La entrega es fruto de la libertad

Hemos visto hasta ahora los medios objetivos que ayudan a saber lo que Dios nos pide. Pero llega un momento -después de pedir consejo, de dejarnos ayudar- en que tenemos que decidirnos. La volun­tad suspende la deliberación de nuestro intelecto y se decide por una de las posibilidades y obra en con­secuencia. La deliberación, que en algunos momen­tos se presenta como duda: —¿me pedirá Dios esto, o me pedirá otra cosa?-, no puede prolongarse inde­finidamente.

En un proceso normal, vemos que Dios nos pide más, pero no nos decidimos; queremos tomar una re­solución, pero nos resistimos; consultamos, pero qui­zás persiste la duda. En esta fase de deliberación pe­dimos consejo a quien puede dárnoslo. «Pero el con­sejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por facto­res irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad».

Y si alguno pensase que la entrega es una hipo­teca de su libertad, le pueden servir de reflexión es­tas palabras: nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Miren, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de su amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecun­da, y el bien de los hijos proviene de esta bendita li­bertad, que supone entrega, y proviene de esa ben­dita entrega, que es precisamente libertad. Insisto, y quisiera grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente.

La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no lo con­cibo. No es un juego de palabras, más o menos acer­tado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y reno­varse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios.

Y sin lugar a dudas es en la juventud cuando se toman las grandes decisiones para toda la vida; es en la juventud cuan­do se tiene el corazón grande y sin ataduras para comprometerse a trabajar en la viña del Señor des­de la primera hora (aunque a otros los llama a última hora del día).

Y te puedes plantear: ¿cuál es la me­jor edad para entregarse a Dios? Sin duda, aquella en la que te planteas la correspondencia a la llama­da: la hora es cuando Dios quiere que respondas, que te comprometas. El «después» no sabes si llegará o si Dios te seguirá llamando.

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