II Lección de Aula Misionera
El Papa San Juan Pablo II, al iniciar su pontificado tomó la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra, para poner de manifiesto la solicitud evangelizadora de la Iglesia. Su contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo, le convenció aún más de la urgencia de la actividad misionera.
Viene espontáneo preguntar: ¿Cuáles razones sustentan esta afirmación del Pontífice? San Pablo, hablando desde su experiencia y empuje apostólico, decía a los cristianos de Corinto, en su segunda carta: “La caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14). El amor de Jesús hacia nosotros y el amor que le tenemos a Jesús nos urgen, a que tomemos cartas en el asunto de la misión universal de la Iglesia.
La razón suprema que sustenta y urge la actividad misionera es el amor de Dios. Hemos hablado ya del proyecto de Dios para los humanos. Dios quiere hijos en su Hijo bien amado: quiere que todos se integren en su gran familia en calidad de hijos y de hermanos. Este es el plan que más le gustó desde toda la eternidad y el que determinó realizar por medio del Hijo y del Espíritu Santo.
San Juan Pablo II en la Carta Encíclica La Misión de Cristo Redentor (Redemptoris Missio)dice: ‘La salvación consiste en creer y en acoger el misterio del Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús mediante el Espíritu. El Antiguo Testamento atestigua que Dios ha escogido y formado un pueblo para revelar y llevar a cabo su designio de amor. Israel tiene experiencia de un Dios Personal y Salvador, del cual se convierte en testigo y portavoz en medio de las naciones. A lo largo de su propia historia, Israel adquiere conciencia de que su elección tiene un significado universal” (RM 12).
La misión es obra de amor, cuya hoguera es la Trinidad. Por amor y en obediencia al Padre, el Hijo entra en nuestra historia, haciéndose uno de nosotros, sin dejar de ser lo que era, en su persona v obra se presenta como modelo y artífice del hijo, que Dios quiere formar en cada creyente por el don del Espíritu Santo, que es amor.
Las Escrituras presentan la “misión” de las tres Divinas Personas en relación a nosotros: creación, redención santificación. Dios nos creó y nos eligió en Cristo, para que seamos sus Hijos y “ha derramado en nuestros corazones su amor, por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rm 5,5).
1. La Iglesia comunión de amor
El Concilio Vaticano II profesa que la Iglesia ha sido constituida por Dios como sacramento universal de salvación: “Todos los humanos son llamados a la unidad católica del Pueblo de Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los humanos en general, llamados a la salvación por la gracia de Dios” (LG13).
La Iglesia es sacramento, es decir, signo eficaz de la comunión de los humanos con Dios y entre sí. La comunión no es yuxtaposición ocasional, sino fusión de corazones en el amor, que da el Espíritu Santo. De los primeros cristianos se afirma que “eran un solo corazón y una sola alma”.
La Iglesia, fecundada por la Palabra, engendra continuamente a los nuevos hijos de Dios por el Espíritu. La Iglesia es sacramento universal de la salvación: comunica el amor que recibe del Padre, a través del Hijo en el Espíritu Santo.
La Iglesia ofrece a los humanos el Evangelio, que responde a las hondas aspiraciones del corazón y que es siempre Buena Nueva. La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús vino a revelar el rostro de Dios y a ofrecer a todos la salvación por el misterio pascual.
La Iglesia es obra del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; existe para hacer presente y comunicar ese amor a los humanos. Ella cree en ese amor y vive para hacerlo accesible a todos.
2. Nosotros hemos creído en el amor

La Misión se actualiza siempre con el poder del Señor. Seminaristas combonianos en Talamanca, Costa Rica, en julio de 2018, fueron a mostrar el rostro de Cristo a diferentes comunidades.
Nosotros somos la Iglesia de Jesús porque creemos en su amor. Él ha venido para congregar en la unidad de su Pueblo a los hijos de Dios dispersos por el pecado. Si el amor de Jesús inunda nuestro corazón, no podemos callar, no podemos quedamos con los brazos cruzados:
“¿Pedro me amas? – le pregunta Jesús – Apacienta mis corderos… a mis ovejas” (Jn 21,15 -17). La misión es cuestión de amor. Si el corazón rebosa de amor, brota pujante la necesidad de proclamar a Jesús al mundo. Pablo confesaba que para él la misión no era una obligación, sino una necesidad: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). No hablar de Jesús significaría no compartir el gozo y la paz de su vida. Cuando el discípulo está enamorado de Jesús, habla desde la abundancia de su corazón, de lo que le hierve dentro.
No hay otro motivo que lo apremie, sólo el amor: “El amor nos urge” – confesaba Pablo – Nada lo mueve, nada lo detiene. El amor lo supera y lo puede todo.
3. ¿Para qué la Misión? ¿Por qué la Misión?
- Para que los humanos se abran al amor de Dios, se realicen auténticamente, conozcan la verdadera liberación, salgan de toda forma de alineación y extravío. Cristo es verdaderamente nuestra paz, nos reconcilia con Dios y con nuestros semejantes, da sentido a nuestra vida y nos colma de alegría.
- Para ayudar a nuestros semejantes a tomar conciencia de lo que son y de lo que Dios quiere que sean: su dignidad, su grandeza, el don de Dios… “Si tú conocieras el don de Dios” – decía Jesús a la mujer samaritana. A nosotros, como a San Pablo, “se nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8). En Jesús Dios ofrece a todos una vida nueva, su misma vida. Esta es la Buena Nueva. A ella han sido llamados y destinados todos los humanos. La Iglesia, y en ella todo cristiano, no puede esconder, ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicada a todos.
- Para dar cumplimiento a la voluntad de Dios, que quiere que todos se salven en Cristo, no aisladamente, sino inspirándose en su única familia: la Iglesia.
- Para poner en práctica el mandato misionero del Fundador de la Iglesia, Jesús, quien, antes de subir al cielo, ha ordenado a los suyos que fueran por el mundo para anunciar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, manifestado en Cristo y comunicado a todos por el Espíritu Santo.
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,18 -19).
“Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16,15 -16).
“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24,46 – 47).
“Jesús les dijo: La paz sea con ustedes. Como el Padre me envió así los envío Yo a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban al Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedan retenidos” (Jn 20,21 -23).
- Porque nuestros semejantes la necesitan y tienen derecho a ella. El don de Dios es para todos. Nos corresponde hacerlos conscientes de ello. Lo pide la solidaridad humana y cristiana. El primer servicio, que la Iglesia y todo cristiano puede ofrecer a la humanidad, es el anuncio del evangelio.
- Porque el Espíritu nos hace “amigos, testigos y profetas”, como Juan Bautista anunciamos la venida del gran amigo Jesús, compartimos lo que tenemos.
4. Las exigencias actuales del mundo
La encíclica Redemptoris Missio hace notar que todavía hoy “a pueblos y áreas culturales de gran importancia; en no pocas naciones, no ha llegado aún el anuncio evangélico y la presencia de la Iglesia local” (RM 37).
Una consideración global sobre el estado actual de la evangelización en el mundo nos hace pensar – afirma la encíclica – que la “misión ad gentes está todavía en sus comienzos” (RM 40).
Unos datos pueden ser significativos en este contexto:
De los 100 millones de personas, que según los expertos, se añaden cada año al total de la humanidad, 64 millones nacen en Asia, y 23 millones en África. En Europa y en América, países tradicionalmente cristianos el aumento demográfico es insignificante o nulo.
Asia, donde se concentra la mitad de la población mundial, que ha alcanzado los siete mil millones, tiene sólo el 2% de católicos.
África, cuya población se calcula en 1000 millones, los católicos no superan el 15% de la población.
La Iglesia se encuentra frente a un desafío alarmante: por una parte, debe ir urgentemente al encuentro de los pueblos, que necesitan la primera evangelización, por otra parte, sufre una continua disminución de evangelizadores, y el número de cristianos no crece proporcionalmente a la población mundial.
Para hacernos una idea realista pensamos que de cada 6 personas que hay en nuestro mundo, dos son cristianas, cuatro no lo son. Los cristianos somos apenas una tercera parte de la población mundial, después de 2000 años de evangelización. Lo peor es que los cristianos estamos divididos y algunos se dedican a demoler la Iglesia católica, en lugar de ir a los pueblos no cristianos, para anunciarles el evangelio.
Para profundizar en la temática de esta segunda lección de Aula Misionera, queremos mostrarles al Padre José Moschetta mccj, quien nos cuenta cómo fue el inicio de la Misión del Instituto Misionero Comboniano en Centroamérica allá por el año de 1979. Agradecemos a la Conferencia Episcopal de Costa Rica la realización de este video.
Cuestionario para profundizar y compartir con los hermanos.
- La urgencia de la misión procede del amor. Explícalo
- ¿Qué decía San Pablo con respecto de la misión?
- ¿Cuál es el deber supremo e ineludible del cristiano?
- ¿Cuál es el mandato misionero en San Lucas?
- Indica el porcentaje de cristianos en la masa de 7000 millones de personas.
Puedes compartir tus inquietudes directamente con el Padre Piu, al correo electrónico: juanmapiu52@hotmail.com
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Dios le Bendiga padre gracias por compartir su sabiduría
Desde España le saludo Padre, lo voy a leer y le comento, gracias mil Padre Piu
Un gran abrazo
María Olga