Reflexión Dominical
I Domingo de Adviento
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 21, 25-28.34-36
Domingo 2 de diciembre, 2018
Muchos de nosotros hemos vivido tantos “Advientos” y la Palabra que la Iglesia nos ofrece nos es familiar y corremos el riesgo de decirnos: “¡Sí, ya la conozco, siempre las mismas cosas!”. Al contrario, no, no es repetitiva, pues “la Palabra de Dios es un don siempre nuevo que el Señor nos hace al despuntar de cada día… para comprender de una manera nueva la antigua fidelidad de Dios, y… poder empezar cotidianamente, una nueva vida en Su compañía..” (D. Bonhoeffer).
Adviento: un Dios que viene a caminar con el hombre, no a condenarlo. Adviento, tiempo de la espera y de la esperanza, tiempo en que la humanidad entera, por boca de los creyentes, repite al Padre: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal. 84,8), “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal. 24).
Ese Salvador deseado por todos los pueblos, esperado vivamente por el Pueblo elegido, es aquel “vástago” del cual habla Jeremías en la I lectura, “que hará justicia y derecho en la tierra y cumplirá las promesas de bien hechas a la casa de Israel y de Judá”. “Vástago” que necesita tiempo para crecer, pero que dará salvación a todos los que lo han esperado con deseo y con fe. Sí, porque una persona que ya no espera nada de la vida está como muerta. La vida es espera y la espera es vida.
Verdadero profeta es quien ayuda a reconocer los signos del mundo nuevo que surge, quien infunde confianza y esperanza, quien hace comprender que por el reino del mal no hay futuro, quien, aún en las situaciones desesperadas, sabe indicar un camino para reconstruir una vida que a los ojos del mundo puede parecer irremediablemente destruida.
El Evangelio retoma el perfil del mundo: angustia, miedo, guerras. Es fácil localizar hoy el estruendo de la guerra, el fragor de las explosiones, la furia del hombre. Eso ocurre desde siempre, desde el principio, es nuestra historia. Dentro de ese furor inmutable, la novedad de Jesús: “Veréis al Hijo del Hombre venir en una nube con gran poder y majestad… levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Ese Hijo del Hombre es Aquel que ha sido crucificado por nuestros pecados y que nunca abandonará el camino del amor: el no viene para condenar al mundo, sino para salvarlo. Dios tiene para nosotros proyectos de paz, no de desventura.
Después de ese pasaje, Lucas nos reporta la última parábola de Jesús; en realidad es una comparación brevísima, pero muy evocadora: la higuera que germina no anuncia el invierno, más bien el verano. El Maestro quiere ayudar a sus discípulos a disociar la cadena de eventos tristes y terribles, de la idea del fin del mundo.
No estamos yendo hacia el invierno; es la primavera: el verano sobrevendrá. “Cuando veréis suceder estas cosas, sepáis que el Reino de Dios está cerca”. Así la “gozosa noticia” de Jesús vuelve al primer anuncio propuesto al principio de su misión y que los discípulos tendrán que proponer a todos: “El Reino de Dios está cerca” (Lc 4,43; 10,9).
Dios viene, y me encuentra con el corazón esclerosado, anieblado por las drogas de las comodidades y de los placeres, endurecido por los golpes recibidos en la vida, angustiado por las preocupaciones de no alcanzar a lograr siempre más, y a gozar siempre más. El Señor se nos acerca y nos dice: “Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Adviento es espera de Dios y de su salvación.
Salvación para todos los pueblos (Is 2,2-3) que necesitan a alguien que les anuncie a Cristo, cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo
Así estoy en el mundo como ciudadano y extranjero: custodio de los días y peregrino del eterno, levantando hacia lo alto la cabeza y vigilando abajo sobre los hermanos. Nunca renunciando al amor. Como dice san Pablo en la II lectura: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. No solo amar, sino abundar en el amor; no solo hacia los pocos que te son indispensables para tu vida afectiva, si no hacia todos. Rebosar de amor, dar, sin medir, sin seleccionar. Y esto: “Para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva… os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre… seguid adelante”.
Hay una sola manera para quedarnos despiertos, atentos y vigilantes: orar, pedir fuerza. La oración purificará nuestros ojos para reconocer los signos de los tiempos, para esperar sin temor al Hijo del Hombre. La oración nos volverá listos a acogerlo e irnos con él a aquellos espacios de libertad a los cuales quiera conducirnos. Es la oración que nos libera de la mentalidad corrupta de este mundo y nos acerca al hombre. Dios queda nuestro refugio, porque la energía de Cristo Resucitado continúa a irradiar coraje, gozo y esperanza.
Y orar para que la alegría del Evangelio llene el corazón y la vida de todos. “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría… Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra consciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (Papa Francisco E.G. nn. 1 y 49).
Nada puede echarnos en el miedo y en el desánimo: si creemos verdaderamente, en cada evento, gozoso, triste y aún dramático, lograremos descifrar el mensaje de salvación que eso contiene. Solamente la oración nos permitirá superar el miedo y mantenernos de pie ante el Hijo del Hombre. Estamos de pie no para huir, si no para ir al encuentro del Señor que ya ha venido, viene y vendrá siempre. Si cada día fundaremos nuestra vida sobre su palabra, nunca nos hundiremos en las arenas móviles de “doctrinas diferentes y extrañas” (He 13, 8ss).
Hoy también, el evento de la primera Navidad se hace adviento, venida del Señor. Y el 25 de diciembre no se reducirá a una mera, nostálgica conmemoración de un acontecimiento pasado; más bien será otra anticipación de su venida definitiva. Cristo está siempre con nosotros y vendrá un día para acogernos en su gozo.
Dónanos Señor Jesús de amar y de decirlo con la vida, para que cuando tú vengas, nuestro corazón no se parezca a una gruta obscura y vacía, sino a un pesebre donde tú puedas renacer. “Ven pues, Señor Jesús… ven hacia mí, búscame, encuéntrame, tómame en tus brazos, llévame” (San Ambrosio, Exp. In Psalmum 118).
Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

