Pongamos la mirada en lo alto

Reflexión del Evangelio

Epifanía del Señor

Ciclo A, Evangelio según san Lucas 2, 16-21

Domingo 5 de enero, 2020

Hoy también la Liturgia nos habla de luz.  Luz prometida por los profetas: “Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti” (Is 60,1). Luz encendida en la noche santa, Cristo. Luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén, e indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que se fueron desde Oriente para adorar al Salvador de todos los hombres. Luz que resplandece para todos los hombres y pueblos que anhelan encontrar a Dios.

Los magos encuentran a Jesús: camino, verdad y vida.

Los Reyes Magos, esos extraños personajes, son un ejemplo y un símbolo. Ellos buscan la verdad de todo corazón y con toda su razón. Es una búsqueda espiritual, aunque a tientas (Hech 17,27). Pero, dado que es fácil perder el camino, Dios viene en su ayuda con una luz, la estrella, ese signo misterioso en el firmamento que ellos seguirán tenazmente. Dejan la seguridad que viene del moverse en su propio ambiente, entre gente conocida. Se ponen en camino sin dilación, sin calcular uno a uno los peligros y las incógnitas del viaje.

Ellos se ponen en camino mirando en lo alto, mirando adentro de sí mismos, mirando más allá. Ellos viven ya, sin saberlo, en discípulos de Jesús “camino, verdad y vida”, “luz verdadera venida en este mundo”, por el cual uno debe dejarlo todo y seguirlo sin diferir. “Las gentes andarán en tu luz y los reyes a la claridad de tu aurora” (Is. 60,3).

Cuan diferente la actitud de Herodes y de los escribas y sacerdotes, cuando los Magos preguntan: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”.

Herodes se turba. Cree a las Escrituras y teme a un rival invencible, pero no se pliega a la verdad. Está embrujado por el ídolo del poder, cegado “por el amor de sí mismo hasta al desprecio de Dios” (San Agustín), así que para eliminar a ese niño-rey, concibe en su corazón la decisión de la feroz degollación de los inocentes.

Los sacerdotes y los “expertos” de las Escrituras saben decir donde-como-cuando tuvo que verificarse el evento en Belén según las antiguas profecías, pero no se mueven. Prefieren quedarse cómodamente instalados en sus casas y en sus cátedras. Son como los rótulos de las calles: indican el camino, pero no se mueven, se quedan pegados al palo o al muro que los sostienen.

Es la actitud de quien no busca la verdad porque piensa de conocerla ya. Es el error de muchos, lo de reducir la verdad a un argumento a enseñar a otros y no a un mensaje a vivir. Eso ocurre cuando hablamos de Cristo, discutimos sobre de Cristo que pero no es una persona que me interpela y me llama a renunciar a todo para ir en pos de Él.

Los Magos salen de Jerusalén, buscan otra vez, guiados por su fe, su luz interior, a la estrella y continúan su camino hasta llegar en Belén, al lugar donde nació Cristo, en aquella gruta-establo en la que “el Verbo se hizo carne”. Allá encuentran a Jesús. “Palpitará y se ensanchará tu corazón”, decía el profeta Isaías. Es lo que se les ocurrió a los Magos. Aquel niño les parece ser el origen y el cumplimiento de su deseo.

Jesús es un pequeño niño, como cualquier recién nacido. Los magos hacen el salto de la fe: no se asombran de la pobreza, ni del establo, ni del pesebre; reconocen a ese niño como al salvador esperado, al rey Mesías; en su pobreza reconocen la bondad de Dios, pues no quiso aplastarnos con el peso de su gloria. Se arrodillaron, lo adoraron, y le ofrecieron sus dones: oro, símbolo de su realeza, incienso símbolo de su divinidad, mirra, profecía de su muerte y resurrección.

Los Magos nos enseñan a arrodillarnos frente a los pequeños para acogerlos y no para dominarlos, para servirlos y no para explotarlos. Los Magos nos enseñan que es a través de la humanidad que encontramos a la divinidad. Dios se manifiesta a ellos (epifanía) en la ternura de un niño, y ellos le ofrecieron sus dones, como hemos visto, cargados de simbolismo, porque cuando hacemos un don, manifestamos algo de nosotros al otro, nos volvemos en “epifanía” para el otro, epifanía de bondad.

Y después de haber cumplido todo esto, regresaron a su país, “llenos de inmensa alegría”, por otro camino. Buscar y encontrar a Dios es cambiar de camino, porque el encuentro con el “Otro” te cambia. No te deja como te ha encontrado. El camino del regreso es diferente porque tú has cambiado. Si la Navidad nos invitaba a re-nacer cada día, los Magos nos invitan a buscar y a no tener miedo de inventar nuevos caminos para dar esperanza a cuantos buscan y pueden perderse en el camino si alguien no los ayuda.

Los Magos no son ni turistas ni vagabundos. Han buscado, han encontrado. Y seguramente, regresando a su país, no habrán guardado por si mismos el gozo tan grande de haber encontrado al Dios hecho hombre, y lo habrán anunciado a otros. Su vida ha cambiado, ya saben que el niño que han encontrado es el “Dios con nosotros”, saben que ya no están solos, y por eso “palpita y se ensancha su corazón” desbordando de alegría.

“Podamos gustar la presencia de Jesús-niño, su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez” (J.A. Pagola 2019).

Hoy es verdaderamente la gran fiesta misionera. La Epifanía es la fiesta de la vitalidad de la Iglesia. “Participan en esta fiesta los que ya han llegado a la fe, como los que se encuentran en camino para alcanzarnos… igual que los Reyes Magos, rebosando de gratitud, se arrodillaron ante el Niño… ¡A cuántos hombres es necesario llevar la fe también hoy!…La Iglesia no puede pararse jamás, no puede cansarse jamás. Debe buscar continuamente el acceso a Belén para cada hombre y para cada época. La Epifanía es la fiesta del desafío de Dios” (J-P II 6.01.79).

“Levántate Iglesia y siembra la fuerza de tu fe. ¡Cristo te ilumine continuamente! Que los hombres y los pueblos caminen en esta luz.” (J-P II 6.01.79).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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