Bautizados y enviados

1. Cuando, de noche, Nicodemo fue a encontrarse con Jesús, quedó profundamente sorprendido por el modo con que Cristo se le presentó: “Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único para que todo el que crea en El no perezca” (Jn 3,5).

Jesús se autopercibe ante todo como el Enviado. El amor de Dios Trinidad  está al origen del envío de Jesús, y ese mismo amor se nos da plenamente en y por El, quien “nos amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

El encuentro de Jesús con Nicodemo debe animarnos a «nacer» de nuevo en el verdadero espíritu.

No cabe duda: lo que marcó constantemente la autoconciencia de Jesús y determinó todo su actuar, ha sido precisamente el hecho fundamental de “sentirse enviado”. Sólo en el cuarto Evangelio este título (Enviado) se impone entre todos los demás, apareciendo, directa o indirectamente, unas cuarenta veces.

Cuando, aplicando así mismo el texto de Isaías 61, 1 ss, Jesús se auto presenta en la sinagoga de su pueblo Nazareth, afirma que el Espíritu del Señor lo ha enviado para dar la buena nueva a los pobres (cfr. Lc  4, 18).

Cristo se siente como el Enviado por el Padre en el Espíritu Santo para realizar el proyecto salvífico madurado en el Corazón del Misterios Trinitario. Y cuando alguien entre sus oyentes, se abre a Él y sencillamente lo reconoce como el Enviado del Padre, Jesús se alegra profundamente, como lo hizo cuando aquella mujer pagana, sirofenicia, lo “sorpendió” por la grandeza de su fe. Su fe no era grande porque creyera en el poder de Jesús de realizar milagros, sino porque creía que Jesús era El enviado como Buen Pastor para “reunir las ovejas del pueblo de Israel” (cfr. Mt 15, 24).

Jesucristo, todo lo asume y todo lo vive como consecuencia de su identidad, constantemente afirmada, de Enviado. Su breve vida terrena, es un prolongado y heroico acto de fidelidad a todo lo que iba implicándole su envió… la suya es también una vida de penitencia y de austeridad, a tal punto que a veces no tiene tiempo ni para comer y otras veces no tiene que comer (cfr. Lc 9, 59; Mc 3, 20; 6, 46…). Y si otras veces pasa toda la noche en oración, es para discernir el camino que va a elegir en su misión (cfr. Lc 6,2).

Jesús es literalmente “devorado” por la misión; ese es su celo por la casa del Señor que lo va “consumiendo” y consumando. Todo lo que va realizando, particularmente a partir del momento de su Bautismo en el Jordán: predicación, milagros, noches de oración, relaciones humanas profundas, reproches indignados, llanto frente a la tumba del amigo o sobre Jerusalén… pasión y muerte, realmente todo está como polarizado y profundamente unificado por un prolongado y heroico acto de incondicional fidelidad al envío recibido del Padre.

Lo ha expresado con fuerza y eficacia, el Papa emérito Benedicto XVI en su volumen Jesús de Nazareth: “Jesús es una cosa sola con su misión; su cometido y su ser son inseparables” (p. 371).

2. En la noche del encuentro de Jesús con Nicodemo, hubo otra desconcertante sorpresa para aquel “buen fariseo” y fue cuando Jesús le dijo: “te aseguro que si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios” (Jn 4,3). Y a la espontánea reacción de Nicodemo “¿podrá uno entrar de nuevo en el vientre materno?”, Jesús le insiste: “te aseguro que, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 3-5).

El tornarse discípulo de Jesús, con la aceptación gozosa de su persona, se manifiesta y se confirma con el signo visible y público del Santo Bautismo. Este Sacramento, que es la “puerta” de los demás, confiere a todo creyente la dignidad de ser Hijo de Dios, con un carácter o sello que le hace “posesión divina”. El Bautismo enriquece al creyente de una misteriosa relación con Dios- Trinidad, semejante a la que Cristo tiene con su Padre. Desde el momento del Bautismo el discípulo, puede y debe llamar a Dios, como Cristo lo llamaba, Abba – Padre, participando de su misma divinidad. Como lo expresaba El autor de la II Carta de Pedro, con una fórmula realmente atrevida, El Bautismo nos hace “participes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1,4), es decir, nos confiere la plenitud de la vida nueva en Cristo, la vida que es propia de Dios.

Jesús expresó la misma realidad, con el símbolo de la Vid verdadera. Los bautizados estamos llamados hacer lo que son los sarmientos en y por la vid. Estos, injertados en la vid, viven por su misma vida. Separados, se secan y mueren. Los sarmientos no son algo ajeno a la vid, algo añadido, sino que con el tronco, forman y son la misma vid.

Para San Pablo, esta sublime verdad de pertenencia recíproca, de discípulo a Cristo, y de Cristo al discípulo, se expresó en una transformadora experiencia mística que le hacía exclamar: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Si la vida del bautizado es participación de la vida de Cristo, si es vivir de su Vida, surge la lógica consecuencia de que todo bautizado, debe experimentarse en su realidad de enviado, precisamente como Jesús. Su compromiso misionero, evangelizador, no se justifica pues, sólo por el mandato de Cristo, “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 18-20). Sino por su propia identidad de ser “posesión divina”, sarmiento de la Vid verdadera que es Cristo.

Nos lo recordaba con insistencia nuestro Papa Francisco en su primer texto programático la Evangelii Gaundium: “En virtud del bautismo recibido, cada miembro del pueblo de Dios sea convertido en discípulo misionero. Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su situación en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador” (120). Nadie puede permitirse postergar su compromiso evangelizador, misionero.

3. El envío que Cristo dirige a todos sus discípulos, tiene como destino “todas las gentes”, el mundo entero. No tiene límite de ninguna índole, debe alcanzar a todos los hombres y a todo el hombre. La Iglesia que forman los Bautizados no queda limitada ni geográfica ni racialmente. La verdad del Evangelio y la salvación alcanzadas por la muerte y la resurrección de Cristo están destinadas a la humanidad entera.

Parecería un “sueño”, particularmente ahora cuando la Iglesia Católica ve que los que no conocen a Cristo ya son más del doble de cuando terminó el Concilio Vaticano II (1965). Sin embargo no es un “sueño”, sino que se trata del mandato del Señor y de la exigencia de nuestra identidad de bautizados. Urge pues “salir”, testimoniar, dar la vida para que Cristo, Vida del mundo, sea conocido y amado. La obediencia al mandato misionero, nace y se sostiene por la fe y la certeza de que Cristo “camina con su pueblo y lo conforta”, no nace de los cálculos ni de los números.

Ya en su época, frente a la naciente y devastadora crisis protestante, Santa Teresa de Ávila, escribiendo para sus hermanas carmelitas, les decía: “daría mil vidas con tal que nadie se perdiera” y San Daniel Comboni hacía suya la misma expresión, dándolo todo por su amada África aún no evangelizada…era otro modo de hacer propio el grito de San Pablo “ay de mi si no anunciara el Evangelio” (1 Cor 9, 16) y que debería ser el grito de todo bautizado. Es imposible permanecer tranquilos hasta cuando haya sobre la tierra alguien que no conozca a Cristo.

 

+Mons. Vittorino Girardi mccj

Obispo Emérito Tilarán-Liberia

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