La urgencia de la salida

+ Vittorino Girardi Stellin, mccj, Obispo Emérito de la Diócesis de Tilarán Liberia.

La mediocridad cristiana y el compromiso misionero no son compatibles.

1. La Evangelii Gaudium -El Gozo del Evangelio- el conocido y tan citado texto programático de nuestro Papa Francisco, ha lanzado una expresión que él mismo ha ido repitiendo a lo largo de estos cinco años de servicio petrino: nuestra Iglesia es una Iglesia en salida; en ella todos somos llamados a una nueva salida misionera (cfr 20). El Evangelio de san Marcos termina con una sección que, según nos afirman los expertos en ciencias bíblicas, no ha sido escrita por el mismo evangelista. Se trata, sin embargo, de unos versículos (9-20 del cap. 16) que forman parte de las Escrituras inspiradas y que representan “una auténtica reliquia de la primera generación cristiana”.

El redactor de esta breve sección, después de haber presentado un breve resumen de las distintas apariciones post pascuales de Jesús, presenta el mandato misionero: “Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Nueva a toda la creación […] Estas son las señales que los acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos se pondrán sanos” (Mc 16, 15-18).

“Vayan”, es la primera palabra de la entera sección. Los Apóstoles deben ir, deben salir al encuentro de los hombres. La misión supone un partir, un salir, fuera del propio ambiente, del propio país, de las propias comodidades y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

No podemos olvidarlo: todas las etapas importantes de la historia de la salvación están marcadas por una necesaria e imprescindible “salida”. Abraham debe salir de su tierra (cfr Gn 12, 1); Moisés debe dejar forzosamente el mundo de la seguridad de la corte faraónica (cfr Ex 2, 15); los profetas sienten la fuerte e insistente llamada a dejarlo todo para tomar la Palabra como única seguridad y guía para su caminar. A Jeremías le dijo Dios: “A donde quiera que Yo te envíe irás” (Jr 1, 7)… El mismo misterio de la Encarnación del Verbo, es contemplado y descrito como “salida”: “salí del Padre y he venido al mundo” (Jn 16, 28), declaró Jesús.

También para los Apóstoles llegó la hora de salir. Como Abraham, Moisés y todos los Profetas, también ellos acogen y hacen propia toda la fuerza del mandato: “vayan, yo los envío”.

No cabe duda, todo acontecimiento “grande” en la historia de la Iglesia, ha brotado de la disponibilidad de hombres y mujeres, que supieron acoger en la obediencia de la fe, aquel “vete, yo te envío; no temas, yo voy contigo” que Dios dijo a Moisés desde la zarza ardiendo (cfr Ex 3, 8-12).

2.Se trata de una constatación de máxima importancia y urgencia. Y, sin embargo, ya el Papa San Juan Pablo II, en su luminosa encíclica misionera Redemptoris Missio, con profunda pena y preocupación nos recordaba que la actividad específicamente misionera, la que entonces está marcada por una “salida” inclusive geográfica, está resultando “flaca, descuidada y olvidada” (RMi 34). No podemos permitirlo y debemos hacer todo lo posible, todo lo que depende de nosotros, para que la Iglesia de hoy, la nuestra, en cada parroquia, en cada comunidad, sienta dirigida a sí misma, a todos sus miembros, el mandato de Cristo: “vayan por todo el mundo”.

Los Apóstoles salieron con la única tarea: “proclamar el Evangelio”. Después de haber visto de nuevo a Jesús resucitado y transfigurado, ellos no dejaron de anunciar por todas partes ese acontecimiento central y fundante de la nueva historia humana. Jesús lo había recordado en otra ocasión, cuando habló a los suyos de su segunda venida, al final de los tiempos. “Antes de que el Hijo del hombre venga en su gloria -les había dicho-, es preciso que sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones” (Mc 13, 10).

3. El mismo Evangelio de Marcos concluye informándonos que los “Apóstoles salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra” (Mc 16, 20). Con esto se nos asegura una vez más, que la actividad misionera es ante todo actividad de Cristo, Evangelio del Padre. Es la actividad que Él va realizando “con” y “por medio” de los apóstoles de todos los tiempos. Éstos cuentan siempre con su presencia invisible, pero eficaz. Cristo sale, camina con su Iglesia, la acompaña y la guía, le abre nuevos campos de trabajo, la consuela y la consolida, la sostiene en las inevitables dificultades que se encuentran en la proclamación de un Reino que no es de este mundo. Cristo realiza todo esto con el poder de su Señorío logrado por su victoria sobre el pecado y la muerte, con su Resurrección. Él une su poder de resucitado con el poder comunicado a sus mensajeros.

Si constatamos una vinculación plena entre Pascua y Misión, también la misma conexión hay entre Santidad y Misión. En el V Congreso Americano Misionero, realizado recientemente en Santa Cruz de la Sierra, yo mismo, inspirándome en la exhortación del Papa Francisco, Gaudete et Exsultate (sobre la vocación a la santidad) afirmé: “la vocación universal a la misión está fuertemente vinculada a la vocación universal a la santidad… la mediocridad cristiana y el compromiso misionero no son compatibles… se trata de un anhelo de santidad que está en imprescindible conexión con el compromiso misionero. Tenemos urgente necesidad de santidad y santidad misionera; nos urge la pasión por Jesús y su misión”.

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