P. Victorino Girardi S.mccj
Hay experiencias que determinan nuestro modo de pensar y de ver y de “sentir” la realidad. A lo largo de mi ya larga vida, las experiencias tenidas con personas mayores y ancianas, han hecho que espontáneamente yo una la ancianidad y la misma vejez a una profunda sensación de paz y sabiduría.
Mientras escribo, varias de estas personas “llenan” mi memoria. La primera de entre ellas, mi madre. Como misionero, podía encontrarme con ella cada dos-tres años. Volviendo a casa, la encontraba cada vez más sabia y en paz con todos, inclusive con los… achaques que, obviamente, le iban aumentando.
He aquí una de las últimas experiencias tenidas a su lado. Con 86 años, se encontraba invadida por el cáncer. Una mañana, le pregunto: “Mamá, ¿cómo pasaste la noche?” Serena, en paz, me contesta: “ahí vamos…en el sueño vi a tu papá, lo vi tan contento, me está esperando”. Yo sabía que ella no podía tener un sueño prolongado, porque el cáncer con los dolores y otros inconvenientes que le causaban, no se lo permitía, pero de eso, ella nada me dijo. Lo que más le importaba era hablarme de mi padre y que pronto se encontraría con él…Él había muerto hacía ya más que 33 años, pero él había seguido presente y estaba esperando a mi mamá.
La de mi madre era la paz de quien ha encontrado que en nuestra vida no estamos solos y que todo lo nuestro, no cae en el vacío y que tiene una resonancia en el Corazón de Dios. Él nos piensa y todo lo nuestro le interesa.
En otra ocasión, después de que mi madre volvía de visitar a una señora anciana, afectada por profundas llagas, le pregunté: “mamá, ¿por qué fuiste a visitarla?” Me contestó: “Victorino, si no voy yo, no va nadie”. Ella sabía que hay que estar cerca de los últimos, de los abandonados y que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch. 20-35). En efecto ella volvía de aquella visita, muy enriquecida y…en paz.
Entré al seminario menor a los once años y medio y durante aquellos primeros años, me llamaba la atención que con los sacerdotes que se encargaban de nosotros, vivía un misionero anciano, de largas barbas blancas. No tenía casi relación con nosotros, chiquillos adolecentes, pero él no pasaba desapercibido: nos impacta su porte de anciano «sabio y en paz”.
Han pasado muchos años, pero aún recuerdo su nombre, P. Cayetano Montanari. Cuando llegó el momento de dejar el Seminario Menor, y pasar a la etapa siguiente del Noviciado, de acuerdo con un compañero, un día llamamos a su cuarto. Queríamos despedirnos y escuchar, un poco al menos, a ese Anciano sabio y cuya presencia nos infundía paz. Él nos acogió con extra bondad. Le pedimos que nos hablara de su experiencia misionera en Sudán-África…Nos sorprendió: sus palabras fueron pocas. Durante los primeros años –nos dijo-me dediqué a aprender bien dos idiomas, primero el árabe popular y luego la lengua de la tribu en que me encontraba. Siguieron quince largos años para ver si lograba convencer aquella población de que nosotros misioneros no éramos esclavistas. Y es que a los únicos blancos que aquellos africanos habían conocido en los años anteriores, habían llegado allá para llevarse a esclavos. Cuando me parecía que ya había creado un ambiente de confianza con mis africanos, me enfermé gravemente y los superiores me ordenaron que volviera a mi patria.
Nada de grandes éxitos, nada de protagonismo ni de añoranzas, pero estábamos con un anciano que gozaba de la paz de la sabiduría, porque convencido de que hizo lo que pudo y de que Dios lo tiene en cuenta todo. Han pasado ya 63 años desde aquel encuentro. Ya no volví a ver aquel P. Anciano, pero su sabiduría ha sido buena “semilla” para mi vida misionera.
Hay Ancianos cuyos encuentros dejan a uno con el deseo de ser mejor
Esto ha sido mi experiencia de todas las veces en que tuve la dicha de encontrarme con el Papa Benedicto XVI. Tuve siempre la viva impresión de encontrarme con un Anciano, además de “sabio”, “santo”; un hombre “habitado por Dios”, y entonces que comunica, aún sin proponérselo, lo que le habita. Se me olvidaba que estaba con el Papa y espontáneamente me brotaba decirle “cosas muy mías”, que él acogida con total disponibilidad, casi que él no tuviera otra cosa que hacer….Todavía hoy, pensar en aquellos encuentros, me descansa espiritualmente.
Tengo aquí delante el volumen de sus Últimas Conversaciones con Peter Seewald. Este, hacía el final, le pregunta:¿es posible prepararse para la muerte? El Papa Benedicto le responde: «Pienso que incluso es necesario hacerlo. Pensar en que uno abandonará este mundo y se presentará ante Dios y ante los santos y ante los amigos y ante quienes no lo fueron tanto. O sea, la preparación para la muerte consiste en aceptar la finitud de esta vida y encaminarse interiormente hacia el encuentro con el rostro de Dios (…). Lo importante es vivir con la conciencia de que toda la vida se dirige hacia el Encuentro”.
