¡Convertíos!

Reflexión Dominical

II Domingo de Adviento

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 3, 1-12

Domingo 8 de diciembre, 2019

“Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”: esta expresión tiene que ser importante por Mateo, pues recorre tres veces en su evangelio; es el primer anuncio del Bautista (Mt 3,2), y de Jesús (4,17) y lo que los discípulos tendrán que anunciar (10,7). Es el anuncio gozoso, casi un grito, de que viene el Reino de Dios! Es el kerigma, el mensaje de cada misión cristiana. Es el evento realizado por Dios, la venida de su reino, que exige como consecuencia la conversión.

Pero ¿qué es ese reino de los cielos?  La bella noticia que Jesús nos lleva y que el Bautista anticipa es que el Reino de Dios no es una realidad que tenemos que esperar solamente para el futuro, sino que está llegando, más bien, de alguna manera, ya está presente. Dios viene a instaurar su Reino en nuestra historia. Como ya nos lo decía Isaías, el Reino responde a la sed de justicia, de libertad, de esperanza, que atraviesa los pueblos a lo largo del tiempo. Son eliminadas las enemistades, los odios: el pobre y el débil ya no padecen injusticias y abusos; todos son movidos por sentimientos de amor “porque está lleno el país de sabiduría, como las aguas colman el mar” (Is 11, 9).

Con Jesús es Dios mismo que viene en medio de nosotros a liberarnos de la lepra del egoísmo, de la peste de la envidia, de la droga del éxito.

Ese era el sueño de Isaías, como de todos los profetas por el tiempo de la venida del Mesías. Es verdad que también después del nacimiento de Jesús – lo constatamos cada día – los fuertes siguen oprimiendo a los débiles, los derechos humanos son ignorados y hollados, los odios y la violencia siempre están presentes. Sin embargo, el renuevo del tronco de Jesé ya ha florecido, está desarrollándose, se ha vuelto en un pueblo, la Iglesia, encargada de hacer presente en el mundo la sociedad nueva anunciada por Isaías.

Con Jesús es Dios mismo que viene en medio de nosotros a liberarnos de la lepra del egoísmo, de la peste de la envidia, de la droga del éxito. A una condición: que hagamos como una inversión en nuestra vida, un cambio de dirección; eso es la conversión.

La historia de san Francisco de Asís nos ilumina más que muchos discursos teóricos. Era un joven que rebosaba de vida y de sueños. Y tenía los medios para realizarlos.  Rico, inteligente, simpático, un poco exhibicionista para ser siempre al centro de la atención de los demás. Su futuro es sin problemas: dinero, bellas compañías, noches locas. Eso nos cuentan sus tres primeros compañeros en la “Leyenda”. Sin embargo, nos dicen, hay una cosa que Francisco busca y no encuentra: la felicidad… Hasta cuando Dios lo toca con su gracia y Francisco se rinde, desarmado y disponible. Finalmente, dicen sus compañeros, Francisco terminó de adorar a sí mismo. Esta es la conversión más radical: es la renuncia al padre de todos los ídolos, nuestro yo, para hacer espacio a Dios; es “alejarse de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero” (1Tes 1,9b).

“¡Convertíos!”. Es una palabra dirigida a los buenos, a los que van en el desierto a escuchar al Bautista porque tienen hambre de la Palabra y quieren confesar sus pecados y recibir el bautismo. Palabra que es dirigida hoy a cada uno de nosotros: ¡conviértete! La Palabra de Dios vino a Juan en el desierto, donde Dios habla al corazón de su pueblo, donde Dios seduce su pueblo. “Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas que han perdido capacidad de respuesta? (Papa Francisco).

Conmueve pensar que en el año 1963, Martin Luther King retoma la palabra del Bautista y de Isaías y la proclama delante una muchedumbre de sus hermanos negros, marcados por el racismo institucionalizado, y ese discurso cambiará la historia de los Negros en USA:

“Tengo un sueño, que un día sobre las rojas colinas de Georgia los hijos de aquellos que un día fueron esclavos y los hijos de aquellos que un tiempo poseyeron esclavos, sabrán sentarse juntos a la mesa de la fraternidad. Tengo delante de mí un sueño, que un día hasta el estado del Misisipí, un estado colmo de arrogancia y de injusticia… se transformará en un oasis de libertad y de justicia. Tengo delante de mí un sueño, que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación en la cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por las calidades de su carácter. Tengo delante de mí un sueño, que un día cada valle será exaltada., cada colina y montaña será humillada, los lugares escabrosos se volverán llanos y los tortuosos serán enderezados y la gloria del Señor se mostrará a todos los seres vivientes y, juntos, la verán. Esta es nuestra esperanza”.

Y las iglesias es de esa esperanza que tienen que hablar, esta esperanza están llamadas a compartir. Anunciar a un Dios que está cerca del hombre y que se manifiesta como justicia, ternura y misericordia. “Anclar nuestra vida en la esperanza, no en nuestras reglas… una iglesia que se encierra en el pasado, traiciona su propia identidad” (Papa Francisco).

“Convertíos” continua el anuncio, “porque el reino de Dios está cerca”.  Dios está cerca, ese el anuncio que nos consuela. La ira de Dios evocada por el Bautista no es nunca contra de nosotros, sino contra nuestro mal, y Dios quiere que el pecador se salve y sea feliz. Dios, en Jesús, está cerca para liberarnos de todo lo que en nuestra vida es efímero; porque demasiadas cosas embarazan la mente y el corazón, profanan el silencio interior donde puede resonar la esperanza.

Y san Pablo, hoy, nos dice que Dios se acerca de nosotros en “Jesucristo que se ha hecho nuestro servidor” y en El descubrimos nuestro camino de conversión. Jesús se ha hecho servidor poniéndose a los pies de los hombres: esa es la más grande cercanía de Dios. Conversión es para nosotros “acogernos los unos a los otros” sin excluir a nadie, sin abandonar a nadie a su soledad y desesperanza; buscando lo que nos une, perdonándonos recíprocamente.

“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Cada uno de nosotros tiene que hacerlo si quiere que el Señor nazca y crezca en su corazón y en su vida. Y como Iglesia no atrincherarnos en estructuras caducas si queremos que otros vuelvan al Señor o se acerquen al Evangelio.

Entonces, en ese tiempo de adviento, confiemos nuestro futuro a quien sabe darnos esperanza. Y esperanza me la dona un Dios que se hace mi servidor. Él está cerca. Tan cerca que para verlo tengo que agacharme hasta los pies de cada hermano movido por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos. Buscar una Iglesia pobre, anclar nuestra vida en la esperanza, no “en nuestras reglas”.

Entonces veremos con gozo florecer, por lo menos un poco, todos nuestros desiertos. Jesús no nos sumergirá en el agua sino en el Espíritu, en la vida de Dios. El Espíritu Santo es el fuego de su amor que todo lo purifica, lo ilumina y lo vivifica. Nada queda de lo que no es vivificado por el amor. Pero sí, todo queda de lo que es vivificado por él.

Amén.

Pbro. Franco Noventa, mccj

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