Dejemos los miedos

Reflexión Dominical

XXXII Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 20, 27-38

Domingo 10 de noviembre, 2019

Después de la fiesta de todos los santos y el recuerdo de todos los difuntos (dos aspectos de la misma memoria), la liturgia de este domingo continua a presentarnos el misterio de la vida más allá que la muerte. Nacemos, crecemos, cultivamos sueños y esperanzas… y pues un día todo parece concluirse en la nada de la muerte. Se interrumpen los diálogos de amor, los afectos, las relaciones con las personas queridas. ¿Volvemos en la nada de la cual nos había sacado un gesto de amor de nuestros padres? ¿Es posible que Dios nos haya creado por un destino tan cruel? ¿Hay algo después de la muerte, y cómo será? ¿Qué significa: creo en la resurrección de la carne?

La fe nace en la Resurrección de Cristo.

En Israel, la fe en la resurrección se formula explícitamente solo en época tardía, como meditación sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Su amor dura eternamente y no puede terminar ni siquiera con la muerte; debe vencerla y hacernos resucitar para mantener su fidelidad a nosotros.

Esa revelación está presente sobre todo en los profetas y tiene su formulación más elevada en el libro de la Sabiduría (3-5) y en 2 Macabeos 7. En Ez 37,13 ss., la resurrección se ve como la acción que nos hace reconocer a Dios: “Sabrán que yo soy el Señor cuando abra sus tumbas y los haga salir de sus tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su suelo y sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago”.

La fe cristiana tiene su comienzo en la resurrección de Jesús. La alegría que brota de allí es la fuerza para seguirlo hasta la cruz, y participar así a la resurrección de los muertos (Fil 3,11). Resurrección que es “estar siempre con el Señor” (1 Tes. 4,17).

En el tiempo de Jesús los Fariseos profesaban firmemente la fe en la resurrección de los muertos, aunque fuera un simple proyectar en el más allá que la muerte gozos, placeres, satisfacciones y también el regreso a la vida conyugal. El pueblo compartía la fe de los Fariseos. Los Saduceos al contrario, ricos e influyentes, no soñaban un paraíso más allá que la muerte, pues podían gozarlo en este mundo con el mucho dinero que tenían. Por eso los Saduceos ponen una pregunta insidiosa a Jesús, quizás también para burlarse de él: “¿De quién será esposa, en la resurrección de los muertos, una viuda de siete maridos?”.

Jesús no se preocupa de explicarnos “cómo” será el después de la muerte: dice simplemente que el destino del justo es la comunión con Dios, en una plenitud de vida y de amor. “Voy a prepararles un lugar; y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3). Jesús proclama el verdadero rostro de Dios como el Dios de la vida, raíz de eternidad para todos los que en la tierra han estado en comunión y en alianza con él. “Si hemos muerto con Cristo, debemos creer que también viviremos con él” (Rom 6,8).

“El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un futuro último… Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena” (Pagola 2019), es el nihilismo total y muchos se quitan la vida, también en Costa Rica!

La fe en la resurrección no es fruto de mis deseos, de mi necesidad de existir más allá de las barreras de la muerte, sino dice la necesidad de Dios de dar vida, de custodiar vidas “a la sombra de sus alas” (Sal 17,8). Frente a los Saduceos Jesús no se contenta de afirmar la resurrección, sino hace ver con una argumentación rabínica, como la Escritura la afirma implícitamente: “El Señor es Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”.

El Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, el Dios que es mío y tuyo, vive solo si Abrahán, Isaac y Jacob son vivos, solo si tú y yo viviremos. Nuestra resurrección hará de Dios el Padre para siempre.

Dios pertenece a ellos y ellos le pertenecen. Y tan total es el vínculo, que el Señor llega a calificarse no con un nombre propio, sino con el nombre de cuantos ha amado. El amor se muestra y califica con el nombre de los amados; el nombre de Dios se entrelaza con aquello de los hombres, es una sola cosa con mi nombre, yo también amado para siempre, yo también perteneciente a un Dios vivo.

Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob, de Jesús, de mi padre, de mi madre. El Dios humilde que considera a sus amigos parte integrante de sí mismo, y que se califica por medio de los nombres de cuantos han vivido en su amistad, se han quedado unidos a Él, y Él ha sido, Él es, su vida (Dt 30,20).  Por eso: “Ni la muerte ni la vida, nada podrá nunca separarnos del amor de Dios” (Rom 8,38): nada en el mundo, nada más allá del mundo. Las puertas de la muerte se abren hacia la vida. Porque Dios ama la vida y “no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos” (Sab 1,13).

Como el niño dentro el vientre de su madre no puede saber nada de la vida afuera, análogamente nosotros no podemos decir nada de la vida más allá que la muerte; nada, si la Palabra de Dios no nos iluminara. Y Jesús nos revela que es una vida llena de comunión afectuosa con Dios y entre nosotros, sin lágrimas, ni amarguras y afanes. El cielo empieza ya en esa tierra cuando tratamos de vivir según el Evangelio, una vida que nunca se acabará. “Creo en la vida eterna”.

Si Dios es Dios de los vivos, entonces él me dice que tengo que resucitar todos los días, luchando contra todo lo que es muerte. Toda la vida de Jesús ha sido un “sí” a la vida y un “no” a la muerte. Ha sanado los enfermos. Ha dado esperanza a los marginados. Ha perdonado. Ha gritado y luchado contra las injusticias. Ha reivindicado los derechos de los leprosos, de las viudas, de las mujeres. Ha resucitado a muertos. Quien no trabaja para liberar al ser humano del sufrimiento no cree en un mundo nuevo y feliz.

Hoy vivimos en una sociedad y en un mundo que vive en el miedo: miedo de la enfermedad, de la muerte, del extranjero, del diferente. Hay un clima de desconfianza y de pesimismo. Vivimos cada día en el signo de la muerte: hambre, violencia, guerras, terrorismo. Vivimos en una sociedad siempre más indiferente y egoísta, incapaz de difundir signos de vida, de solidaridad, de esperanza, de compartir.

Entonces la tarea del discípulo de Cristo es de ayudar a vivir, construir caminos de resurrección, llevar semillas de esperanza. Pensemos al drama de los jóvenes sin trabajo, a los niños que cada día mueren de hambre, a los ancianos solos, a las familias que no saben cómo llegar al fin del mes, a los muchos enfermos que necesitan ayuda. Esta es la resurrección que estamos llamados a hacer surgir alrededor de nosotros.

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

 

 

 

 

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