Reflexión Dominical
XXIX Tiempo Ordinario
DOMUND
Ciclo C, Evangelio según san Lucas 18, 1-8
Domingo 20 de octubre, 2019
“Orar siempre, sin desanimarse”: esa es la palabra llave del Evangelio de hoy. ¡Pero cuanto nos cuesta no desanimarnos! Somos todos como Moisés al cual le pesaban las manos por el cansancio. Sí, porque todos sentimos que es casi imposible creer sin desfallecer frente a las dificultades y al silencio de Dios que no da respuestas a nuestras suplicas.
Decía San Daniel Comboni: “La omnipotencia de la oración es nuestra fuerza”. El riesgo es “el silencio del amor en la noche de la indiferencia” (G. Bernanos).
“Sin desanimarse”: esa expresión es una traducción débil del griego “mè enkakeîn”, que se refiere al soldado que abandona las armas durante el combate. Entonces podríamos decir mejor: “orar sin abandonar las armas, sin desertar, sin dejarse vencer por el miedo o la vileza”. Entonces orar es mezclar nuestra fuerza a la de Dios, es el coraje del combate, como Moisés con los brazos levantados hacia el cielo, como la viuda del evangelio de hoy que no se cansa frente al juez malvado.
Más que modelo de oración, la viuda del relato es ejemplo admirable de lucha por la justicia en medio de una sociedad corrupta que abusa de los más débiles y no respeta la dignidad ni los derechos de los pobres. Al juez no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven millones de mujeres de todos los tiempos en la mayoría de los pueblos. Pero el juez malvado le hará justicia, cede: cuanto más, hace entender Jesús, el Padre mío que es bondad infinita.
Quizás es justamente eso que más nos pesa: no vemos la prontitud de Dios. Nuestras oraciones se van y nos parece que ninguna vuelva llevando una respuesta. Largo es el atraso de Dios. ¿Por qué no acaba con las guerras? ¿Por qué no nos salva de las enfermedades y deja morir al inocente? ¿Por qué no convierte a los corruptos? Todos esos “porqué” cansan la oración. Sin embargo la respuesta está todavía en el primer versículo del evangelio de hoy: “orad sin desanimaros, sin deponer las armas, orad y luchad”. Es un poco como la larga oración de los árboles en el invierno, esperando la primavera.
“La oración es el respiro de la fe. Orar es una necesidad, porque si dejo de respirar ceso de vivir. Ese respiro, ese canal abierto en el cual escurre el oxígeno de Dios, viene antes de todo, antes de pedir un don particular, una ayuda, una gracia. Es el respiro de la vida, como por dos que se aman el respiro de su amor” (E. Ronchi). La oración es desear a Dios y Dios no puede sustraerse al deseo pues él es amor.
No somos nosotros los que salvan el mundo, pero sin nosotros el mundo no será salvado. Es nuestro cansancio que atrasa la historia, es nuestra infidelidad que atrasa la venida del Reino. Así seamos como la viuda importuna del evangelio: con nuestra perseverancia en la oración forzamos la aurora, aceleramos la venida del Salvador. El hombre o la mujer de Dios es un orante que lucha, alguien que ora sin deponer las armas (cfr. Rom 15,30; Ex 17,8 ss.; Gen 32,33 ss.).
“La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuera precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?” (Pagola).
El evangelio de hoy termina con una pregunta muy grave: “¿Cuando venga el Hijo del hombre, encontrará todavía fe en la tierra?”.
Así podríamos rezar con Tagore, el gran poeta de India: “No te vayas Señor cuando encuentres cerrada la puerta de mi corazón: derríbala y entra, no te vayas Señor. Cuando las cuerdas de mi guitarra olvidan tu nombre, espera, no te vayas Señor. Cuando yo ponga a otro sobre tu trono, o rey de mi vida, no te vayas Señor”. Así oraba Tagore, así oremos nosotros también: “No te vayas Señor, digas solamente una palabra y seremos salvos”.
Y la oración, como búsqueda de comunión con el Señor, nace de la escucha, con el corazón, de la Palabra de Dios. Como decía Pablo a Timoteo: “La sagrada Escritura puede darte la sabiduría que conduce a la salvación” (vv. 14-16). Y quien ha encontrado ese tesoro, no puede esconderlo o considerarlo un bien a gozar en soledad, tiene que comunicar su descubrimiento a los hermanos: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo…”.
Es lo que nos recuerda particularmente ese mes misionero: no reducir la vida cristiana a devociones, a repetición de ritos y ceremonias religiosas, sino a dar importancia a la meditación de la sagrada Escritura. Así se abrasará nuestro corazón y nos sentiremos empujados a anunciar el Evangelio a nuestros hermanos y a luchar por la justicia; así llevaremos en nuestra oración a cuantos todavía en el mundo no conocen la Buena Noticia de Jesús o que, después de haberla conocida, se han alejado de él.
Hoy es tiempo de misión, es tiempo de asumir de nuevo la dimensión militante de la vida cristiana. Es tiempo de coraje, de reforzar las rodillas vacilantes, de retomar el gusto de gastarse, la confianza en la fuerza que la misión lleva consigo.
Escuchemos lo que nos dice el Papa Francisco en su mensaje por la JMM 2013: “La fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar… Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido… El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial… Hago un llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada, a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo… y a no tener miedo a ser generosos con el Señor”.
“Que todos los evangelizadores favorezcan el encuentro de los corazones con el Señor… por caminos siempre nuevos por los cuales Cristo Resucitado derrama su Espíritu en el mundo” (Papa Francisco, Angelus del 16.10.19).
“La mies es mucha – decía Jesús – pero los obreros son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies” (Lc 10,2). Sí, que el Señor suscite vocaciones misioneras para el mundo entero también en nuestra comunidad parroquial. Que las vocaciones sean también fruto de nuestra oración confiada y perseverante.
Así sea para nosotros. Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

