Jesús siempre está con nosotros

Reflexión del Evangelio

Bautismo del Señor

Ciclo A, Evangelio según san Juan 1, 29-34

Domingo 19 de enero, 2020

Terminado el tiempo de Navidad, antes de empezar la Cuaresma en preparación a la Pascua, la liturgia nos pone en el tiempo “ordinario”, que de domingo en domingo nos ayuda a “conocer” y a entrar en el misterio de la vida y del mensaje de Jesús. Marcos, Mateo y Lucas, inician la vida pública de Jesús recordando su bautismo. Juan ignora ese episodio, y nos presenta el Bautista como modelo de quien cree, modelo de quien está en búsqueda de Dios.

Jesús ha donado libremente su vida por amor.

El Bautista, “enviado por Dios para dar testimonio a la luz” (Jn 1, 6-8), ha encontrado varias veces a Jesús. Frente a él se ha preguntado quien era ese Jesús, ha dudado en la cárcel (“¿Eres tú el Mesías que debe venir o tenemos que esperar a otro? Mt 11,3), pero siempre estuvo buscando la verdad. En el pasaje del evangelio de hoy, Juan, viendo a Jesús que venía a su encuentro, exclamó, inspirado por el Espíritu Santo: “Ahí viene el cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo” (v. 29). Es el punto de llegada de un largo y fatigoso camino espiritual, nunca terminado. Partió en efecto de una total ignorancia (“yo no lo conocía” repite por dos veces vv. 31.33) para llegar “a la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús” (Fil 3,8).

Jesús, cordero de Dios, es víctima inocente del pecado, imagen de un amor y de una obediencia hasta la cruz. El cordero es la imagen del siervo de Dios que toma sobre de sí mismo y destruye el pecado del mundo. Jesús, quería decir el Bautista, se hará cargo de todas las miserias, de todas las iniquidades de los hombres y, con su mansedumbre y con el don de su vida, las destruirá. Como dice el salmo 39: Dios no quiere sangre de animales, sino el corazón del hombre. Jesús ha donado libremente su vida por amor. El Cordero de Dios ha entrado en la liturgia eucarística antes de la comunión.

Jesús, que ha hablado y vivido de amor como ningún otro hombre, dice: “ama a tu enemigo, no hay amor más grande que dar la vida”. Ha retado la violencia, señora de la tierra, con el amor. Y la violencia no pudo tolerar al único hombre libre e inocente. Y ha convocado a sus hijos, y ha matado el cordero, el manso, el hombre de la ternura. Jesús, en el nombre del amor, atraviesa el holocausto y resucita para decir que el amor es vencedor.

El Bautista dice: Jesús es aquel que quita el pecado del mundo. Es presente: aquí está aquel que quita, que incansablemente continúa, aún ahora, quitando el pecado. Cristo me es contemporáneo, contemporáneo a mi pecado. Y este verbo al presente significa que Dios no está cansado, que aún ahora quiere liberarme de mi pecado.

Dios es así, así será Jesús: no espera que los hombres den el primer paso para ofrecerles su perdón pues él es lleno de misericordia y de compasión; acoge a los pecadores sin exigirles previamente nada, contagiando su fe, haciéndolos regresar a él, fuente de agua viva, para que cesen de ser como una cisterna agrietada que no retiene el agua y la vida.

Pecar entonces significa no aceptar la ternura de Dios. Este Dios que en Jesús se muestra el amigo de nuestro peregrinaje, un Dios interesado al gozo de los hombres, un Dios capaz de olvidarse atrás de una oveja descarriada, atrás de un niño, atrás de una adultera, capaz de perderse atrás de un mendigo, capaz de amar hasta a morir, hasta a resucitar. Pues nuestro Dios no es el Dios de la fuerza, del miedo, de los castigos, un Dios que dona infelicidad al hombre: nuestro Dios es el Dios de la ternura, que se sacrifica por ti, que te quita el miedo de Dios.

En el Evangelio Jesús nos habla de pecado solamente para decirnos: está perdonado, está quitado o por lo menos puede ser perdonado, siempre. Entonces el cristiano no llorará sobre el hecho que hoy parece se haya perdido el sentido del pecado: todo eso es estéril. Tenemos que hacer solamente una cosa: testimoniar el positivo de la fe, una misericordia que no se rinde, un Dios amante de la vida. Tenemos que volvernos testigos de la luz, libres para Dios y para sanar la vida entorno de nosotros.

Lo lograremos solamente si tendremos una experiencia personal de Jesús, contemplándolo cada día. Sino, dice el Papa Francisco, aquel que no tiene esa experiencia “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Es un mensaje de esperanza y de gozo que por medio del Bautista, Juan nos dona desde la primera página de su evangelio y quiere que se anuncie a los discípulos. A pesar del evidente gran poderío del mal en el mundo, lo que espera a la humanidad es la comunión de vida “con el Padre y con el Hijo suyo Jesucristo”. Estas cosas, dice Juan, las escribo “para que nuestro gozo sea perfecto” (1Jn 1,3-4).

El Bautista vio al Espíritu Santo bajar sobre Jesús, ese Espíritu que Jesús nos ha donado en el bautismo como luz y fuerza para vencer toda mediocridad espiritual y volvernos cada día más parecidos a él, evangelizadores de la verdad del Evangelio con alegría, con audacia, en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente como dice Papa Francisco.

Es difícil ver y reconocer en la vida de todos los días el Cristo que continúa a venir a nuestro encuentro, con discreción, con simplicidad. Corremos el riesgo de buscar a Dios solamente en el templo. Participar a la Eucaristía no consiste simplemente en asistir, cantar, responder… sin experimentar nada de lo que vivió Jesús. Lo fundamental es ofrecer la propia existencia al Padre por medio de Jesús, con su estilo de vida y con su Espíritu: esta es la primera tarea a cumplir en la Iglesia.

El nació en un establo, en la periferia, entre los últimos. Allá sobretodo tenemos que buscarlo: “tenía hambre y me diste a comer… era extranjero y me hospedaste…” (Mt 25, 31-46).

Son tantos los rostros que encontramos, de personas que necesitan de nosotros. Como dice San Pablo, “cada vez que acoges a alguien, sin darte cuenta acoges a un ángel, acoges a Dios”.

Amén.

Pbro. Franco Noventa, mccj

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