Ven Señor Jesús

Reflexión Dominical

I Domingo de Adviento

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 24, 37-44

Domingo 1 de diciembre, 2019

Para cumplir con su misión de “difundir el perfume del conocimiento de Cristo en el mundo entero” (2 Cor 2,14), la Iglesia ha dividido el año en partes, los tiempos litúrgicos. Así que quiso que la fiesta de Navidad fuera precedida por un tiempo de preparación y nacieron los domingos de adviento, haciendo empezar el año litúrgico con el primero de esos domingos, al final de noviembre o al principio de diciembre.

Con la palabra adviento los paganos indicaban la venida de su dios. Para los cristianos es el tiempo de preparación a la venida de Jesús. Él viene a iluminar nuestras noches, las del turbamiento y del dolor, de la alienación y del desconsuelo, de la humillación y del abandono, y nos introduce en su paz. Preguntémonos: ¿cuál es el Dios en qué creemos y que estamos esperando?

Nosotros no esperamos a un desconocido, sino aquel que ya ha venido y que volverá al fin de los tiempos.

Nosotros no esperamos a un desconocido, sino aquel que ya ha venido y que volverá al fin de los tiempos. ¿Cómo lo esperamos? ¿Cómo una madre que espera al hijo que vuelve de la guerra o de un país lejano, y que le prepara las cosas que más le gustan? Conocemos los gustos de Dios que se manifiestan en la vida de su hijo Jesús: él amaba a los hombres y la vida, él sabía conmoverse frente al dolor y al amor. Preparar su venida significa asumir sus sueños, su Reino. Si su venida es el tiempo “último”, la espera es saber custodiar el “penúltimo”. La liturgia saca del recuerdo de la primera venida del Señor el resorte de la espera de su última venida. “Por tanto vigilad!”.

El Evangelio de hoy, de género apocalíptico, no quiere comunicarnos miedo, sino esperanza. Nos dice que la existencia no va hacia un caos, un océano de tinieblas, sino hacia un encuentro; que la existencia tiene un sentido de liberación, tiene un proyecto conducido por Aquel que las antífonas de adviento llaman “el fuerte”, “el poderoso”. Los dos hombres en el campo, uno tomado, el otro dejado, vivían los dos sobre la tierra. La diferencia quizás estaba en el “cómo”, en su manera de habitarla y de vivirla. Lo mismo las dos mujeres a la muela.

Noé en su tiempo preparaba el arca. La gente se habrá burlado de él como de un loco, de un soñador. Pero Noé continuó a construir el arca para hospedar familiares y animales, como Dios le había dicho. El tiempo de Noé es también el nuestro. No es el diluvio que tenemos que temer, sino las ocasiones faltadas de vivir con más gozo y más justicia en la tierra.

Imágenes entonces en el Evangelio de hoy, no de violencia sino de pasión. La pasión de Dios por nosotros que engendra futuro. Muchos han hecho la experiencia de Dios casi fuera una experiencia de violación. Como el profeta Jeremías: “Me has seducido Señor, me tomaste a la fuerza y saliste ganando… sentía en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía” (Jr. 20, 7-9). ¡La dicha, el don, la emoción de sentir alguna vez la presa de Dios sobre nuestra vida! Tristemente muchos viven un cristianismo débil, opaco, que ha separado fe y vida, que no sabe dar testimonio y se contenta de dudas.

La dicha y el gozo de experimentar “un Dios sensible al corazón” como decía Pascal, que viene y abre una vía de luz en nuestro cielo cerrado, capaz de dar color nuevo a nuestro vivir diario.

Los días de los hombres al tiempo de Noé, que Jesús critica, son los días de la ausencia de Dios, son mis días cuando me agarro solamente al elenco elemental de las necesidades y no sé más soñar; cuando me contento de la superficie de las cosas y no sé más mostrar que el secreto de mi vida está más allá de mi persona. Es importante encontrar una fuente de vida y de salvación.

Pueda el Hijo del Hombre venir como un ladrón, venir y revolcarnos la vida. El Señor vendrá a robarte todo lo que no es esencial, para que tú no pongas el corazón y el futuro en las cosas y en el dinero; para devolverte a la verdad y a la simplicidad de las relaciones; para decirte que necesitas solamente de una meta grande, y de un amigo sobre quien apoyar el corazón.

Todo entorno de mí dice: tomate placeres; seas más fuerte y más astuto que los demás; actúa como en los días de Noé. Al contrario Jesús dice: el gozo está en el donar, seas perfecto como el Padre. “Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de nuestro cuerpo no fomente los malos deseos” nos decía san Pablo en la II lectura. Caminemos en la luz del Señor, siguiendo a Jesús, luz de la vida.

Cada día el Señor viene, cada día El toca a nuestra puerta pidiéndonos de abrirle y de darle espacio en nuestra vida. En este sentido Él quiere nacer en nosotros con sus continuas e imprevisibles venidas para dirigir nuestros pasos en la vía de la paz. La liturgia nos invita a vivir cada día como si fuera el último día: aquel del encuentro decisivo con el Señor. Ese es el modo más concreto y eficaz de vivir el adviento para prepararnos a la fiesta de Navidad.

Pero si no nos despertamos del letargo de una fe languidecida, no reconoceremos al Señor ni hoy ni nunca. San Pablo nos lo repite: “Ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima”.  Vayamos con gozo al encuentro del Señor que viene, preparando una tierra donde sea posible una vida más humana para todos, donde Dios no muera de hambre, de frío, de soledad, de exclusión.

Y quiero compartir con vosotros esta oración que me gustó mucho; ojala sea lo mismo para vosotros:

“Seas para mi ruina y resurrección, Señor; no me dejes nunca en la indiferencia, en una falsa paz. Cristo, mi dulce ruina, que arruinas mi vida insuficiente, mi vida que se muere, mi mundo de máscaras y mentiras, que arruinas esta vida ilusa. Contradíceme Señor, contradice mis pensamientos con tus pensamientos, contradice mis elecciones de cómodo… Contradice la imagen falsa que tengo de ti y mis pequeños amores. Ven como…  un paso hacia horizontes más grandes, como haz de luz que se insinúa dentro de mis sombras. Y seas mi resurrección, Señor. Cuando creo que para mí todo esté terminado, cuando tengo el vacío adentro y la obscuridad delante de mis ojos, seas resurrección por mí, Señor” (E. Ronchi). Una persona que no espera está muerta.

En cada celebración de la Eucaristía, mientras esperamos su gloriosa venida, Jesús resucitado viene a nuestro encuentro para alimentar nuestra amistad común y ayudarnos a crecer en ella, preparando así el encuentro definitivo. Maranatah, ven Señor Jesús.

Amén.

Pbro. Franco Noventa, mccj  

 

 

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