¿Cómo usar la belleza para el bien?

Karla Fabiola Delgado – San José

Monseñor soy una ex ganadora de concursos de belleza nacional, muy bella físicamente como dicen y durante toda mi vida las personas me han dicho que debo usarla a mi favor. Nunca me he sentido superior a nadie ni veo a los demás por debajo del hombro, pero varias de mis compañeras de certamen han usado su atractivo físico para abrirse paso con hombres que les proveen comodidades, pero sus acciones y “negocios” son totalmente ajenos a la voluntad de Dios.

La belleza es también un don de Dios, pero valemos mucho más que eso.

Hoy en día tengo una serie de problemas económicos y muchos me empujan a usar mi belleza para “salir de pobre” y no puedo evitar de preguntarme cuántas mujeres igual que yo, se encuentran limitadas por la sociedad a que valemos únicamente por nuestro bello rostro y lindas piernas.

Monseñor, si la belleza es un don y una bendición, ¿cómo podemos usarla para bien?

Muchas gracias.

Respuesta

Estimada Fabiola: sus comentarios y pregunta, no dejan de hacernos sonreír, pero más allá de esta primera reacción, sabemos que hay problemas de no tan fácil solución. ¡Cuánta soledad y sensación de vacío han experimentado las ganadoras de concursos de bellezas al poco  tiempo de concluir el certamen!

¿Qué le aconsejo? Lo primero es lo que usted misma pone de relieve en su correo: si la sociedad le hace creer que usted vale únicamente “por su bello rostro” usted repítase a sí misma una y otra vez, que usted vale porque es persona, lo más valioso en la naturaleza, hija de Dios, ni más ni menos que cualquier otra persona. Usted vale muchísimo más que su belleza: ésta está destinada a desaparecer en  este mundo, pero usted está llamada a una vida para siempre. En los concursos se “valora la belleza”, y se establece “grados”, pero cuando se trata de personas, no hay grados que establecer no hay más ni menos: todos valemos muchísimo.

Dios mismo es la medida de nuestro valor. Como lo leemos en la I carta de San Pedro: “no fuimos comprados con oro o plata, sino con la sangre de Cristo” (1,18-19) si tenemos un precio y sí que lo tenemos es Dios mismo. Si verdaderamente lo creyéramos nadie despreciaría a nadie y nadie se despreciaría a sí mismo. Valemos por lo que somos no por lo que tenemos: belleza, salud, dinero, poder…

Qué lástima cuando alguna joven hace “mercancía” del don de la belleza que no le ha costado nada (puro don de la naturaleza, y en definitiva, de Dios) sin advertir que así está haciendo mercancía de sí misma.

Estimada Fabiola: usted vale infinitamente más que su belleza. No se preste pues a la lógica del mercado. Escuche su conciencia: allá, en lo profundo de su corazón, como lo afirma el Concilio Vaticano II se encuentra escrita una ley que usted no se ha dado, sino que Dios mismo la inscribió, habiéndonos creado a su imagen y semejanza (Cfr. Gen 1, 26) si escucha su conciencia, descubrirá cómo el don de la belleza que Dios le ha dado, va a ser un medio para que usted crezca y no un obstáculo para que usted se “envilezca”, se desprecie, es decir, pierda su valor que es infinito.

Por Monseñor Vittorino Girardi mccj

Obispo Emérito, Tilarán-Liberia

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