Dios ama y… respeta nuestra libertad

Reflexión Dominical

XXIV Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 15, 1-32

“El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba a los fariseos era la costumbre de Jesús de comer amistosamente con ellos… Los pecadores no huyen de él… encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte” (Pagola 2019).

Dios sabe esperar.

Jesús si actuara infundiendo miedo o amenazando castigos no crearía amor, sino hipocresía. En Jesús, Dios ha hecho tantas veces la experiencia de la quiebra, pues Jerusalén no ha correspondido a su amor. “Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no has querido” (Lc 13,34). Pero, a pesar de todo, el amor triunfará, y será un gozo grande en el cielo cuando un pecador se convierta y por el enamorado cuando la amada diga: “Voy a levantarme, y volveré donde mi primer marido, pues con él sí que estaba feliz, no ahora” (Os 2,9).

Pidamos al Señor de reconocer y creer al amor que él nos tiene y de abandonarnos a ese amor. Jesús nos acoge tal como somos. Su acogida nos va curando por dentro, nos libera de la vergüenza y la humillación, nos devuelve la alegría de vivir.

La conclusión de la primera lectura (Ex 32,14) es: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. ¿Qué hicieron los Israelitas para merecer la misericordia de Dios? Nada. Gracias a la intercesión de Moisés, Dios se recordó de sus promesas y perdonó a su pueblo. Moisés “suplicó al Señor”.

El texto original hebraico debería traducirse así: “Moisés comenzó a acariciar el rostro del Señor su Dios diciendo… Moisés actúa como un niño que ve a su padre enfadado y se pone a mimarlo, hasta que logra arrancarle una sonrisa. La imagen de Moisés que acaricia el rostro de Dios es una de las más hermosas de la Biblia” (Fernando Armellini). Es la oración de intercesión, como escribía desde África San Daniel Comboni: “La omnipotencia de la oración es nuestra fuerza”.

En la segunda lectura (1Tim 1,12-17) Pablo nos dice que Dios se ha servido de él, pecador, como de un ejemplo para mostrar cuán grande es su misericordia. Si uno como él, enemigo de la fe, el primero entre los pecadores, ha obtenido misericordia, ¿podrá alguien tener todavía miedo que Dios lo trate severamente?

El Evangelio de hoy nos propone las que fueron llamadas las parábolas de la misericordia. La tercera, la del “hijo prodigo” ya la hemos meditada en el IV domingo de Cuaresma. Hoy nos quedaremos más en las de la “oveja y de la “moneda” perdidas. Cuando los fariseos y los escribas murmuran contra Jesús porque recibe a los pecadores y come con ellos, entonces “Jesús les dijo esta parábola”. Ese “les” no son los discípulos, no son los pecadores, sino los fariseos y los escribas, es decir “los que se creen justos”. Así que los llamados a la conversión no son los pecadores, sino los que se creen justos.

Jesús cuenta esas parábolas para ayudar a los que se creen justos a revisar sus ideas y a entrar en el gozo y en la fiesta presentes en las tres parábolas. Los pecadores son las moneditas y las ovejas perdidas, y sin embargo ahora están todos entornos a Jesús, hacen fiesta. Los “justos” al contrario están afuera y corren el riesgo de quedarse afuera para siempre, si no acogen la novedad que Dios está revelando en Jesús.

La oveja perdida. El lenguaje pastoral quiere describir la premura, la ternura y la atención de Dios por su pueblo: “El Señor es mi pastor, no falto de nada” (Sal 23,1). También Jesús recorre tantas veces a esa imagen: “se conmovió, porque eran como ovejas sin pastor” (Mc 6,34).

En el evangelio de hoy sin embargo, el comportamiento del pastor es poco realista, extraño. Dejar a las 99 en el desierto para ir a buscar a una que se ha perdido ¿no es arriesgar de perder a las 99? ¿Y toda esa fiesta, no es exagerada? Jesús quiere mostrarnos los sentimientos del Padre que quiere que “ni uno de esos pequeños se pierda” (Mt 18,14) y organiza su fiesta por gente que no lo merece, pero sí, lo necesita. Nuestro Dios es un Dios que, aunque te pierdas y escojas otros caminos, no queda indiferente y continúa a buscarte y a cuidar de ti.

La recuperación es toda obra de Dios. Las 99 ovejas se quedan en el desierto y sólo la perdida llega hasta la casa porque se ha dejado llevar por el pastor. Eso no es una invitación a volvernos pecadores para ser amados por Dios, sino a reconocernos pecadores perdonados por él. Así no caeremos como los fariseos en el fanatismo, en la intolerancia, en el rigorismo; más bien daremos gracias a Dios que no es un juez del cual tener miedo sino un amigo que ama siempre y que tiene su gozo más grande cuando puede abrazar a aquel que había caído en un abismo de muerte.

La moneda perdida. Encontramos las mismas incongruencias que en la otra parábola. Vemos la explosión incontrolada de gozo de la mujer que encuentra la moneda y la fiesta a la cual son invitadas amigas y vecinas. Vemos el esfuerzo, la paciencia, la perseverancia en la búsqueda de la monedita. La mujer es imagen de Dios que no se resigna a perder ni una de sus criaturas. Lucas, siempre atento a las mujeres en su evangelio, en una cultura en que una mujer no podía ni pronunciar el nombre de Dios, nos muestra a Jesús que no teme representar a Dios como a una ama de casa. Por Jesús Dios es Padre, y es también Madre, como decía el Papa Luciani y el profeta Isaías (49, 15-16). La versión femenina del rostro de Dios es una provocación, una verdadera revolución cultural y religiosa.

La parábola del hijo prodigo muestra en toda su luz el respeto de Dios por la libertad del hombre. El Padre no obliga a sus hijos a quedarse en su casa ni, si se han ido, a volver: Dios sabe esperar. Si vuelves, la única palabra de Dios es el perdón, su único gesto un gran abrazo. Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podemos encontrar una libertad más digna y dichosa y pues anunciarla a otros hermanos.

En las tres parábolas Jesús nos muestra a Dios como el Dios de la fiesta, de la vida, del gozo. Un Dios que quiere solamente que tú seas feliz, que puedas empezar siempre de nuevo a vivir. Un Dios que cada vez que has pecado y sigues tu deseo de volver y empezar de nuevo, hace fiesta.

Lo que te ayuda a vivir es solamente un poco más de esperanza, de serenidad, de atención. En lugar de un castigo sirve mucho más un poco de cariño, un abrazo, un beso, una caricia. Dejemos que Dios pruebe ese gozo con cada uno de nosotros.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

Un comentario

  1. Gracias padre Franco por tan preciosa reflexión.

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