres y a los pecadores. Jesús es rey en la pobreza, pues las riquezas tantas veces endurecen el corazón.

A nosotros se nos pide de vivir como Jesús ha vivido. Ese será el examen final. Examen que es para todos, cristianos y paganos, musulmanes y ateos, miembros de cualquiera religión o laicos. Siempre me ha sorprendido ese evangelio: no se nos pide si hemos participado a la Misa cada domingo, si estuvimos en algún grupo eclesial, si hemos rezado el rosario, si fuimos sacerdotes…: cosas buenas, pero sólo se nos pedirá si hemos amado a los más pequeños con los cuales Jesús se identifica.

Jesús nos lo dice con anticipación para abrirnos los ojos sobre lo que estamos haciendo ahora. Cuando por cada hombre se concluirá su historia en la tierra, cuando cada uno se quedará solo con sí mismo y con Dios, un solo bien quedará precioso: el amor donado a quien sufre. Sólo eso cuenta.

El juez universal del fin de los tiempos, que todos reconocerán como Rey y Señor, ya ha venido en las lágrimas, en el hambre y la sed de billones de hombres; estaba allá donde nosotros nunca querríamos estar: en la calle, sin abrigo, en la cárcel, en la soledad de una casa sin nunca una visita; estaba en aquellos que sólo han experimentado el dolor de vivir y la falta de esperanza. Los pobres son sacramento de Cristo, no porque son buenos y honestos, sino simplemente porque son pobres.

Nuestro destino eterno se juega en la capacidad de ver y amar al Señor en los últimos, los hambrientos, los sedientos, los excluidos y los desnudos, los enfermos y los reclusos y no importa si sabes o no sabes que en ellos está presente Jesús mismo. “Cuando abandonamos a un necesitado estamos abandonando a Dios. Cuando aliviamos su sufrimiento lo estamos haciendo con Dios” (J.A. Pagola).

Cristiano o ateo, lo que cuenta es la compasión y la ayuda, un corazón movido por los sentimientos de Cristo, sea que uno lo sepa o no. La ayuda y el amor a los pobres decide de nuestra salvación. La salvación de los individuos y también de la sociedad, ya desde hoy.

El Evangelio nos asegura que entraremos en el cielo sólo si habremos entrado en la vida y en la casa de quien sufre, si habremos cuidado de la porción de lágrimas (de los pequeños, de los forasteros, de los sufridos) que fue confiada a cada uno de nosotros. En el juicio el Señor mirará entorno de mí, para ver si alguien ha sido por mí consolado, si alguien ha recibido de mí esperanza y fuerza para continuar su camino y seguir viviendo. Dios no buscará mis fragilidades, sino el bien hecho.

Dios no nos pide milagros, sino de cuidar; no nos pide de sanar a los que sufren, sino de visitarlos. Pienso a tantas casas donde se cuida de un anciano, donde se atiende a un enfermo con ternura y sin clamores, donde se da esperanza a una persona traicionada, abandonada, separada, a un hijo discapacitado. A veces a precio de humilde y silencioso heroísmo. Allá el juicio ya está escrito: “Venid, benditos”.

Yo no temo mi fragilidad delante de Dios, temo mi indiferencia en esta vida. El futuro no se espera, se crea. Nuestro futuro, nuestro Paraíso, nuestro cielo, nacerá del bien que yo, tú, nosotros habremos donado a los Lázaros innumerables de la tierra. Porque Dios está allá donde ninguno de nosotros querría estar: con los últimos de la tierra.

Dios no mide tus fragilidades, sino tu bondad. Por eso tenemos que temer sobre todo las manos vacías. Para las manos sucias habrá el perdón, basta ponerse de rodillas; pero para las manos vacías, única respuesta es la nada de una vida apagada. Un pecado se redime, pero ¿quién redime una vida de rechazos, una vida de indiferencia? Los archivos de Dios no guardan los pecados para sacarlos en el último día; los archivos de Dios están llenos de gestos de bondad, de lágrimas enjugadas.

Los pobres que nos rodean nos recuerdan la extrema vulnerabilidad de toda la vida, nos vuelven más humildes, nos invitan a no desperdiciar la vida y la eternidad cuidando sólo a nuestro propio yo, indiferentes a las necesidades de los hermanos. Como decía San Basilio (329-379): “El pan que te sobra es el pan del hambriento. La túnica colgada en tu armario, es la túnica de quien está nudo. Los zapatos que no usas, son los zapatos de los descalzos. El dinero que tienes escondido, es el dinero del pobre. Las obras de caridad que no haces, son injusticias que cometes”.

Fiesta del Señor Jesús, Rey del universo. Un rey, como nos dice Ezequiel, que es pastor, que va en búsqueda de sus ovejas. Si en lugar de “ovejas” ponemos nuestro nombre, la lectura se vuelve en: “Él va en búsqueda de mí, me regresa al redil, me venda, cuida de mí, me apacienta”. Un rey que me pide de hacer lo mismo con mis hermanos, para poder un día ser acogido en la vida eterna.

“La esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia el gozo eterno” (Papa Francisco 2,11.2020).

La Iglesia, y nosotros con ella, sabe que, en su amor al último, ama a su Señor y vive; sabe que no es ella la que salva al pobre, sino que es el pobre aquel que la salva a ella. Por Jesús el “sentido de la vida” no depende de lo que haces por Dios sino de lo que haces por el hombre. Te propone un estilo de vida. Te dice que si cuidas del pobre das sentido a tu existencia. Te dice que, si compartes, ya desde ahora vives tu paraíso. Que bello pensar que, en el otro, encuentro a Dios, que cada vez que doy una caricia a un enfermo o a un pobre, acaricio a Dios.

“En la persona de los pobres hay una presencia especial de Jesús, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos” (San Juan Pablo II 2001). Así sea para nosotros.

Amen.

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