Solemnidad Cuerpo y Sangre de Cristo

Reflexión Dominical

Solemnidad de el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 9, 11-17

Domingo 23 de junio, 2019

Celebramos la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Esta fiesta del Cuerpo de Cristo fue instituida por el Papa Urbano IV en el año 1264 para celebrar la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Presencia real en el pan y el vino, no solo durante la celebración de la Misa, sino también en el pan que se reserva en el sagrario, para llevarlo en viatico a los enfermos y para ser adorado por los creyentes. Esta fiesta es la fiesta del amor de Dios encarnado que se nos da en Jesucristo hasta el extremo, hasta dar la vida, hasta hacerse pan y habitar en nosotros.

Esa fiesta nos ayude a reencontrar la estima de nuestro cuerpo, creado por el amor de Dios, como el alma.

El Dios de la Biblia nos recuerda el cuerpo. Dios, en la Sagrada Escritura, tiene ojos, oídos. Es un Dios que oye, que actúa, que se conmueve. Y en la revelación cristiana Dios toma cuerpo en su Hijo. El cuerpo de Jesús es esa extensión del Padre hacia el mundo. Con su cuerpo Jesús manifiesta la presencia del Padre.

Esa fiesta nos ayude a reencontrar la estima de nuestro cuerpo, creado por el amor de Dios, como el alma. Que no sintamos nuestro cuerpo como lastre, como lugar donde se insinúa el mal, sino vivirlo como el gran medio del encuentro. Proteger el cuerpo de Dios es también proteger el cuerpo de cada mujer, de cada niño, el cuerpo del viejo, del extranjero, del enfermo, del que está muriendo. En esa tutela del cuerpo hay la verdadera custodia de la presencia real de Dios en el mundo.

“¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: esto es mi cuerpo… afirmó también: tuve hambre y no me diste de comer… El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos… Así tú debes tributar al Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres…

¿De qué te serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo… Tu hermano afligido es un templo más precioso que el otro… El pobre es el verdadero altar. ¡Venéralo!… Ese altar podrás contemplarlo en cualquier lugar, en las calles y en las plazas; y a cada hora podrás en ello celebrar tu liturgia”.

¡Palabras duras de San Juan Crisóstomo, de un extremo radicalismo, que le valieron el exilio! Palabras que la Iglesia tendría que meditar hoy también, cuando se preocupa más de los edificios y de la exterioridad, que de los pobres.

Decía el santo abbé Pierre: “He buscado a Dios y no lo he encontrado. He buscado a mi alma, y no la he encontrada. He buscado al hermano y con él he encontrado a Dios y a mi alma”.

Que nuestra fe cristiana sepa ver en el pobre el lugar de la presencia divina y llevar sobre de él una mirada en el mismo tiempo adoratriz y compasiva. Contemplando el Evangelio de hoy, sentémonos idealmente en la hierba con aquellos cinco mil hombres. Digamos al Señor nuestra hambre, nuestros deseos insatisfechos que ninguna cosa creada podrá saciar.

Los apóstoles, hombres prácticos, dicen a Jesús de despedir a la gente para que pueda ir a comprarse de comer, pues ya es tarde. Pero Jesús nunca ha despedido a nadie. Dice palabras inesperadas: “Dadles vosotros de comer”. “Dad”: es una orden que atraviesa los tiempos hasta el día del gran juicio: “Yo tenía hambre y me habéis dado de comer… yo tenía hambre y no me habéis dado de comer” (Mt 25, 35.42). Dios vincula nuestra salvación a un poco de pan donado, la derrota de nuestra historia al no haber dado pan, al no haber creado comunión.

Cinco mil hombres tienen hambre. Pero el fin del hambre del hombre no consistirá nunca en el comer a saciedad, solos, su propio pan, sino en el compartir, en el donar lo poco que tienes, cinco panes y dos pececitos, el vaso de agua fresca, los cien pasos con quien tiene miedo, el aceite y el vino sobre las heridas, un poco de tiempo y un poco de corazón. Somos ricos solamente de lo que hemos donado. Jesús no despide la muchedumbre porque él, primero, necesita de ellos: Dios vive de comunión, vive por nosotros.

A cada Eucaristía es Dios que me busca, me llama, me invita: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Es Dios en camino hacia mí, para sanar mi vida, Dios que se dona, y donándonos a si mismo nos da todo. No ha tenido para sí mismo tampoco su cuerpo: “Tomad y comed”; ni su sangre: “Tomad y bebed”; ni su futuro: “Estoy con vosotros hasta los últimos días”. Nos dona su cuerpo para hacer comunión con nosotros, nos dona su sangre a fin que en nuestras venas escurra su vida, en nuestro corazón pongan raíces su gratuidad en las relaciones, su capacidad de donarse.

“No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren… La Eucaristía vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús” (Pagola 2019).

Decía el santo obispo Helder Camara el día del Cuerpo y la Sangre de Cristo de 1965: “Me siento mal en salir a la calle llevando el pan de la Eucaristía de-positado en una custodia dorada, sabiendo que en el mismo tiempo el Cuerpo de Cristo es ignorado y maltratado en las personas pobres que yacen en las aceras, en los niños de calle..”.

Los pobres y la Eucaristía son el cuerpo real de Cristo. Que nunca dividamos ese cuerpo. Que entremos en el templo como mendigos de la Palabra y del Pan, y podamos salir como donadores de vida y de esperanza.

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

 

 

 

 

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