1. Cuando Moisés, viendo que la zarza ardía sin consumirse, se dijo: “voy a acercarme para ver este extraño caso”, escuchó la voz de Dios que le decía: “Moisés, Moisés, no te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es suelo sagrado” (Ex 3, 3.5).
Es la escena bíblica que espontáneamente afloró a mi memoria cuando recibí la invitación a escribir “algo” acerca de la próxima canonización de nuestro Mons. Óscar A. Romero y del Papa Pablo VI. Es enorme el respeto, la admiración, el asombro que uno experimenta cuando se acerca a estas dos “zarzas ardiendo”, que en lugar de apagarse, siguen calentando, iluminando más y más a nuestra Iglesia.
Distintos por muchas y muy marcadas diferencias: geográficas, culturales, temperamentales… pero no distantes, porque están profunda y vitalmente unidos por el mismo y apasionado amor: “el amor a la Iglesia, el amor a Cristo, y el amor al hombre”. Se trata de lo que Mons. Óscar Romero y Pablo VI más nos han enseñado y testimoniado.
Hacía poco que el Papa Francisco había sido escogido como sucesor de San Pedro, y recibiendo el 22 de junio del 2013 a unos peregrinos de la Diócesis de origen de Pablo VI, Brescia en Italia, les recordó: “Pablo VI ha sabido testimoniar, en años muy difíciles la fe en Cristo Jesús. Todavía resuena, más viva que nunca, su invocación: “¡Tú nos eres necesario, oh Cristo!”.
Amor a Cristo, amor a la Iglesia, amor al hombre, son las coordenadas esenciales que delinean toda la intensa, heroica, existencia de Pablo VI y de Mons. Óscar; su vida de hombres, de sacerdotes y de pastores.
Llevaban en sí tesoros de Gracia, pero como diría san Pablo, en “vasijas de barro” (2 Co 4, 7). Por todos es conocida la fragilidad física y psicológica de Mons. Óscar: hasta los últimos días de su vida pedía la ayuda de un prolongado acompañamiento psicológico y psiquiátrico, además del acompañamiento espiritual. Con extrema sinceridad y humildad apunta en sus notas personales: “el médico sintetiza así mi temperamento: compulsivo, obsesivo y perfeccionista”. Sus diarios, el de los años de seminarista en Roma y luego el de su período de episcopado, nos dan fe de los momentos de angustiosa soledad e inclusive de inseguridad que él experimentaba particularmente frente a los que él pensaba que lo estaban juzgando… La soledad suya es inclusive amarga y triste, cuando advierte que se encuentra aislado en la misma Conferencia Episcopal de su amado El Salvador y cuando se entera de los comentarios negativos que circulaban en la Secretaría de Estado del Vaticano, acerca de sus homilías e intervenciones.
De parte de Pablo VI baste el siguiente texto redactado durante la semana de ejercicios espirituales a los pocos meses de haber sido elegido Papa (1963). “Es necesario que me dé cuenta de la posición y de la función que ya me corresponden, que me caracterizan y que me hacen inexorablemente responsable delante de Dios, de la Iglesia y de los hombres. La posición es única. Es decir, que ella me sitúa en una extrema soledad. Ya era grande antes, pero ahora es total y tremenda. Me da vértigo” […] Nada ni nadie está cerca de mí. Debo estar solo, debo decidir solo, conversar conmigo mismo, deliberar y pensar en el fuero íntimo de mi conciencia […]. También Jesús en la cruz estaba solo. También yo debo aceptar esta soledad”.
Fragilidad y soledad que el Espíritu del Señor transformó en fortaleza y comunión. No cabe explicar de otro modo cómo pudiera Mons. Óscar Romero enfrentar todo tipo de obstáculos para
pastorear con heroica fidelidad la Iglesia de San Salvador y Pablo VI guiar con extrema prudencia y eficacia la Nave de Pedro durante el agitado período del post Concilio.
2. A los dos santos -lo repetimos, distintos pero no distantes- cabe aplicarles lo que en su momento escribió otro “experto” de la acción de Dios en nuestra fragilidad, Henry Nouwen. “La vida espiritual no es una vida anterior, posterior o exterior a nuestra existencia cristiana. No, la vida espiritual (es decir, guiada por la fuerza del Espíritu) sólo es real cuando se vive en medio de nuestras penas y alegrías de aquí y ahora. Por tanto, tenemos que comenzar con una mirada atenta a cómo pensamos, hablamos, sentimos y actuamos en cada momento, de hora en hora, de día en día, semana tras semana y año tras año, para hacernos plenamente conscientes de nuestra necesidad de la fuerza del Espíritu.
Cristo lo es todo para nosotros. Esa afirmación de san Ambrosio, nos lleva al fondo de la existencia martirial de Mons. Óscar y de Pablo VI.
San Pablo diría: “mi vida es Cristo” (Fil 1, 21). En Él lo encontraron todo. La fuerza y valentía para una misión que sentían que les desbordaba, y a la vez, la suficiente serenidad e inclusive “alegría” para enfrentar situaciones humanamente imposibles.
San Pablo VI, recién llegado a Milán como arzobispo, en su primera carta pastoral (1955), titulada precisamente “Omnia Novis est Christus”, es decir, Cristo lo es todo para nosotros, hizo suyas las conocidas y conmovedoras expresiones de san Ambrosio, su antiguo predecesor en la Arquidiócesis, “todo lo tenemos en Cristo -escribe- Cristo lo es todo para nosotros. Si tú quieres curar tus heridas, Él es el médico; si ardes por la fiebre, Él es la fuente de agua fresca; si te sientes oprimido por la maldad, Él es la santidad; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si temes la muerte, Él es la Vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si quieres huir de las tinieblas, Él es la luz; si buscas comida, Él es el alimento” y Pablo VI concluye: “Esto es lo que debemos reconocer, confesar y celebrar. A Él está atado nuestro destino, a Él que es nuestra Salvación”.
Con la misma pasión por Cristo, Mons. Óscar Romero escribía en sus apuntes espirituales: “quisiera distinguirme por eso: por ser el Obispo del corazón de Jesús […] mi compromiso con Cristo se hace más exigente. La sucesión apostólica me coloca como uno de los Doce, frente a Cristo”.
Otra vez se trata de la experiencia y de las afirmaciones de San Pablo que espontáneamente recordamos: “Así que muy a gusto me gloriaré yo de mi debilidad, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en las enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias sufridas por Cristo. Cuando soy débil entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10).
He querido acercarme a estos dos “gigantes” de la santidad y del martirio, desde la “fragilidad” que ellos experimentaban y sufrían, porque estoy convencido de que ellos mismos eran los primeros sorprendidos del poder extraordinario de la Gracia en la debilidad. Ellos mismos sentían toda la fuerza de la afirmación de Jesús: “Te basta mi gracia; que en la debilidad se muestra perfecta la omnipotencia” (2 Co 12, 9). Su vida es precisamente un canto al poder de la Gracia.
Monseñor Vittori Girardi mccj
Obispo Emérito de Tilarán – Liberia


para entrar en comuni n con Dios Padre; para llegar a ser hijos adoptivos suyos contigo que eres su Hijo nico y Se or nuestro; para ser regenerados en el Esp ritu Santo.