El gran desconocido

1. Mi primer destino, después de mi ordenación sacerdotal, fue España, como confesor de novicios y para ayudar en la enseñanza de la Filosofía. Aún no dominaba del todo el castellano, cuando, cayó en mis manos un libro, de pequeño tamaño y con un título llamativo: “El Gran Desconocido”, escrito por un desconocido (para mí) obispo de México, Mons. Luis María Martínez. La lectura de aquel libro, me convenció de que así había sido en mi vida y, en general, en la vida de muchos cristianos: yo muy poco conocía al Espíritu Santo y muy escasa había sido mi atención amorosa hacia Él.

Los grandes santos se han dejado guiar por el Espíritu.

La lectura de ese librito fue providencial, despertando en mí el deseo de recuperar el tiempo perdido para ir comprendiendo que la vida cristiana es ante todo una “vida guiada por el Espíritu Santo”. La asimilación de esta verdad, nunca se concluye. Al respecto, las afirmaciones de san Pablo en su Carta a los Romanos son siempre un exigente desafío: “los que se dejan guiar por el Espíritu tienden a lo espiritual. Los bajos instintos tienden a la muerte, el Espíritu tiende a la vida y a la paz […] Ustedes no están animados por los bajos instintos, sino, por el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece […]. Todos lo que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, son Hijos de Dios y, por ese Espíritu podemos llamar a Dios Abba, Padre” (Rom 8, 5-6.9.14).

Para comprender qué pueda significar y ser una vida “guiada por el Espíritu” hay que fijar la mirada en Jesús: toda su existencia y todo su obrar han sido sellados y como determinados por el Espíritu. Ha sido particularmente a partir de su bautismo por Juan en el Jordán, en que se constata que el Espíritu Santo no es para Jesús un don ocasional en el comienzo de su ministerio, sino que, Él permanece en la entera vida de Jesús. Le lleva al desierto, con su fuerza expulsa a los demonios, en Él realiza la oración al Padre, en su virtud se entrega a la muerte y con su fuerza es resucitado de entre los muertos.

Una vez Resucitado, es Jesús quien nos da en abundancia al Espíritu Santo. Ya san Juan Bautista lo había atestiguado diciendo: “El que me envió a bautizar me había dicho: Aquél sobre el cual veas descender y permanecer el Espíritu, es Aquel que bautizará en el Espíritu Santo” (Jn 1, 32-33). Y la misma noche de Pascua, Jesús, apareciéndoseles a los suyos, en el Cenáculo, les saluda efusivamente y soplando sobre ellos, les dice. “reciban al Espíritu Santo, como el Padre me ha enviado, yo los envío” (Jn 20, 22).

2. Aquella noche de Pascua, como también el día de Pentecostés, en el Cenáculo se experimentan dos sorprendentes novedades: la alegría y el envío misionero universal.

La alegría, fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22) expresa así la actitud característica de la vida cristiana, porque ésta es siempre la respuesta nuestra adecuada a la “visita del Señor”, a la acción de Dios en nosotros por su Espíritu. La alegría es así la expresión de la certeza de la precedencia de Dios en nosotros y surge de sentirse amados por Él, de saber experimentar que Él nos comunica su propia vida, el Espíritu Santo. Se trata de una alegría serena, nada eufórica, pacificadora y reconciliadora que se asienta -para decirlo de alguna manera- en el fondo del corazón, sin ser perturbada en su raíz por los acontecimientos cotidianos.

Quien la experimentó con misteriosa plenitud ha sido Cristo mismo. Él se lo manifestó a los apóstoles, cuando ya se encontraba camino a su Pasión. Después de haberles declarado que Él los amaba con el mismo amor conque el Padre le amaba a Él, les añadió: “les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices” (Jn 15, 11). Lo vuelve a repetir en la Oración Sacerdotal: “Ahora Padre, voy hacia Ti; y les digo esto mientras estoy en el mundo para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea completo” (Jn 17, 13).

Estas sorprendentes afirmaciones de Jesús traen a mi memoria un recuerdo. El misionero comboniano padre Esteban Patroni estaba enfermo de cáncer y ya en situación terminal sorprendía y edificaba a los que le iban a visitar y animar, diciéndoles con extrema serenidad: “El día más bonito de la vida de un misionero, es el día de su muerte”.

3. La alegría que experimentaron los apóstoles la noche de Pascua y el día de Pentecostés era la alegría de los que Jesús nuevamente enviaba, y ahora con la fuerza del soplo del Espíritu Santo. La fuerza de un “soplo” del viento fuerte que los llevaría lejos, que les impulsaría a salir para hacerlos “evangelizadores con Espíritu” (EG 262).

Experimentar al Espíritu implica asumir riesgos: hay que salir al otro, a lo distinto, viajar a lo diferente y a lo absolutamente desconocido, dejándonos modificar e inclusive transformar… Si el Espíritu Santo nos capacita y nos consagra para la misión, ésta a su vez nos va transformando y nos va consagrando. Es un proceso que han ido experimentando todos los misioneros que han abierto camino a la Iglesia para su proyectarse más allá de las fronteras, desde san Pablo a san Francisco Javier, desde san Damián, el santo leproso de la isla maldita de Molokai a san Daniel Comboni… la de todos es una santidad configurada y consagrada por la misma misión a la que los había impulsado el “viento fuerte” del Espíritu Santo.

Ha sido por esa “consagración” que apenas seis días antes de su muerte, san Daniel Comboni, física y anímicamente ya postrado por la fiebre y las inesperadas calumnias que se estaban difundiendo en su familia y en su naciente instituto misionero, pero victorioso por la fuerza del Espíritu, pudo escribir: “Que ocurra todo lo que Dios quiera. Dios no abandona nunca a quienes en Él confían. Él es el protector de la inocencia… Soy feliz en la cruz que llevada de buena gana por amor a Dios genera el triunfo y la vida eterna”.

+P. Vittorino Girardi Stellin, mccj

Obispo emérito de la Diócesis de Tilarán Liberia

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