La cruz transforma heridas en belleza

Reflexión Dominical

Jesucristo Rey del Universo

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 23, 35-43

Domingo 24 de noviembre, 2019

Hoy celebramos Jesús Rey del universo, pero de evidente hay solamente la cruz. Jesús crucificado nos recuerda que su reino no es un reino de poder, sino de servicio, de amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, del pecado y de la muerte. Y Jesús nos invita a seguir su ejemplo, a cargar con nuestra cruz.

“Jesús de Nazaret Rey de los judíos”. Para los jefes de los judíos ese rotulo puesto sobre la cruz era una burla e indicaba el final de su aventura. Sin embargo es allí en la cruz, en el lugar del dolor más grande y de la más humillante derrota, que resplandece la gloria de ese Rey, la gloria del más grande amor. En su aparecer fracasado y vencido, triunfa del último enemigo, la muerte.

El rostro del rey es el rostro de quien tiene la fuerza divina de perderse dentro del ansia y del miedo del otro.

En el desierto, antes de empezar su ministerio, Jesús había resistido por tres veces a los asaltos de Satanás que lo empujaba a tomar el camino de un mesianismo glorioso, y el demonio se alejó de él para volver en el tiempo fijado (Lc 4,13). Ahora, en el Calvario, llega el “tiempo fijado”. Por tres veces viene dirigido al rey-crucificado el desafío lleno de escarnios y de insultos: “Sálvate a ti mismo”. Y eso de la parte de los jefes del pueblo, representantes del poder religioso; de la parte de los soldados, representantes del poder político; de la parte de uno de los malhechores crucificado a su lado, representante de la opinión pública. Hay algo que vale más que la vida: es el amor.

Si Jesús aceptara y bajara de la cruz, piensa la gente, se mostraría como “fuerte”, como un verdadero “rey” delante de los hombres. Jesús se queda clavado en la cruz, no quiere bajar y salvarse, porque por amor ha renunciado a esa opción, para salvarnos a nosotros. Un crucificado es nuestro verdadero rey, nuestro Señor. Celebramos un rey crucificado, justiciado y escarnecido, pero que muere obstinadamente amando. El pequeño espacio de la cruz es el vértice de la dignidad real: “Dar la vida por aquellos que se aman” (Jn 15,13).

“Jesús, acuérdate de mí” ruega uno de los dos malhechores que se muere cerca de Cristo.  El decirle “Jesús” es un detalle de amistad y de confianza, una hermosa confesión de fe, llena de esperanza. “Estarás conmigo” contesta el Amor. Jesús se olvida a si mismo hasta dentro de su agonía, y se interesa no de su propia salvación sino de la salvación de quien se muere a la par. El rostro del rey es el rostro de quien tiene la fuerza divina de perderse dentro del ansia y del miedo del otro.

Allí, en aquel asesino crucificado, hay la consagración de la dignidad del hombre: en su límite más bajo, el hombre se queda todavía amable; en su último extravío la persona puede aún ser salvada. No hay nada y nadie de perdido definitivamente, no hay nadie que no pueda esperar, nadie puede ir tan lejos de la casa del Padre, que no pueda ser alcanzado por el corazón luminoso de Cristo. La cruz, el trono del rey, es el abismo donde Dios deviene el amante.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús es el Señor del tiempo, y por nosotros también, muchas veces prisioneros del tiempo, por nosotros que gozamos cortos instantes de goces e interminables intervalos vacíos que se escapan como arena entre los dedos, por nosotros se dice “hoy”. El Paraíso, el mundo nuevo, donde sólo existe el amor y la vida en plenitud.

Vence el miedo del tiempo aquel que descubre un sabor de eternidad en todo lo que hace: porque nuestra porción de eterno es la intensidad, es la pasión con que actuamos, es poner todo el corazón en lo que hacemos, es poner lo que hacemos en el corazón de Dios.

“Estarás conmigo en el paraíso”. Mientras la lógica de la historia, de nuestra historia, parece avanzar por exclusiones y separaciones, por pequeños o grandes apartamientos de confines y de fronteras, el Reino de Dios es el sueño de un amor que no excluye a nadie. La dignidad real de Cristo no excluye, sino acoge: los brazos de Jesús extendidos y clavados como en un abrazo que no puede más renegarse, dicen solamente acogida, corazón dilatado hasta desgarrarse mucho antes del golpe de lanza. Es un llamado a ser como él, a pasar de un amor que selecciona a un amor que prefiere a cada uno.

Entonces cuando en el “Padre nuestro”, rezamos “que tu reino venga”, significa creer que el mundo cambiará.  Decir “que tu reino venga” es afirmar que la esperanza es más fuerte que la evidencia del mal; es invocar por nosotros un amor siempre menos selectivo, invocar un corazón parecido a aquel del Crucificado. El reino de Dios vendrá cuando nacerá en el centro de la historia y en el corazón nuevo de las criaturas la obstinación del amor: solamente así nuestra crónica amarga se volverá en historia en fin sagrada. No es el poder que redime, sino el amor.

Crucificados con los clavos de la enfermedad, del hambre, del egoísmo, del odio, en la agonía de la esperanza y del amor, en el miedo que ve solamente obscuridad y vacío, tantos hermanos nuestros necesitan de cristianos verdaderos para creer que un crucificado es su único salvador. Hoy se necesitan cristianos que no renuncien a vencer el mal con el bien; que no tengan como objetivo lo de anexarse porciones del mundo; que sepan amar el mundo aun cuando tienen que ser alternativos al mundo. Así seremos siervos de Cristo Rey y Señor, y de nadie más.

Cristo no nos da cita en el Reino de la muerte sino en aquel de la vida. Cristo no vino anunciar al Dios de los muertos sino al Dios de los vivos (Lc 20,37). Su muerte no es un sello definitivo sino un umbral que nos introduce en el “paraíso”. El evangelio de hoy es como un “pregón pascual”, porque es el himno del éxodo hacia la vida divina y eterna. Sí, como nos dice la oración después de la comunión: “que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el reino del cielo”.

“La salvación es un regalo no un mérito. Y si el primero que entra en el paraíso es aquel ladrón crucificado al lado de Jesús, hombre con una vida equivocada, que sin embargo sabe agarrarse al crucificado amor, entonces las puertas del cielo quedarán abiertas de par en par para todos aquellos que reconocen a Jesús como a su compañero de amor y de pena, cualquiera sea su pasado: esa es la Buena Noticia de Jesucristo” (E. Ronchi).

Quien ha vivido no puede no tener cicatrices, pero mirando a Jesús en la cruz podemos transformar en belleza nuestras heridas, transformarlas de maldición en bendición.

Amén.

Pbro. Franco Noventa mccj

 

 

 

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