El amor del Señor es para siempre

Reflexión Dominical

II Domingo de Pascua

Ciclo C, Evangelio según san Juan 20, 19-31

Domingo 28 de abril, 2019

Paz, gozo, vida… palabras de Pascua, que siempre hablan a nuestro corazón. Pero ¿no serán meras palabras, pura ilusión o simple poesía?

Es probable que Tomás no haya tocado a Jesús… Y Jesús sin duda, en su condescendencia nos sigue mostrando el amor que nos tiene.

¿Cómo puede sentirlas suyas y verdaderas aquel que sufre en su carne sin esperanza de ser un día sanado? ¿Aquel que no tiene ni techo ni trabajo o está muriéndose de hambre y de sed? ¿Aquel que se siente rechazado y amenazado hasta temer por su vida, porque es extranjero, o por su religión o por el color de su piel? ¿Aquel que sobrevive a una catástrofe, guerra o terremoto o inundación, habiendo perdido todo, bienes y personas queridas?

Los Apóstoles, encerrados en el Cenáculo, están aplastados por el miedo de los judíos y por la vergüenza de sí mismos, por cómo habían abandonado, traicionado y renegado a Jesús. Para que la paz, el gozo y una vida nueva los transformen, hace falta que Jesús Resucitado se haga presente en medio de ellos. Con los signos de la pasión, con las heridas de los clavos en sus manos y sus pies, y la herida dejada por la lanza del soldado romano en su costado. “El amor del Señor es para siempre” recitaba el salmo responsorial.

Jesús continúa a amar a los que él había escogido. Su presencia lleva la paz, disipa las dudas, abre a la esperanza de una posibilidad de vida nueva más fuerte que todo fracaso y pecado. Creyendo en Jesús, confiando en él, amándolo. Jesús realiza la promesa hecha unos días antes en aquella misma sala: “Volveré a veros y vuestro corazón se llenará de alegría y nadie os podrá arrebatar ese gozo” (Jn 16,22).

La presencia de Jesús Resucitado resucita a su comunidad y la hace pasar de una atmósfera de muerte a una esperanza viva. Despierta la fe y renueva el amor. Por eso la Iglesia, santa y pecadora, continúa a anunciar a Cristo Resucitado, vivo, para que los hombres puedan, si quieren, encontrar en él salvación y vida.

Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Cuando los diez le cuentan lo que les ocurrió, no cree, y brutalmente dice: “Si lo no veo… si no lo toco…no creo”. Tomas no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. El necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochara’ en ningún momento.

Jesús, en su bondad y condescendencia, sabiendo cuán difícil y arduo sea creer, ocho días después, como hoy, se muestra otra vez en medio de ellos, cuando Tomas también está presente. Después de donar su paz a todos, Jesús se acerca a Tomás. No lo crítica, más bien lo invita a tocar sus heridas.

Porque la fe pasa también a través de los sentidos, como canta el himno “Veni Creator Spiritus” que dice: “Enciende la luz de los sentidos”. Con los sentidos hacemos experiencia del mundo, vemos la luz, escuchamos los cantos, percibimos la fuerza de un abrazo, las heridas de la vida y los gozos más íntimos, y también una profunda experiencia de Dios.

El evangelio no nos dice si Tomás tocó a Jesús. Es probable que no. Es probable que Tomás se haya puesto de rodillas frente a Jesús y, adorándolo, haya gritado su admirable confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Como decirle: “Ya no puedo vivir sin ti, tú eres mi identidad y mi gozo”.

Tomás nos dice que sí, nuestro cuerpo, nuestros sentidos pueden abrirnos al misterio de la belleza y del amor, y al misterio de Dios.

Jesús nos deja entonces la última beatitud del evangelio: “Dichoso aquel que creerá sin haber visto”. Como dirá más tarde san Pedro: “Vosotros amáis a Jesús sin haberlo visto… y creéis en él. Por eso exultáis de un gozo indecible” (1P 1,8). En esa beatitud está toda la existencia cristiana, pues Jesús quiere una fe libre.

Creer en la Pascua, creer que Cristo ha resucitado, es verdaderamente difícil. Nos pone a todos en crisis. La Pascua nos trastorna. La resurrección no se puede demonstrar. La razón se rebela. Es un evento increíble. Significa creer en el imposible. Mi inteligencia tiene que arrodillarse frente al misterio. Podremos creer solo si aprendemos a amar, sin evidencias.

Hace falta, libremente, entregarnos, confiar, escoger a Dios por amor. La resurrección de Jesús fue dada a conocer solamente a testigos escogidos para que lo anunciaran al pueblo: los que consentirán, será solamente por una adhesión interior y confiada a un acontecimiento trascendente. Buscamos a Dios “a tientas” pero él tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación, porque cuando una persona busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente.

En fin, con los apóstoles, sanados de nuestras tristezas, Jesús nos hace partícipes a nosotros también de su misión. Somos enviados a cuantos hoy también necesitan de paz, de gozo y de esperanza; a poner bálsamo en las heridas de sus cuerpos y de sus almas; y a decirles que en Jesús Crucificado-Resucitado es posible encontrar una energía y vida nueva, bella y gozosa, a pesar de todas nuestras heridas.

La escucha del evangelio y el amor son el camino de nuestra felicidad. “Hemos visto al Señor!”: anuncio a hacer con nuestra palabra, pero sobretodo con nuestra vida.

Dónanos, Señor Jesús Resucitado, de comprender que estamos llamados a vivir tu evangelio también en los momentos difíciles, en aquella mezcla de violencia y de injusticia que tantas veces parecen regir la historia. Concedemos de saber vivir y obrar en ella, como verdaderos discípulos, según tu palabra y tu ejemplo, para que “creyendo, tengamos vida en tu nombre”.

Que el Espíritu del Resucitado nos anime y nos done fortaleza, gozo y esperanza.

Amen.

Padre Franco Noventa, mccj

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