Mantener la Utopía

1. Como es sabido, le debemos este término, Utopía, al mártir, filósofo y político, S. Tomás Moro (1478-1535). Él enriqueció así nuestros diccionarios con una palabra que no existía y que él derivó de dos términos griegos, oú “no” y topos “lugar”. Utopía, entonces, equivale a decir “ningún lugar” o “sin lugar”. Así llamó a la isla afortunada que describió como lugar de paz y armonía, pero bien consciente de que tal lugar, de hecho, no existió ni jamás existirá.

El nombre Utopía, no es pues muy antiguo, pero el ideal de un mundo en paz, solidario, sin antagonismos y sin guerras, está presente en muchas obras filosóficas y literarias, desde la República de Platón, a la Ciudad de Dios de San Agustín, de escritos de Joaquín de Fiore a la Ciudad del Sol del dominico Tomás Campanella… y en muchas otras, inclusive recientes como la de A. Huxley con su Mundo Feliz.

Hay que comprometerse a fondo, con valentía y perseverancia para acercarnos a ese “lugar de Paz”.

La realidad es dramáticamente otra. Italiano de origen, muy pronto me di cuenta que estudiar la historia del Imperio Romano, prácticamente significaba estudiar las sucesivas guerras del naciente Imperio de Roma para ir ampliando su territorio e imponerse a los pueblos vecinos. Luego había que estudiar la historia de la propia Patria, Italia, para otra vez hacer memoria de victorias y derrotas.

Viví mi infancia (1938-1945) en el clima de la horrible e inútil masacre de la Segunda Guerra Mundial. Aún hoy tengo presente la macabra escena de muertos arrastrados por la corriente del río Adigio a los cuales nadie daba sepultura.

Cuando Judas criticó ásperamente el gesto del inútil despilfarro de María la hermana de Lázaro, quien en un gesto de amor exagerado, rompe el frasco de alabastro, para ungir de nardo muy perfumado los pies de Jesús, éste la defiende diciendo: “los pobres, siempre los tendrán entre ustedes” (Jn 12,8). Esa dolorosa afirmación de Jesús podría completarse con otra, que es nuestra: “siempre tendrán guerras entre ustedes”.

Alguien (acaso víctima de pesimismo) ha escrito: “estamos instalados en la violencia, en la guerra: millones mueren asesinados en el seno materno, millones mueren de hambre y enfermedades… millones mueren víctimas de guerras protagonizadas directamente por el aparato bélico mundial.

San Pablo VI, en su profética encíclica Popolorum Progessio (El progreso de los pueblos), había escrito: “el mundo está enfermo, y su enfermedad debe ser buscada no tanto en la ausencia de los recursos necesarios ni en el adueñarse de los mismos de parte de algunos, cuanto en la falta de solidaridad y de auténtica fraternidad entre los hombres y entre los pueblos” (78).

2. ¿Cabe, a pesar de todo, soñar con la Paz? El profeta Isaías contempló la Paz y escribió: “visión de Isaías, hijo de Amós, Él gobernará las naciones, dictará sus leyes a pueblos numerosos que trocarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No alzará ya la espada contra pueblo y nunca más se entrenarán para la guerra” (Is 2,4).

Él, Cristo, “Príncipe de la Paz”, contemplado por Isaías, trastorna la historia y nos sitúa en profunda tensión entre la realidad que nos puede hundir en el desánimo y en la depresión, propia de ser pasivos, y la esperanza de lo “humanamente imposible”, la Paz. Jesús, nos lo ha declarado solemnemente, “yo he vencido el mundo” (Jn 16,33) y “mi Paz les doy, mis Paz les dejo, no como la da el mundo” (Jn 14, 27), pero a la vez nos dijo, “Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán” (Jn 15,20), es decir, tendrán que caminar como los vencidos, como los débiles…

Es espontáneo que todos recordemos la afirmación programática de Martin Luther King: “¡he tenido un sueño!” Lo pusieron entre los vencidos y lo eliminaron, pero no fue eliminado su “sueño de libertad”.

3. ¡Hay que mantener la Utopía! Estamos conscientes de que nunca alcanzaremos un “lugar”, un mundo de Paz y en Paz, pero hay que comprometerse a fondo, con valentía y perseverancia para acercarnos a ese “lugar de Paz”.

Estamos del todo de acuerdo con Ernest Bloc, el autor de “El Principio Esperanza”, quien ha escrito: “ser persona significa poseer una utopía”. La verdadera historia de la humanidad, la que ha hecho avanzar al ser humano, es la historia de la Utopía, que es la historia de personas que se han atrevido a esperar en contra de toda esperanza, sin pretender que otros “empezaran” antes que ellos o al menos con ellos.

Cuando Roncalli, el futuro San Juan XXIII obtenía lo imposible en sus gestiones en favor de todas las víctimas de uno u otro bando en la Segunda Guerra Mundial, daba prueba que su esperanza se imponía a todo lo imposible.

De lo mismo nos da prueba la diplomacia extraoficial de la comunidad de Sant’ Egidio enredada en reconciliaciones en Argelia, Líbano, Kosovo, Albania, Burundi, Sudán, Guatemala, y consigue la firma de Paz en Mozambique tras décadas de matanza… No podemos olvidar a Gandhi, el “alma grande”, que ha movilizado con oración y expiación a millones de personas frente al colonialismo y la explotación, obteniendo incluso la adhesión de miembros del grupo opresor…

La Utopía nos parece cercana cuando Madre Teresa de Calcuta, logró interrumpir una cruel batalla en el Líbano, mediante el recurso a la oración para así poder recoger a unos niños musulmanes, con discapacidad mental, que habían sido abandonados entre las líneas de fuego…

Y para concluir con la memoria de estos maravillosos oasis de Paz en el desierto de nuestras guerras, baste recordar a un hermano desconocido, pero cuyo nombre está en la lista de los santos canonizados. Su gesto de “interposición no violenta” no fue fruto del cálculo acerca de resultados, sino solo consecuencia de la urgencia del amor. Se trata de San Telémaco, un monje de oriente del siglo V. Un día llegó a Roma y presenció una lucha entre gladiadores, se arrojó en medio de ellos para separarlos. Los espectadores le mataron a pedradas… Desde entonces el emperador Honorio abolió esos juegos.

Urge mantener la Utopía con la convicción de que la debilidad de la paloma podrá imponerse al rapaz predador violento (dijo Carlos Díaz). Estos será posible si contamos con nuevos santos que se atrevan a soñar con la victoria, mediante la derrota, como lo hizo el Príncipe de la Paz, Cristo, desde la Cruz.

+ P. Vittorino Girardi S. mccj.

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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