En constante conversión

Sábado 26 de octubre, 29a Semana del Tiempo Ordinario

Fiesta o Santa María en sábado

Lecturas del día: Rom 8, 1-11 / Sal 24, 1b-4ab.5-6 / Lc 13, 1-9

La enseñanza de Jesús, en el Evangelio de hoy, comienza con una noticia que le cuentan personas anónimas: el caso de algunos galileos masacrados por Pilato, mientras ofrecían un sacrificio en el Templo. No solo se ejecuta la condena dentro de las paredes del Templo, sino que, además, la sangre humana se ve mezclada con la de los animales sacrificados, lo que causa una seria vergüenza y provoca indignación. No está claro por qué estas personas cuentan el episodio a Jesús. Tal vez porque, siendo Jesús un galileo, querían advertirlo –tal como sucede poco después– de la persecución de Herodes Antipas, que quería matarlo. O tal vez lo amenazaban sórdidamente, porque si lo hubieran denunciado al procurador romano, podría haber corrido la misma suerte. O bien simplemente por el gusto de las habladurías de las tragedias de los demás. Como dice el salmo: las personas que se regocijan con los males de los demás deben retirarse; aquellos que se regocijan de las enfermedades de los demás deberían avergonzarse.

El Señor conoce nuestros corazones.

Pero la respuesta de Jesús lleva a suponer la presencia de algo aún más serio en ellos: un juicio condescendiente hacia las víctimas, como si merecieran morir tan violentamente, y en el momento sagrado de la adoración de Dios; como si la brutalidad de los romanos fuera un juicio de Dios sobre los que fueron asesinados. Jesús no hace ningún comentario sobre el evento, pero saca una lección de la actitud de quienes le informan del triste episodio: nadie está autorizado a interpretar el sufrimiento, la enfermedad, los accidentes y las tragedias de los demás como si fuesen un castigo divino por los pecados cometidos, pero todos deben considerar sus propios pecados como la peor desgracia, y tratar de convertirse con un sincero arrepentimiento. Nadie ha recibido la autoridad para juzgar y dividir a las personas en «buenos» y «malos». Solo el Señor conoce toda la verdad que hay en nuestros corazones.

Apenas le fue comunicada la noticia, Jesús rechaza inmediatamente la lectura según la cual habría una relación causal entre la muerte violenta y la dimensión del pecado. Jesús quiere hacer hincapié en que los incidentes no necesariamente revelan la gravedad de algunos pecados ocultos en la persona que es víctima, sino que son como advertencias que nos recuerdan que la muerte puede llamar a la puerta siempre, y sobre todo cuando menos lo esperamos. De aquí se deriva la conciencia que debe despertar en cada uno de nosotros la necesidad y la urgencia de la conversión interior, aceptándola y actuando antes de que sea demasiado tarde. Por eso Jesús, rechazando que los galileos asesinados por Pilato y las dieciocho personas que perecieron por la caída de la torre de Siloé puedan ser considerados más pecadores que los demás, continúa su discurso dando a entender que si los que le escuchan no se convierten, podrían perecer de la misma manera. Convertirse no porque su arrepentimiento vaya a protegerlos de la muerte, sino porque la conversión pone en buena disposición espiritual y humana para encontrar al Señor de la vida, en total serenidad y paz de corazón. Si la conversión puede liberar de la muerte eterna, no tanto de la desaparición física.

La imagen de Dios pensando en la idea de que la muerte violenta revelaría un pecado grave en la víctima no se corresponde con el Dios-Padre revelado por Jesús. Este no es un Dios que se venga de los pecadores, sino un Dios paciente, que espera, concediendo el tiempo necesario, que en un momento dado la humanidad terminará dándose cuenta de ese amor loco con el que es amada, y esto dará los frutos del amor fraterno y de la solidaridad que se espera de ella.

En cualquier caso, esta es la perspectiva indicada por la parábola, el punto teológico que esta dramatiza con la ayuda de la historia de un hombre, de su higuera y de su viñador. Decepcionado por no haber recibido los frutos que tenía derecho a esperar, después de tantos años de cuidado y trabajo, el hombre decide cortar su higuera, porque no sería bueno continuar dejándola disfrutar de la tierra en vano. Pero, sorprendentemente, su viñador interviene e intercede para que le sea concedida una prorroga a la higuera, el tiempo suficiente para comprobar si trabajando mejor la tierra y poniendo fertilizantes las cosas pudiesen cambiar. No conocemos como continua la historia, ni tampoco se narra si se lleva a cabo la ejecución del veredicto, pero esto abre el camino a la esperanza. Si de alguna manera nos vemos reflejados en la imagen de la higuera, la buena noticia está en que el tiempo de vida que nos ha dado el dueño del universo nos abre un espacio para dejar que actúe en nosotros la gracia divina y produzca sus frutos de paz, de alegría, de justicia y de amor en cada uno de nosotros. Es un regalo, una especie de segunda oportunidad que no deja lugar al error. Por otro lado, si es la figura del viñador la que nos represente, debemos entrever nuestra parte en la intercesión y en los esfuerzos que debemos realizar para contribuir a la conversión de los demás. Como comunidad eclesial, no hace falta decir que estamos llamados a un doble compromiso: convertirnos sin descanso, llegando a ser cada día más transparentes a la Palabra de Dios y dóciles al Espíritu de amor que da la vida y empeñarnos por la conversión del mundo sin ensombrecer el rostro misericordioso y paciente de Dios,

Padre de Jesucristo, cuya primera y única voluntad es salvar y no condenar. La experiencia muestra que se obtiene más del corazón al darle confianza: no conquistamos a las personas al amor divino metiéndolas miedo, aprisionándolas en sus desgracias. Que esta pedagogía guíe nuestras acciones misioneras, sin que esto atenúe la agudeza profética ni la profunda comprensión de la naturaleza humana y el contenido de la salvación.

La imagen de la higuera plantada en el viñedo sugiere, tal vez, que el reino de Dios (la viña) es mucho más grande que Israel o Jerusalén, representados por la higuera. Por lo tanto, Jesús, el Mesías, el viñador divino, ha venido a buscar en la Ciudad Santa los frutos de la misericordia, de la justicia y de la fidelidad. Estos son los frutos que le gustan a Dios, los frutos esperados por el «dueño de la viña». Pero el tiempo se acaba y se toma la decisión de cortar la higuera, porque no se han encontrado esos frutos. Este es también el significado del episodio del higo estéril de Marcos (cf Mc 13,28) y de Mateo (cf Mt 21,18-22; 24,32), que condujeron a la maldición del árbol.

Pero, sorprendentemente, en la parábola de Lucas es el viñador el que intercede con el propietario, para que tenga un poco de paciencia con su higuera y, por tanto, para que tenga piedad de Jerusalén. Y como si esto no fuera suficiente, se compromete a hacer todo lo posible para que este árbol sea fructífero. Porque seguramente, como declara el profeta Ezequiel en la aclamación del Aleluya, Dios no disfruta de la muerte de los malvados; más bien es su conversión lo que él desea, para que puedan abandonar su camino equivocado y su vida de pecado. «Convertíos, convertíos de vuestra perversa conducta. ¿Por qué os obstináis en morir, casa de Israel?» (Ez 33,11). Desafortunadamente, la invitación a la conversión no fue aceptada, las advertencias no fueron escuchadas, las señales no fueron entendidas y el tiempo de la gracia no fue disfrutado. Pero antes de que ocurriera la tragedia final de Jerusalén, el mismo árbol de la vida, Jesús, quiso ser cortado de modo que, en última instancia, la raíz de todos los males fuese extirpada y germinase en nuestro corazón, vivificándola eternamente con la fuerza del Espíritu Santo.

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