Reflexión Dominical
XXXIII Tiempo Ordinario
Jornada Mundial de los Pobres
Ciclo C, Evangelio según san Lucas 21, 5-19
Domingo 17 de noviembre, 2019
Ya hemos llegado casi al final del año litúrgico y el Evangelio de hoy, parte de un texto apocalíptico y escatológico, nos habla de una pequeña apocalipsis personal y de una más grande que concierne el destino cósmico y la historia del mundo.
“No es fácil diferenciar el mensaje que puede ser atribuido a Jesús y las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas, envueltas en situaciones trágicas mientras esperan con angustia y en medio de persecuciones el final de los tiempos” (Pagola 2019)
Sin embargo el mensaje de Jesús no quiere inducirnos al miedo, más bien quiere alimentar nuestra esperanza. “Apocalipsis” no significa desastre, destrucción, sino revelación, quitar el velo que cubre nuestros ojos para ver la verdad ultima, la última palabra de Dios sobre el mundo, para que sea claro hacia dónde va el camino del hombre y del cosmos, un camino trágico y luminoso.
Sí, está llegando “el día ardiente como un fuego” (Mal 3,19), pero frente a los signos de sangre y de muerte de nuestro presente, nosotros, discípulos de Jesús, repetimos que en cada vida y en toda la historia se prolonga el misterio de cruz y de resurrección. La victoria no será del mal, nos asegura el Evangelio, sino más bien de la fidelidad de Dios a nosotros. En el caos de la historia la mirada del Señor está posada sobre de mí, sobre cada discípulo y nos llama a no traicionar el sueño de Dios, a crear una tierra llena de humanidad, de compasión, de fraternidad entre todos los pueblos.
Pocos versículos antes del evangelio de hoy Lucas nos dice que Jesús lloró sobre Jerusalén, Jesús llora porque la ciudad de la paz ha sido transformada en un lugar de poder y la religión en un gran mercado. ¡Que Jesús no tenga que llorar también sobre su Iglesia!
A los discípulos que admiran la belleza del templo de Jerusalén, Jesús dice: “no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”. Las palabras duras de Jesús, desmoronan también la seguridad que les daba el templo del Señor. Entonces preguntan “cuando” ocurrirá todo eso. Y Jesús contesta que no importa saber el “cuando”, sino “cómo” esperar ese momento: con el testimonio y la perseverancia.
Hay siempre tentaciones que el discípulo tiene que enfrentar. La primera es el engaño: “Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘yo soy’, o bien ‘el momento está cerca’; no vayáis tras ellos”. Nuestro discernimiento se hará entonces volviendo incansablemente al Evangelio y a la vida de Jesús, pues solamente su vida interpreta sus palabras. “Aunque fuera un ángel que os anunciara cosas diferentes de la cruz, no le creáis” han repetido los apóstoles.
La segunda tentación: el odio, las guerras, que son el pecado de Caín, el fruto envenenado de la búsqueda de poder. Y pues temblores, huracanes, tsunami, carestías, pestilencias. Es lo que ocurría en el tiempo de Lucas y ocurre en cada época. En las tinieblas estamos llamados a dar testimonio de la luz de nuestro Señor Resucitado.
Y pues las persecuciones y las traiciones que pero no bloquean el Reino, sino lo difunden. Los discípulos serán odiados; odiados por el mundo, porque se oponen a la lógica del mundo, porque desenmascaran su engaño mortal que ama la muerte.
Dios toma a pecho todo el hombre, en su entereza: el ama como un enamorado cada fragmento del amado, uno solo de sus cabellos y todo su misterio. Y yo no puedo que decir gracias al Señor, porque en el caos de la tierra y de la historia, su mirada está firme sobre de mí y nada de lo que es mío es demasiado pequeño por su amor.
“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”: cada vez que perseveras y vas hasta el fondo de un sentimiento, de una idea, de una intuición, de un servicio, del don de ti mismo; cada acto humano perseverante en las pruebas, perseverante en el tiempo, tiene en sí mismo algo de absoluto y se acerca al absoluto de Dios. Ser perseverantes significa no resignarnos, no rendirnos, continuar a sembrar con paciencia aun cuando el hielo puede destruir una cosecha.
“Salvaréis vuestras almas”: no sabemos muy bien lo que es el alma, pero lo sabemos todos lo que significa vivir sin alma. ¡Cuántos amores sin alma! ¡Cuántas acciones sin alma! Y días enteros vividos sin alma. No sabemos bien lo que sea el alma, pero sabemos que hay el respiro de Dios dentro de nosotros, que hay una parte eterna y divina en mí que yo puedo salvar o desperdiciar. La salvaré con mi perseverancia.
Si hay una virtud que no está de moda hoy, en la cultura del efímero, del inmediato, de la apariencia, es justamente la perseverancia: virtud humilde, que no hace ruido, que no tiene apariencia, y sin embargo es el cemento de la vida; virtud que no cede a las ilusiones, virtud cotidiana, ferial; nos dice que no tiene que ser el miedo que guía las acciones, que no tiene que ser mi interés o mi placer a determinar o subvertir mi vida. Sembrar, plantar, perseverar velando sobre cada brote de la vida que nace. El bien vencerá sobre todo mal, sobre todo odio. El amor vencerá.
No basta celebrar nuestra fe en nuestros grupos o comunidades cristianas, al margen de lo que está sucediendo. “Pocas cosas pueden ser más nobles en estos momentos que el aprender a cuidarnos mutuamente, con todos,… viviendo de manera más sobria y solidaria” (Pagola 2019).
Como dice san Pedro (2Pe 3,13-15a): “Nosotros, conforme a la promesa del Señor, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los que tiene su morada la santidad. Por eso, carísimos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad con toda diligencia que él os encuentre en paz, sin mancha e irreprensibles. Considerad esta paciente espera de nuestro Señor, como una oportunidad para alcanzar la salvación”.
Bendito seas Dios que nos acompañas y nos esperas.
Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

