Domingo XXVIII del tiempo Ordinario

El domingo pasado Isaías había entonado el “canto de la viña”, hoy nos presenta como un “canto del banquete”. La comida, en todas las culturas, es un medio muy fuerte para expresar amistad, dialogo, intimidad: “delante de mí tu preparas una mesa… y mi copa rebosa” (Sal 22).

Jesús conocía muy bien la vida dura y monótona de los campesinos. Sabia como esperaban la llegada del sábado para liberarse del trabajo. Los veía disfrutar en las fiestas y en las bodas.

Los invitados a ese banquete del Señor son todos los hombres. Se abre un horizonte de felicidad, de esperanza y de alegría para esos invitados, puestos bajo la mano del Señor. Es la dimensión universal de la salvación, que celebramos particularmente en ese mes de octubre y que ha vivido de una manera intensa san Daniel Comboni, fundador de los Combonianos y Combonianas.

Jesús amaba el signo de la comida, en su vida y en sus palabras. Pensemos a las bodas de Cana, al banquete del gozo por la vocación de Mateo, a aquel de la salvación por Zaqueo, al banquete de la amistad con Lázaro, Marta y María. Pensemos a la comida de revelación en aquella modesta casa de Emaús, al pescado asado por el Cristo resucitado en la orilla del lago de Tiberíades, hasta el gran banquete del Reino abierto a todos los pueblos, de Oriente y de Occidente (Mt 8, 11-12).

El banquete se vuelve entonces en el símbolo de los dones generosos de Dios, de su salvación ofrecida con abundancia a todos. A todos Jesús nos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

En la parábola del gran banquete de boda del hijo del rey, vemos a los primeros invitados, los privilegiados, que responden con indiferencia o molestia o hasta con violencia. Piensan poseer ya lo que es necesario a una vida sin problemas. Representan las guías espirituales de Israel. Solamente los pobres están en condiciones de comprender la gratuidad del amor de Dios.

Muchos cristianos, tristemente, satisfechos con su bienestar, sordos a todo lo que no sea su interés, no creen necesitar de Dios. ¿No nos estamos acostumbrando poco a poco a vivir sin necesidad de una esperanza ultima?

La invitación de Dios no cesa por el rechazo de los primeros invitados y resuena por aquel mundo de pobres, de marginados y excluidos de los banquetes oficiales y que nadie querría tener cerca de sí, porque huelen malo, son ignorantes y maleducados. Es la nueva comunidad de las Beatitudes. Ellos aceptan con alegría y no se preocupan de los cálculos y conveniencias sociales. “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los cojos y a los ciegos. Que suerte para ti si ellos no pueden compensarte. Pues tu recompensa la recibirás en la resurrección de los justos” (Lc 14, 13-14).

Todos son invitados, “buenos y malos”. En su vida, Jesús comía no sólo con sus discípulos, sino también con personas poco recomendables, como hacen notar fariseos y escribas, come con publicanos, pecadores y prostitutas.

Dios no busca a servidores, sino a gente que se deje amar por él, que se deje volver feliz por él. Porque Dios es el solo que conforta la vida y la hace alegre y fuerte. Yo lo sé bien que nunca seré digno, pues soy sólo uno de los que están en “los cruces de los caminos”, pero acojo la invitación y dejo que Dios sea Dios, el Dios de la comunión, el Dios del don, el Dios que es Padre.

Pero también entre los últimos invitados puede nacer un drama.  Hubo uno que entró en la sala del banquete sin traje de fiesta.  En Oriente los servidores lavaban los pies del invitado, le echaban perfume en la cabeza, lo coronaban de flores, lo acogían con un beso y le ofrecían un traje de fiesta. Aquel que no quiso, será arrojado fuera. Es posible fracasar la vida y hacer elecciones de muerte. En la sala de la fiesta buenos y malos se confunden, pero él no se confunde con los demás, no ha tratado de ser en comunión con los demás.

Quizás aquel hombre no ha creído a la fiesta, no cree posible que un rey invite de verdad a su palacio a andrajosos y pobretes, justos y pecadores. Un rey no hace así, piensa ese hombre; un rey llama a los de su rango, llama a los poderosos. Un rey toma y nunca dona. Es el drama del hombre que se ha equivocado sobre Dios; porque equivocarse sobre Dios es una tragedia, es lo peor que nos pueda ocurrir.

¿Cuál es entonces el traje que tenemos que ponernos para no fallar nuestra vida? Cuando fuimos bautizados, el sacerdote nos puso una veste blanca, diciendo: “te has revestido de Cristo”. Y todo el resto de la vida será pasado a revestirnos de Cristo, a tener sus sentimientos, a nutrirnos de sus palabras, a pensar como él, a sembrar sobre la tierra sus gestos, sus palabras, sus horizontes. A respirar Cristo. No basta decirnos cristianos, hace falta serlo. Sin cambio de vestido, es decir sin conversión del corazón, no se puede participar al banquete con Dios.

Entonces haremos la experiencia bellísima de san Pablo que hemos escuchado en la II lectura: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Dios no nos regala la solución de los problemas, sino la fuerza para enfrentarlos. Dios no nos garantiza la salud o la riqueza, sino nos asegura la fuerza en la enfermedad. Dios no dona la abundancia, sino hace nacer la belleza del compartir. Con un Dios así, que me da la fuerza, yo siento brotar la esperanza; él no me quita la noche de las pruebas, pero me da ojos que traspasan las tinieblas; no impide las tempestades de mi vida, pero me da fuerza para que yo continúe a remar, a gobernar el timón.

La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús. Y todos estamos llamados a dar nuestra amistad y sostén a los que dedican toda su vida a anunciar el Evangelio, los misioneros. San Pablo que está en la cárcel, se alegra con los Filipenses por haber compartido su tribulación, por la amistad y sostén que le mostraron. Pablo asegura que Dios ama y protege a sus enviados y recompensará de una manera riquísima los gestos de generosidad cumplidos en favor de ellos. A nosotros de hacer por ellos lo que Dios hace por nosotros: llevarles gozo, infundirles fuerza.

Así sea para nosotros. Amen.

P. Franco Noventa, mccj

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