Nuestra riqueza es Cristo

Reflexión Dominical

XVIII Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 12, 13-21

Domingo 4 de agosto, 2019

“Maestro, di a mi hermano de compartir conmigo la herencia”.

Jesús, que posee el arte de intuir, de sorprender, de percibir lo que está atrás de la demanda, va al corazón de las cosas y contesta que el problema no es la herencia, sino más bien la codicia, aquella avidez insaciable que san Pablo llama, con palabras directas, idolatría (Col 3,5). Cuantas veces la herencia divide las familias, y los hermanos no se hablarán nunca más…

Jesús quiere ponernos en alerta para no considerar la riqueza como fuente de felicidad.

La idolatría es el primer pecado, del cual dependen todos los demás. “No tendrás otro Dios fuera de mí” (Dt 5,7). Porque la vida no depende de los bienes, no está atada a las cosas que solamente dan dependencia, esclavitud.

Y la peor dependencia que droga a la persona es la codicia.  El deseo de Jesús es que tu vida sea libre, que tu vida no dependa de las cosas, porque así la tuya sería una existencia sin solidez, mero soplo, “vanidad de vanidades”. El termino hebraico que traducimos con vanidad, es “Hebel” que significa inconsistencia, vacío.

Jesús nos dice que el futuro del mundo no depende de la economía. Él no desprecia los bienes de la tierra, no deniega los pequeños gozos de la vida: era un rabí al cual le gustaban los banquetes y el perfume de nardo, y que, sí, transformaba el agua en vino, la cambiaba en el vino mejor (Jn 2,1-11).

Jesús no quiere despegarnos de la tierra y de lo que esa ofrece, ni critica nuestra búsqueda de felicidad. Jesús quiere simplemente ponernos en alerta para no considerar la riqueza como fuente de felicidad, el ídolo de la ganancia como norma de las relaciones entre las personas, el mito de que la calidad de la vida se mide sobre la cantidad de dinero que uno tiene.

El hombre rico que hizo una gran cosecha, ya era rico: ahora se vuelve aún más rico. Igual que él, nosotros ya tenemos el necesario y buscamos ávidamente el superfluo. Olvidamos que Dios quiere un mundo más humano para todos.

No hay un pequeño “gracias” a Dios por aquella cosecha, y excluye de su horizonte a los necesitados. Ahí está el primer efecto de la avidez: el separarse de todos los demás. “Mis cosechas, mis almacenes, mis bienes, mi vida; diré a mí mismo…”. Siempre esa obsesión del “mío”. En el centro de su vida está solo él y su bienestar.

Vivir así es hundirse en la soledad, sin alma, sin amores, ya es muerte. “Necio, en esa misma noche se te pedirá tu vida”. Porque quien vive únicamente para sí mismo, no se da cuenta que las cosas son como un soplo, son vanidad. Quien acumula para sí mismo apaga su futuro. A Aquel que le pedirá cuenta de su vida, no podrá presentar otra cosa que un granero. Eso vale también para los pobres, los que tienen el corazón de ricos! “Necios”, porque fundan su seguridad en el haber y no en el ser.

Nuestro tesoro son las personas, no las cosas. Aquel que no ama se queda en la muerte (1Jn 3,14). He aquí la gran alternativa en el evangelio de hoy: acumular para sí mismo o enriquecer delante de Dios. Lo que hace una vida segura es un tesoro en el cielo: “Vendan sus bienes, denlos a los pobres y háganse un tesoro en el cielo” (Lc 12,33).

Tu tesoro no es tu pobreza, sino los pobres que tú has consolado, nutrido, hospedado. Delante de Dios somos ricos solamente de lo que hemos donado a otros; somos ricos de los vasos de agua fresca ofrecidos; de los pasos hechos con quien tenía miedo; seremos ricos de un corazón que ha perdonado siete veces, mil veces, la ofensa o el engaño.

La alternativa es entre una vida reducida a hórreo, o una vida que se hace don. Las cosas, los bienes, son sacramento de comunión. Un día encontraremos en la columna del “haber” solamente lo que hemos perdido en favor de los demás.  Porque el hombre vive de vida donada, de vida transmitida. Y cuando cesas de transmitir vida entorno de ti, cesas de transmitir armonía, esperanza, amistad, consuelo; en aquel momento muere en ti la vida.

Jesús con esa parábola no quiere quitar valor a las cosas cotidianas, a las cosas de la tierra, más bien quiere darles un alma. El hombre vive también del placer del pan cotidiano, pero un pan que sea “nuestro” y no “mío”, un pan a pedir y a donar.

Nuestro tesoro son las personas y no las cosas: el futuro depende de las relaciones y no de la economía. Nuestro tesoro es Cristo, Cristo nuestra vida, nuestro sueño de un mundo bello y nuevo.

Con la muerte no llevaremos nada con nosotros sino el amor y el bien que habremos hecho. Eso significa “dirigir el pensamiento a las realidades de arriba y no a las de la tierra” (Col 3,2). Los bienes de la tierra pueden ser útiles para el cielo si se someten al amor y a la compasión. Si nuestros bienes están a la disposición de los pobres y de los débiles, se volverán en riqueza verdadera para el cielo.

En nuestro mundo donde reina el dios dinero ese evangelio suena de escándalo. En realidad es la vía más sabia para superar divisiones y conflictos, y construir una vida más solidaria y feliz.

Así no seremos “necios” y la vida se llenará de amistad, de don, de relaciones más que de cosas. En la celebración de la Eucaristía hay un momento, el ofertorio, que es como una consagración de nuestras manos que encuentran su verdad en el gesto de la ofrenda. Las manos nos han sido dadas para donar. Podamos experimentar y gustar el gozo del donar.

Amén.    

Padre Franco Noventa, mccj

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