Zaqueo

Reflexión Dominical

XXXI Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 19, 1-10

Domingo 3 de noviembre, 2019

En camino hacia Jerusalén, Jesús entra en Jericó. El acababa de sanar a un mendigo ciego que lo suplicaba: “Jesús, ten compasión de mí… haz que vea!” (Lc 18, 35-43). En Jericó otro hombre, Zaqueo, desea “ver” a Jesús. Jesús camina en las calles de la ciudad, pero en realidad él quiere recorrer las vías del corazón, la intimidad más oculta de la vida, escondida también a los más cercanos. Jesús no se preocupa de la muchedumbre: ahora busca a Zaqueo, pues sabe que ese hombre pecador desea verlo, conocerlo. ¡Por una extraña burla del destino su nombre significa “el puro, el justo”!

El milagro de la conversión de Zaqueo empieza con una mirada.

Jericó, una de las más antiguas ciudades del mundo, era un floreciente oasis circundado por el desierto, y su cercanía a los vados del Jordán había hecho de ella un importante centro de aduanas. Allí vivía un jefe de los publicanos, llamado Zaqueo.

“Zaqueo trataba de ver a Jesús”. Zaqueo ha obtenido todo de la vida, y sin embargo está profundamente insatisfecho. Ha participado a tantos banquetes, y aún está buscando el alimento que sacia. Quiere ver a Jesús porque, piensa, es quizás el único capaz de entender sus angustias y su drama interior. Y para verlo, sube sobre un sicomoro, pues era bajo de estatura. No le importa si la gente se burla de él, el gran personaje. Su deseo de ver a Jesús es tan fuerte que prevale sobre cualquier otro sentimiento.

Busca desesperadamente a Jesús porque seguramente ha oído hablar de él, de cómo era “amigo de los publicanos y de los pecadores” (Lc 7,34), y que no había venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Lc 5,32). Por eso quiere saber “quien” es Jesús. No es una simple curiosidad como la de Herodes (Lc 9,9): Zaqueo está listo a todo, pues aspira a un cambio radical de su existencia.

En Zaqueo hay un deseo, una necesidad, algo que falta, y que después se encuentra con otro buscar, aquel de Jesús “venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. A Jesús también falta algo, a Dios también falta algo: falta Zaqueo, falta una oveja, falto yo. El encuentro de esos dos deseos hace brotar la vida nueva, un alma libre y viva.

El milagro de la conversión de Zaqueo empieza con una mirada. Jesús, desde abajo levanta su mirada llena de amor. Hay un encuentro de miradas, un abrazo de miradas en un palpitar del deseo. En esa mirada reciproca empieza una relación nueva. Jesús llama a Zaqueo por su nombre, como hace con los amigos, y se auto-invita a su casa. Y lo hace desde abajo haciéndose más pequeño del pequeño Zaqueo, porque quien ama nunca juzga y se baja frente a la persona amada para lavarle los pies. Toda distancia está anulada, y eso llena de gozo a Zaqueo, le da una nueva esperanza, le cambia la vida, porque descubre que es buscado, deseado, llamado, conocido, acogido. Y es de inmediato fiesta.

“Hoy tengo que alojarme en tu casa”. Es una necesidad interior de Dios que de venir en mi vida, un deber que le urge en el corazón, un fuego y una ansia que lo empuja: yo falto al Señor. Es el Señor que me ruega y dice: hoy tengo que quedarme contigo, hoy estoy a la puerta de tu casa y golpeo, y espero que tú me abras y cenaré contigo (Ap. 3,20). Jesús vendrá si mi deseo lo llama.

Jesús y Zaqueo se encaminan así hacia la casa, como amigos. Encontrar a Jesús, ese hombre maravilloso que no juzga y se hace amigo, nos vuelve libres. Zaqueo, despreciado por todos, bajó enseguida con alegría.

Finalmente Zaqueo descubre y experimenta aquel gozo verdadero que siempre había sin resultado buscado. “Y lo recibió muy contento en su casa”. Recibir, acoger, es el verbo central: Dios no se merece, se acoge. Acoger es el gesto fundamental del amor, la sustancia del Evangelio: Dios es pura acogida y no busca otra cosa que de ser acogido.

A ese punto, el amor engendra a otro amor. Zaqueo, amado gratuitamente, se da cuenta que existen otras personas que necesitan amor: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. Zaqueo hace más de lo que exigía la ley; quizás menos de lo que a Jesús le gustaría pedirle y sin embargo no le dice como a otros: “Vende todo lo que tienes y delo a los pobres” (Lc 18,22). Zaqueo hace libremente, por su decisión, lo que se siente de hacer, con verdad, sin constricción cualquiera.

Zaqueo se convirtió cuando descubrió que Dios lo amaba a pesar de que fuese un impuro, un pecador. El descubrimiento de ese amor gratuito ha sido la luz que ha disipado las tinieblas que envolvían su vida y que le ha hecho entender que sólo el amor y el don son fuente de gozo.

 

Y Jesús concluye: “Hoy ha entrado la salvación en esta casa”. Pues eso es la salvación: Dios que viene, Dios que mora en mí como Jesús en casa de Zaqueo; descansa en mí y me transforma en él.  El Salvador nace en mi corazón. Y entonces, encontrados y amados por Jesús, tenemos que hacer como El.

“Tarde o temprano todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida renunciando a cualquier aspiración de vivir con más calidad humana. Los creyentes hemos de saber que un encuentro más auténtico con Jesús puede hacer nuestra vida más humana y, sobre todo, más solidaria” (Pagola). “Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”: que busquemos solamente a Jesús, nuestro verdadero tesoro, y no a la atracción del dinero.

El card. Martini decía a los jóvenes de Milán: “Atravesad la ciudad, pasad entre las muchedumbres en el nombre de Jesús… que nunca os encerréis, porque la Iglesia es abierta al mundo… Quedaos cerca de los pobres de pan, de afección, de cultura, de libertad y de salud… no dejéis a nadie solo… Hay lugares que parecen impenetrables, perdidos, arruinados para siempre, inaccesibles al Evangelio: tened confianza, id al encuentro del mundo contemporáneo que necesita de vosotros y os espera. El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido: no hay nada de perdido que no pueda ser salvado. Así, con el coraje y la confianza de Jesús atravesad la ciudad, no tengáis miedo de ser los santos de este nuevo milenio” (card. Martini a los jóvenes de Milán, 2000).

La Eucaristía repite el encuentro de Jesús con Zaqueo. Dichosos los invitados a la cena del Señor: ¡que ese encuentro nos cambie la vida, y haga de cada uno de nosotros donadores de amor para que otros tengan vida y gozo!

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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