Herederos de una belleza frágil

1. Volvamos a los orígenes, al Génesis. Según el Autor Sagrado, Dios en su obra creadora se “enfrenta” con el “caos, la confusión y las tinieblas” (Gen 1, 2) y su Palabra les opone el “orden, la claridad y la luz”. Todo lo que va realizando resulta ordenado y bello. Lo creado es denominado entonces, kosmos, palabra griega que significa, precisamente, orden u organización precisa y… preciosa. En latín se le llama mundus, en castellano “mundo”. Es decir, limpio, sin mancha, sin ninguna suciedad y se opone obviamente, a “inmundo”, a saber, sucio y que repugna. Lástima que el término “mundo” haya sido sometido a una fuerte evolución de su sentido originario a tal punto que ha pasado a significar precisamente su contrario. En efecto, cuando hoy decimos “mundo”, normalmente queremos expresar lo que se opone a los valores auténticamente humanos y concretamente, a las propuestas evangélicas. En sintonía con lo que Jesús mismo dijo, los cristianos “estamos en el mundo, pero no somos del mundo” (cfr Jn 17, 16). En la boca de Jesús y en los escritos paulinos, “mundo” indica el complejo conjunto de antivalores que dañan al hombre y que impulsan estructuras comunitarias y sociales deshumanizantes.

Sin embargo, el “mundo” o “cosmos” no es en absoluto “inmundo”. Es bello. En él, Dios creador ha dejado la huella o vestigio de su infinita belleza.

Al respecto, son muchos los recuerdos que van aflorando a mi memoria.

Cuando, por primera vez, en el lejano verano de 1971, fui a Uganda (África), mis hermanos combonianos me llevaron a las cascadas de Kabarega (el nombre de un jefe africano que se resistió a los conquistadores ingleses). Indica ahora un parque nacional de aquella nación, Uganda, que Churchill denominó “la perla de África”… Lo que vi, las maravillas de aquel parque, han quedado imborrables en mi memoria: las escenas fuertes de los elefantes un poco lejos de las orillas del río y de los numerosos hipopótamos nadando en una rama del Nilo y un poco lejos de ellos, los numerosos cocodrilos. Quedaron imborrables también otras escenas, delicadas, diría, de los pájaros que se dedicaban, rápidos, a limpiar los dientes enormes de los cocodrilos que mantenían (¿para ello?) sus desmesuradas fauces abiertas. ¡Todo me atraía y todo me hablaba del Creador! Todo constituía un canto a la belleza.

Somos llamados a cuidar la creación de Dios.

Años más tarde, encontrándome en Paraguay, nos llevaron a la frontera entre Brasil y Argentina, para contemplar de cerca las cascadas y cataratas del Iguazú (Agua Grande, en guaraní, el idioma oficial del Paraguay). Allá todo es enorme, majestuoso y constaté que también lo que nos parece fuera de toda medida goza de una belleza, diferente, pero que impacta, que asombra y nos llena de estupor y que no nos deja… tranquilos.

2. He conocido y visitado también otros lugares “tocados” y trabajados por el hombre y que, sin embargo, han mantenido, e inclusive acrecentado su belleza.

Me refiero, por ejemplo, a los campos que contemplé en Burundi, África. En las laderas de sus colinas, que son muchas, aparecían ordenados y limpios, no muy amplios, terrenos cultivados que manifestaban el respeto con que los campesinos habían tratado esas tierras. Lo que yo apreciaba era una especie de alianza entre la madre tierra y sus campesinos, una mutua dependencia en que nadie es dueño de nadie, sino, colaborador.

Lejos de Burundi, apreciaba yo lo mismo, en la “huerta valenciana” durante los años en que viví en Valencia (España). Se alternaban campos destinados a huertas con otros, cubiertos de naranjos. Un sistema inteligente de riego, aseguraba a todos los cultivos un ordenado y justo repartimiento de agua, controlado por un autónomo “Tribunal de las Aguas”. Caminar entre aquellos campos y huertas, significaba experimentar la convergencia y cooperación amorosa de tres actores: Dios, la tierra y los campesinos.

Había dos momentos en el año, en que el espectáculo superaba toda expectativa: la temporada del florecimiento (azahar) de los naranjos, con su perfume intenso y único, y el tiempo de la cosecha, en que el color oro brillante de las naranjas cubría aquellos campos.

3. Alabado seas mi Señor, por tus creaturas bellas y generosas, oraba San Francisco. Pero inevitablemente se trata de una belleza frágil, en riesgo.

El hombre por su afán de dominio, de uso y abuso, fácilmente puede afear lo creado e inclusive, destruir completamente su belleza.

La creación no puede ser bella y buena si prescinde del hombre. Es verdad, la belleza de la creación ha sido y es desfigurada por el egoísmo (pecado) del hombre. Pero la belleza de la creación no puede de hecho existir sin el asombro del hombre, sin el hombre, belleza de toda belleza, porque es imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26). Es el hombre que se hace voz de lo creado para constatar su belleza y alabar a su Creador. Es por el hombre que la creación entera y su belleza, toman conciencia.

Sin embargo, cuando la concupiscencia posesiva sustituye el asombro y, entonces, el “respeto” de la belleza de lo creado, y cuando la avidez egoísta lo maltrata, abusando de él, el hombre experimenta inseguridad y miedo del presente y del futuro y miedo de la misma creación ya afeada… Si nuestro planeta muere, la humanidad se morirá en él.

Hemos sido creados para tener una relación de confianza, de alianza con la realidad, y una relación de admiración y asombro frente a su belleza. Hay pues, que rescatar la belleza de cuanto Dios nos ha regalado. Cuanto más la rescatamos, más ella va a cooperar en nuestro debido proceso de humanización.

Todos recordamos la afirmación de Dostowiesky: “sólo la belleza salvará al hombre”. Sin embargo, corresponde al hombre ser él su custodio. Sobre todo, en nuestra época, el hombre no ha sabido y no ha querido custodiar y proteger suficientemente la extraordinaria belleza de esa porción del planeta que es la Amazonía.

Ha llegado el momento crucial de pasar a la acción, y como nos dice el Papa Francisco, con valentía, honestidad y perseverancia.

+ Mons. Vittorino Girardi, mccj

Obispo Emérito de Tilarán-Liberia

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